El yihadismo votaría a Le Pen

Marine Le Pen, durante un mitin del Frente Nacional.

En noviembre de 2015, unos días después de los atentados terroristas en París, el periodista del New York Times Adam Nossiter escribía un artículo titulado “El discurso anti Islam de Marine Le Pen gana influencia en Francia”. En el texto se explicaba como la dialéctica islamófoba de Le Pen se apoyaba en el miedo generado por los ataques yihadistas para ganar apoyos y especulaba con una posible candidatura de la ultraderechista para las elecciones generales de 2017.

Voilà. El pasado 23 de abril fueron Emmanuel Macron, del partido ¡En Marcha!, y  Marine Le Pen, del Frente Nacional, los elegidos por los franceses para pasar a la segunda vuelta de las elecciones. El electorado dio la espalda a los partidos tradicionales y creó una situación hasta ahora insólita en el país galo.

Aunque el triunfo de Le Pen es muy poco probable, las más recientes páginas de los libros de Historia apuntan a que todo es posible, por inverosímil que sea. A pesar de que la mayoría de líderes franceses, excepto Mélenchon, defienden votar a Macron para frenar a la ultraderecha, la volatilidad de la que disfruta la política internacional últimamente establece algunas condiciones que podrían revertir la balanza. ¿Qué puede provocar un aumento masivo de los votos hacia Le Pen? Entre otros, un atentado lo haría.

Un atentado yihadista serio ahondaría la sensación de miedo, reforzaría a Le Pen de cara a la población y el discurso antagónico y light de Macron ya no sería tan sostenible. La gente optaría por la candidata que defiende la mano dura contra el Islam y, a su vez, todo ello beneficiaría paradójicamente al yihadismo.

Antes de morir, Zygmunt Bauman dejó publicado su ensayo 'Extraños llamando a la puerta' (Piadós, 2016). Un último halo de modernidad y sentido común de un hombre que enseñó a muchos a pensar. La mayoría de lo que se ha destacado de la publicación gira en torno a la actual crisis de los refugiados, de eso trata el libro. Sin embargo, como todo lo de Bauman, tiene diversas lecturas. En su ensayo, el filósofo alerta de los peligros de aquellos que identifican la migración con el terrorismo, haciendo en ocasiones referencia directa a Le Pen (antes incluso de los atentados de París).

Le Pen ha sabido depurar a la perfección la imagen que el Frente Nacional tenía cuando su padre estaba al mando. A pesar de ello, por supuesto, no ha querido librarse de todo y, aprovechando los tiempos que corren, ha puesto al Islam como enemigo para arañar votos al electorado descontento.

“En Francia respetamos a las mujeres, no las golpeamos y no pedimos que se escondan tras un velo”, aseguró la política en un mitin para llamar al voto femenino. Durante su campaña electoral ha defendido “restablecer las fronteras” (algo elogiado por Donald Trump) y ha tachado de “cobardes” y “blandos” a sus rivales por no tratar con la fuerza necesaria el que denomina “el problema del fundamentalismo islámico”.

Una de sus principales medidas, con todos los tintes que caracterizan el populismo, es “volver a poner el país en orden”. Todo ello mientras que en sus actos electorales se repiten fervorosamente los eslóganes “Francia para los franceses” y “Esta casa es nuestra”. “El islamismo ha declarado la guerra a nuestra nación”, sentencia la lideresa.

Hay que tener en cuenta que el pasado octubre Le Pen se sentó en el banquillo de los acusados por incitar al odio racial contra los musulmanes. Y es que las consecuencias inmediatas de su discurso no quitan el sueño a Abu al Baghdadi y sus lacayos sino al joven chaval de 20 años cuyos padres emigraron a Francia y que vive en un país que ahora le considera una amenaza porque le hace partícipe de las barbaridades que cometen unos extraños que aseguran hacerlo en su nombre.

