Breve autopsia de un muerto viviente

Jim (Cilian Murphy) en 28 días después | Fuente: Aullidos.com

En 1956 los cines de Estados Unidos acogían el estreno de La invasión de los ladrones de cuerpos. Dirigida por Don Siegel y con Kevin McCarthy como protagonista, cuenta la historia de Santa Mira, una ciudad californiana donde los vecinos afirman que sus amigos y familiares se comportan de forma extraña. Son ellos, pero al mismo tiempo no lo son. La razón, unas extrañas criaturas estaban usurpando la identidad de los habitantes del pueblo para, poco a poco, controlar la totalidad del país.

Ese mismo año terminaba la ‘caza de brujas’, la purga ideológica que el senador Joseph McCarthy había iniciado en Estados Unidos con el fin de erradicar el comunismo. No fueron pocos los que rápidamente relacionaron ambos hechos, y como nunca se ha producido una confirmación oficial, se han creado dos teorías igualmente válidas aunque opuestas: por un lado, hay quien ve en La invasión de los ladrones de cuerpos una especie de mensaje gubernamental, donde nuestros amigos y compañeros no serían lo que nosotros creemos, sino otra cosa (léase comunistas); en el otro extremo, se encuentran aquellos que ven en la película una respuesta a la persecución que sufrieron muchas personalidades del cine de la época, que alcanzó su cenit con los ‘Diez de Hollywood’, un grupo de directores, guionistas y novelistas que fueron incluidos en la lista negra del gobierno estadounidense por negarse a declarar ante el comité que investigaba un supuesta infiltración comunista en la meca del cine.

Parece claro que, de todos los monstruos y criaturas que habitan las pesadillas de la sociedad, el zombie destaca claramente. Al igual que sus compañeros de gremio, ha ido evolucionando con el paso de los años, pero siempre ha mantenido un cierto matiz político que lo convierte en un vehículo idóneo para criticar (o reflejar) los problemas de la sociedad.

Ya en La legión de los hombres sin alma (Victor Halperin, 1932), una de las primeras referencias del subgénero cinematográfico, se dejaba entrever un cierto trasfondo racial, pero lo realmente interesante de esta cinta es el origen que da a la ‘zombificación’. La película presenta a una pareja, Neil y Madeleine, que han sido invitados por una tercera persona, el terrateniente Charles Beaumont, a Haití para celebrar su matrimonio. Sin embargo, los planes de Beaumont distan mucho de ser bienintencionados y recurre a los servicios de un nativo, el hechicero Legendre (al que da vida Bela Lugosi, quien había saltado a la fama interpretando a otro célebre monstruo, Drácula) para convertir a la joven Madeleine en una zombie a sus órdenes.

Aparece aquí la idea, repetida en innumerables ocasiones a lo largo del siglo XX, del zombie como un ser carente de conciencia, siempre a merced de las órdenes de otra persona. Surge así una dicotomía amo-esclavo, donde el segundo está supeditado al primero, quien lo controla completamente (“por las noches sacan los cadáveres de las tumbas y los hacen trabajar en los campos y refinerías de azúcar”, les informa el cochero a la pareja de La legión de los hombres sin alma).

Una dicotomía que rige también, en cierta forma, el colonialismo, donde un país ejerce su control sobre otro. Y es que la llegada del zombie a la gran pantalla en los años 30 coincide en parte con la ocupación de Estados Unidos en Haití (1915-1934), que abrió esta nueva colonia a toda clase de curiosos, ávidos por conocer los secretos que ocultaba este país. Estos secretos fueron utilizados fueron utilizados por Hollywood para dar forma a sus primeros zombies, siempre controlados por nativos que, como en la película de Halperin, buscaban saltarse el régimen impuesto y relacionarse con mujeres ‘blancas’.

El terror que rodea a estas primeras criaturas está cargado de tintes raciales. Los nativos son personas que recurren a ritos paganos para tratar de acabar con el régimen existente, justificando así la intervención y 'civilización' por parte de los estadounidenses, que tratarían de evitar que esa hechicería cruzase la frontera y se instalase en el ‘mundo civilizado’.

