Kurt Cobain: el compromiso silenciado de una anti-star

Portada de 'Insecticide' (1992)
“Llegados a este punto, tengo una petición para nuestros fans. Si de algún modo cualquiera de vosotros generáis odio hacia homosexuales, hacia personas de distinto color o hacia mujeres, por favor, hacednos este único favor: alejaos de nosotros de una jodida vez. No vengáis a nuestros conciertos ni compréis nuestros discos.

El pasado año, una chica fue violada por dos desperdicios de esperma y huevos mientras cantaban la letra de de nuestra canción ‘Polly’. Me ha costado asimilar que hay plancton de esta calaña entre nuestro público. Siento ser tan profundamente políticamente correcto pero es del modo en el que siento todo esto.”


Así finalizaba el músico de Seattle una nota publicada y firmada a su nombre (bueno, concretamente respondía a título de “Kurdt”) en el libreto de las primeras ediciones de ‘Incesticide’, el álbum compuesto de rarezas y caras B lanzado por Geffen Records y Sub Pop en 1992. Suena casi romántico y resulta lejano —tal vez impensable hoy en día— eso de leer una carta que conecte en la distancia y en el tiempo al artista y su público a través de su propia obra; que se teja, en todo caso, desde una atalaya que diste de la ñoñería del agradecimiento banal redactado, presumiblemente, por el becario de la discográfica. Esta vez, leemos un mensaje directo, contundente, una declaración de principios que mucho tenía que ver con la corriente riot grrrl — movimiento feminista coetáneo desarrollado al abrigo de la cultura alternativa y DIY [“hazlo tú mismo”].

Lejos de la militancia política, Kurt supo canalizar la voz de una generación con cierta tendencia autodestructiva (o así lo aprecia y la reinterpreta la mía en una suerte de óptica pseudoidealizada) a través de un mensaje sin tapujos y desde el activismo público que le permitía su posición de músico caído en la gracia del éxito popular copando los primeros puestos de todas las listas musicales, las portadas de la prensa especializada y la programación televisiva. Si bien Nirvana procedía de la tradición punk-rocker, la clave del triunfo de su mensaje se concentraba en la reivindicación más reposada que descarada, en una actitud que tenía por base un compromiso real y en la disidencia del discurso de panfleto y pegatina al que estaba tan mal acostumbrado el género del que procedían y al que tanto se le han visto las vergüenzas y la retórica de lo impostado con el paso de los años.

Su dialéctica, desde la trinchera de una ironía grotesca —tan obtusa como afilada—, ha suscitado numerosos debates y opiniones contradictorias, como ‘Polly’, la canción a la que el mismo Cobain se refiere en el texto introductorio: Kurt, desde la consciencia, cantaba una noticia real sobre una chica que fue raptada y violada poniéndose en la piel del mismo secuestrador; desde luego, una particular manera de afrontar una realidad tan sórdida que requiere de la amplitud de miras y la complicidad del oyente para no caer en la idea del cinismo y la crueldad. Lo de ‘Polly’ no fue un caso aislado, Cobain mostró a millones de espectadores (la mayoría adolescentes) de qué trataba la soterrada cultura de la violación a través de ‘Rape Me’, la mal conocida como réplica de la canción ya mencionada; en esta, a razón de su impactante título [“viólame”], la polémica estuvo servida desde el primer momento: si ‘Polly’ hablaba desde la lente del violador, ‘Rape Me’ desde la de la de una víctima, aparentemente, voluntaria. Lejos de esa interpretación, el mismo Cobain, ya proclamado abiertamente feminista, reconoció que ‘Rape Me’, si tenía algo que ver con ‘Polly’, era por la naturaleza de su carga antiviolación y que se trataba de una canción sobre justicia poética en la que el violador es violado en la cárcel.

La dinámica de posesión, las estructuras patriarcales y los roles de género (‘Been A Son’, ‘Sappy’, ‘Territorial Pissings’) pasaron a ser otros temas encauzados en el compromiso social de la lírica del de Aberdeen. Otra canción de relevancia sería ‘Mr. Moustache’, que desde su título trata sin medias tintas la imagen del macho americano y la influencia sobre sus hijos, corte en el que Cobain llega a incluir un mensaje pro-animalista — esta canción, por cierto, se basa en unas viñetas que el mismo Kurt dibujaba en los diarios y cuadernos que acribillaba desde muy niño (publicados por Riverhead Books en 2002). Con intrínseca relación a esta última canción, Kurt se vio inmerso en diversos rifirrafes públicos con el cantante de Guns N’ Roses, Axl Rose, a quien tachó de “sexista, racista y homófobo" en la publicación LGTB The Advocate y consideró como su antagonista por ser el estandarte de los valores promulgados por el entonces gobierno de Bush padre.



Fragmento de 'Journals' (Kurt Cobain) 


Veintitrés años después de la muerte de Cobain, su figura ha sido homenajeada, envejecida y mitificada por el afán popular y comercial de convertir en santo a todo ser que viva rápido y muera pronto, sin mayor anhelo que el de crear nuevos mitos de consumo para vender camisetas y biografías no autorizadas. Tristemente —valoraciones aparte— la idiosincrasia de Kurt quedó impregnada de ese tufo manido de joven guapo, yonqui y suicida, desplazando toda la carga política y de plena vigencia en su mensaje, con el que inspiró, a pesar de toda estrategia de mercadotecnia, a una generación tras otra.












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