Según Bauman, esto hace que los “musulmanes jóvenes que sufren el resentimiento, la hostilidad y la discriminación públicas en los países de llegada se convenzan de que la brecha que separa a los inmigrantes de sus anfitriones nunca podrá cerrarse”. Así, se está creando la idea de que hay dos modelos, que son irreconciliables, y que se enfrentan en una guerra en el que uno debe imponerse sobre el otro. ¿A caso no es eso mismo lo que defiende la yihad?

Impulsados por los atentados terroristas, los gobernantes europeos están alentando una sensación de inseguridad a la que dan una respuesta fuerte, que es aceptada socialmente por el mismo miedo que la crea. Al mismo tiempo se estigmatiza a una población por su descendencia y sus creencias religiosas, y se provoca su alienación. Bauman escribe lo siguiente:



Cuanto peor sean las condiciones de vida y la situación de esos jóvenes musulmanes en las sociedades de acogida, mejor para la causa terrorista a base de convertir en totalmente descabelladas y hasta inimaginables las posibilidades de una comunicación y una interacción transculturales entre etnias o religiones. Así se excluirán de antemano las oportunidades de un encuentro y una conversación cara a cara que pudiera desembocar finalmente en un mayor entendimiento mutuo entre los migrantes y las naciones que los reciben, y más aún se minimizarían las posibilidades de la absorción e integración de los inmigrantes en sus respectivas sociedades de acogida. Los reclutadores esperan que, eliminando esa posibilidad, se incline más del lado de la yihad fiel de la balanza en la que los jóvenes inmigrantes sopesan las atracciones y las repulsiones que les producen las diferentes opciones de vida concebibles.




Los atentados yihadistas de Londres en 2005 los llevaron a cabo unos autores que se habían integrado mal en la sociedad. Más recientemente, los de París de 2015 fueron perpetrados por tres franceses y un belga. Solo uno de ellos era sirio y el resto se desconoce. El ataque de los Campos Elíseos en el que un policía fue asesinado fue responsabilidad de un ciudadano francés.

El discurso de Le Pen se olvida de todo esto y busca calar en una sociedad que necesita firmeza y seguridad. El Frente Nacional obtuvo muy pocos votos entre los jóvenes (21%) y los altos directivos (14%) en las primarias francesas. Sin embargo sí llegó a otros sectores y obtuvo el voto obrero (37%), el de las profesiones en declive (30%), el de aquellos que aseguran no llegar a fin de mes (43%) y el de los pesimistas que creen que sus hijos vivirán peor que ellos (25%). En estos casos anteriores ha sido la candidata que más apoyo ha obtenido.

Según Bauman, el nacionalismo propicia un bote salvavidas para aquellos que consideran que han tocado fondo y Le Pen extiende la teoría de construir muros en vez de puentes, mucho más simple, y puede que efectiva, a corto plazo pero completamente dañina para una sociedad.

Ese rechazo puede desenvolverse en distintas variantes. Por un lado supone un golpe duro para la autoestima de “los rechazados” que están un país al que sienten no pertenecer y que tampoco se sienten representados en el que vinieron sus abuelos. Por otro lado, puede aflorar el pensamiento de que el rechazo es inmerecido y que además es necesaria una venganza para revocar ese veredicto. Pero existe un término intermedio que encuentran aquellos que no están de acuerdo con lo que se les exige, que están protegidos por su identidad y que buscan a alguien que la reafirme.

“Los reclutadores de pupilos para las escuelas y los campos de entrenamiento para terroristas, frotándose las manos de alegría, aguardan a esos ‘buscadores’ con los brazos abiertos”, escribe Bauman.

Por lo tanto, a la lumbre de la lucidez de Bauman queda en evidencia la tendencia de que el argumentario de Le Pen, a la vez que busca machacar el terrorismo, también sirve para alentarlo y una victoria de la ultraderecha en Francia se vería con ojos golosos por parte de aquellos que matan en nombre, dicen, de Alá.


Esta situación recuerda irónicamente a la película El Creyente, en la que un joven Ryan Gosling hace el papel de un judío tan convencido que se hace nazi, porque ve que el antisemitismo fomenta el sionismo. 

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