El hecho de trasladar la acción fuera, provocar también la idea de que todo aquello que queda al otro lado de los límites estadounidenses es una zona hostil, plagada de peligros y con unos habitantes a los que es mejor no acercarse; de hecho, autores como G. Phillips sostienen que es precisamente la relación entre los nativos y los americanos lo que supone el éxito de la figura del zombie, y mostraría una “forma de mestizaje no deseada”, que trastocaría la relación amo-esclavo / blanco-negro sobre la que se sustentaba el colonialismo.

Bela Lugosi en La legión de los hombres sin alma | Fuente: mafab.hu

Pero el mundo cambió, y el estallido de la Primera Guerra Mundial captó la atención del mundo del cine, que en 1936 estrenó La rebelión de los muertos, en la que Victor Halperin vuelve al género zombie, pero esta vez traslada la acción a una Camboya en pleno conflicto bélico, donde un sacerdote parece haber encontrado una fórmula para resucitar a los muertos, algo que será utilizado para formar un ejército de hombres dispuestos para la lucha.

El nuevo método de zombificación, una extraña mezcla de hipnosis y gas, se aleja del vudú hasta ahora tradicional y se acerca a las visiones más contemporáneas, centradas, en la mayoría de las ocasiones, en explicaciones de carácter científico o extraterrestre. Pero lo realmente interesante de la nueva película de Halperin, es el carácter que da al zombie y que permeará el género durante gran parte de las décadas posteriores.

Ahora, el zombie aislado o en un grupo reducido, pasa a ser una amenaza colectiva, con una masa de monstruos que en ocasiones (como ocurrirá en La noche de los muertos vivientes) llegará a superar en número a los humanos. Al mismo tiempo, el zombie se convierte en un objeto meramente físico, sin ningún tipo de cariz emocional o personal, preocupados de un único objetivo (de ahí que en La rebelión de los muertos sean presentados como soldados anónimos, sin identificar y sin ningún reparo a la hora de salir al frente).

Este nuevo zombie masificado e impersonal, ha sido visto por muchos como una crítica al sistema capitalista, que crea obreros alienados, meros autómatas, despojado de cualquier matiz que les convierta en seres humanos. Ya en La legión de los hombres sin alma se mostraba a un trabajador zombie que caía a las aspas de la fábrica de azúcar, muriendo ante la total indiferencia de sus compañeros y, presumiblemente, del espectador.

Pese a las innovaciones, La rebelión de los muertos distaba de su hermana mayor y marcó el comienzo del fin del género Z, que durante buena parte de los años 40 y 50, deambuló por el cine B, con títulos nada reseñables y que respondían a la mera finalidad comercial. No fue hasta finales de los años 50, cuando el zombie volvió a la vida, para encontrarse ante un mundo dividido en dos ideologías, socialista y capitalista, por lo que no es extraño que el género se situase en esta guerra cultural y utilizase al monstruo como arma.

Es aquí donde cobran importancia títulos como el ya mencionado La invasión de los ladrones de cuerpos, donde una raza alienígena ocupaba los cuerpos de buenos americanos con el objetivo de dominar nuestro planeta. Pero junto al miedo de una hipotética invasión comunista, la Guerra Fría también presentó el terror a un posible conflicto nuclear (alcanzando uno de sus puntos más álgidos en la Crisis de los misiles cubanos) y el desarrollo de la carrera espacial. El ser humano había dejado de mirar preocupado hacia las colonias y había centrado su temor en algo fuera de este mundo, y los zombies, una vez más, estaban allí.

En 1953 se estrena Invasores de Marte, dirigida por Tom Hopper, quien posteriormente se haría cargo de La matanza de Texas (1974) o Poltergeist (1982). El argumento no es ninguna sorpresa: el pequeño David ve un platillo volante aterrizar cerca de su casa, y a partir de entonces los adultos de su entorno comienzan a comportarse de manera extraña. La película vuelve a poner sobre la mesa el zombie físicamente humano, pero emocionalmente extraño, de hecho David empieza a sospechar no ante el cambio físico de sus padres, sino cuando estos empiezan a comportarse de forma atípica, aunque será incapaz de señalar exactamente qué es lo que le hace sospechar, dada la similitud entre sus padres verdaderos y los que aparecen tras la llegada del platillo.

