La vacuidad del arte en Arco


Una visitante fotografía la obra del artista Fabrizio Corneli en la jornada inaugural de Arco-Madrid 2017. | DIEGO R. VEIGA

El arte moderno está hecho para ser explicado. El crítico, el experto, el galerista, cobran un papel fundamental en la actualidad para el gran público: sin ellos no hay obra posible. Los aficionados al mundo artístico que quieran experimentar las sensaciones de las creaciones que inundan los museos contemporáneos necesitan de alguien detrás que les sitúe en la realidad material del artista, en el contexto. 

Es el caso de Arco, la mayor feria internacional de arte moderno en España, donde se podía ver a grupos de personas con un pinganillo en la oreja acompañadas de un experto que los mecía entre los stands como un encantador de serpientes en India. Con 200 galerías de 27 países distintos, los pabellones siete y nueve de Ifema en Madrid mostraron el pasado fin de semana un ambiente endogámico, una élite que se siente cómoda entre los suyos y que muestra reticencias a los que vengan de fuera. 

Sin levantar una voz más alta que otra, la 36º edición de Arco-Madrid se despidió el domingo sin grandes estridencias, dentro de lo que la cita permite. No hubo vasos de agua por 20.000 euros, como el del artista cubano Wilfredo Prieto en 2015. Tampoco ningún dictador congelado como hiciese Eugenio Merino en 2012. Los materiales suplieron al color como alma dominante en Arco. El metal, la piedra, las pinturas sobrias fueron el denominador común en la mayoría de las galerías. Arco arrojó en sus cinco días de duración que los soportes electrónicos son la nueva área de experimentación artística a nivel mundial. Ejemplo de ello es la obra Partitura, compuesta por 12 tablets que reproducían una canción al unísono. 

Lo único a lo que la feria no da cabida es a la austeridad. Si algo es Arco antes que una exposición megalómana de arte es un recinto donde hacer negocio. Al factor necesario del crítico hay que añadir los precios desorbitados de las piezas. Los dos elementos hacen equipo para que la muestra no sea para todos. Desde la obra de Jung Oh, a base de varillas de metal, cuerda y cristal, que salía a la venta por 15.000 euros hasta los 2,5 millones que cuesta Red Base de Alexander Calder, que se llevó el galardón simbólico a la obra más cara de este año. 

El fondo del séptimo pabellón del recinto ferial fue el que albergó a más visitantes. Cervezas Alhambra montó un stand con barras de bar y un camarero cortaba jamón para saciar los deseos de todos aquellos afortunados que conseguían una mesa a la vera de los grifos de la marca granadina. Quien no pertenecía al círculo de profesionales del arte, la mayoría de los presentes, se decantaban por la cafetería oficial de las instalaciones. 

Lo importante de Arco es estar, saludar a los conocidos y ya luego ver qué hay. Este año volvió la conocida Lisson Gallery a instalar a los artistas más conocidos en los medios de comunicación. Con una cartera que engloba a Marina Abramovic, Richard Deacon y Daniel Buren entre otros, este año le tocó a Ai Weiwei y a Anish Kooper ser los abanderados de la firma londinense. Muchos visitantes se acercaron hasta el rincón adjudicado a los británicos para encontrar las obras del artista disidente chino. Dos jarrones bicolores de la dinastía Han es lo que trajo el autor. 

El presidente de la República Argentina, Mauricio Macri, estuvo el segundo día presentando el stand de su país con el Rey Felipe VI, ya que los argentinos fueron los invitados de honor en esta edición de Arco. Una docena de puestos que recogieron lo más significativo de la nación del Mar de la Plata. La moda tuvo su lugar entre las calles que delimitaban los espacios expositivos. 

Los outfits de los artistas y sus amigos acapararon el color que le faltaba a las creaciones que colgaban de la pared, del techo o que simplemente reposaban en el suelo. Arco derrumbó el estereotipo del experto en arte todo vestido de negro, con gafas de sol en el interior del recinto y aires de sabelotodo. El pantalón pitillo y las camisas anchas se dejaron ver junto a los traje de chaqueta y corbata que llevaban los más formales. Cada año, Arco marca un antes y un después en el ejercicio artístico, aunque se necesiten intérpretes que expliquen qué va a pasar.

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