Lo que realmente ocurre es que los marcianos han viajado hasta la Tierra para lobotomizar (zombificiar) a los humanos e impedirles que continúen con el desarrollo de armas nucleares, temerosos de que su planeta corra una suerte similar a la que en 1945 había corrido Hiroshima y Nagasaki.

Si bien las películas de Hopper y Siegel son significativas, no fue hasta 1968, con el estreno de La noche de los muertos vivientes, que el género entró en una nueva etapa.

La película de Romero (quien ha renegado en numerosas ocasiones del término ‘zombie’) es novedosa por varios motivos, comenzando por su producción y comercialización. Rodada con presupuesto bajísimo (frente a las grandes cantidades que manejaban grandes productoras como la Hammer) y estrenada sin ningún tipo de promoción previa, la cinta trataba de romper la barrera que hasta ese momento había separado al espectador del monstruo fílmico, de ahí que Romero grabase la película tratando de imitar lo máximo posible la textura y el color de las transmisiones televisivas, tratando de meter al ‘ghoul’ como lo definía el director, en la cotidianeidad estadounidense.

Heredera también de su tiempo, La noche de los muertos vivientes nace en un periodo marcado por crisis políticas (escándalo Watergate), sociales (protestas contra la guerra de Vietnam) e incluso económicas (crisis del petróleo). De ahí que Romero emprenda en su ópera prima un ataque contra la sociedad norteamericana de posguerra, tratando de derribar los pilares sobre los que se asienta, por eso no duda en presentar a dos familias que acaban siendo destrozadas por el 'enemigo': un hombre que, zombificiado, termina por devorar a su hermana, y una niña pequeña que se alimenta de los que hasta ahora eran sus padres (esto último grabado sin ningún tipo de censura o elipsis). El mal no es ya el monstruo, sino el fracaso del modelo social.


Fotograma de La noche de los muertos vivientes | Fuente: Aullidos.com
La película de Romero introduce un nuevo paradigma narrativo, donde el terror procede de los vivos y los no muertos son casi un pretexto para presentar a un ser humano que después de dos guerras mundiales se ha convertido en una verdadera amenaza. Años más tarde, Danny Boyle llevaba a los cines 28 días después (2002), donde el apocalipsis zombie había pasado y constituía casi un recuerdo del pasado; Boyle y su guionista, Alex Garland, prefieren centrarse en los pocos supervivientes, en cómo se relacionan, cómo actúan,… y el resultado se acerca al estado hobbesiano de la naturaleza. Si antes era el zombie quien portaba en su propia destrucción (cuanto todos los humanos estén infectados, no quedará más alimento), ahora serán los propios hombres quienes ostenten este honor, llegando incluso, como en la cinta de Boyle, a tratar de violar a una niña, para asegurarse el futuro de la especie.

Desarrollando las ideas del neoyorquino, el cine post-Romero parece haber centrado sus críticas en el ser humano, como causante de su propia destrucción. Las guerras, los radicalismos religiosos, el mal aprovechamiento de los recursos naturales, las desigualdades sociales,… parecen haber condenado al hombre a su desaparición.

Los relatos apocalípticos de las sagradas escrituras, toman ahora forma de robots asesinos, monos con un intelecto superior al del ser humano o, en el caso que nos ocupa, muertos vivientes. Cualquiera de ellos viene a encarnar la idea del post-humanismo, la creencia de que la raza humana tiene fecha de caducidad y que una nueva va a tomar su lugar. Se trata quizá de la visión más sombría del simbolismo zombie, un final absoluto que se acerca poco a poco, pero también una visión optimista, pacifista, una llamada de atención para solucionar los problemas antes de que sea demasiado tarde.

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