Año 1 después de Bowie

David Bowie. / Efe Eme.
Hace hoy justo un año mi madre entró a mi habitación a eso de las siete y media de la mañana. Que fuese lunes, me hubiese quedado dormido y ella decidiera darme el toc-toc definitivo para que fuera a la facultad no fue lo que me extrañó de primeras aquella mañana. Esta vez no pegó en la puerta, la abrió de par en par. Y yo siempre duermo con la puerta abierta, sólo la cierro cuando mi pareja se queda a dormir. De todas todas, algo tenía que suceder para que mi prudente madre abriese tan gratuitamente a sabiendas de que estaba acompañado.

¡Levanta, que se ha muerto Bowie!

"Ya está." Rápidamente, y más dormido que despierto, achaqué el numerito al despiste y a una noticia mal titulada en los informativos matutinos. "Pfff... ¡Que nooo...! ¿Cómo se va morir? Será algo de lo de su nuevo disco... O lo del cumpleaños, que fue el otro día." Me costó murmurar desde la cama sin pensarlo demasiado y todavía acostado.

—¡Que no, que se ha muerto! Que lo acaban de decir.

Automáticamente salté de la cama (mi madre nunca se equivoca). Me recuerdo directamente en la cocina, como si no hubiera existido nunca el pasillo. Totalmente incrédulo y como si fuera una broma de muy mal gusto, ahí estaba él, en la pequeña tele al lado de las tazas; ahí estaba yo, con los pies aún calientes y en calzoncillos, a solas con él en mi propia cocina -todo a oscuras. "Fallece el cantante David Bowie", rezaba el rótulo. "No puede ser, no puede ser, no puede ser". Y en efecto, no podía ser verdad pero lo era. "La leyenda. El británico. El mito. El duque blanco. El andrógino cantante. El inmortal". El televisor parecía atragantarse según cambiaba de canal y yo también.

Retrato de David Bowie (Beckenham, enero de 1969). 
"He'd like to come and meet us, but he thinks he'd blow our minds" no paraba de sonar en mi cabeza a medida que avanzaba el sentimiento. Corrí a mi cuarto para decírselo a mi novia, cogí mi teléfono y regresé a la cocina para montar una especie de mando de operaciones desde el que controlar qué se decía por las redes sociales y qué noticiaban los periódicos. Mientras tanto, el televisor seguía encendido y hablando solo. Ella recuerda cómo alcé la voz de lado a lado de la casa para preguntarle a mi madre dónde estaba mi camiseta de Aladdin Sane. Estaba en la lavadora. Vaya mierda. Empecé a enviar mensajes a amigos, recibí otros tantos y leí los comunicados de otros artistas en un acto de autocompasión.

De repente, David Bowie acababa de florecer en cada esquina y entre las baldosa en una suerte de entretiempo inesperado (siendo grotescamente optimistas). O eso quise creer. Tras meterme más aún en mi papel y alargar mi cara cada vez más durante el camino a la universidad escuchando un especial improvisado en la radio, e
sa mañana se respiraba el mismo ambiente de todos los días en la facultad. ¡Menuda basura de facultad, y eso que era la de Filosofía y Letras! Qué mínimo. Desde luego, no pretendía ver a nadie llorando o con la misma cara que yo paseaba, pero es que no vi ni una sola camiseta cómplice (tal vez corrieron la misma suerte que yo, o eso quiero pensar). Salvando a un buen compañero que me dijo que vino a clase escuchando 'Heroes' en el coche acordándose de 'Yo, Cristina F' y otro par de comentarios sin demasiado sustento por la cafetería, aquella mañana me cansó. Ni la profesora dijo nada. Mi madre llamó para avisarme de que la nueva guitarra que había encargado hacía tres días había llegado a casa. Por supuesto, puse rumbo a casa y di por finalizada mi jornada académica que apenas duró una hora y veinte minutos.

Al llegar de nuevo a casa y entrar en mi habitación, miré con rara y especial atención el tríptico de fotografías de un joven Bowie esquelético y maquillado que colgaba de mi pared. Se hacía raro pensar que ya no escucharía ni una canción más del modo en el que durante tantos años lo había hecho. Su vida y, sobre todo, su obra habían concluido. Me dispuse a abrir la funda de la guitarra, y ahí estaba, como un astro llegado desde el espacio exterior: mi nueva guitarra, una Fender Supersonic roja y con un acabado ciertamente similar al del brillo estelar de la purpurina. Jamás le puse nombre a otro instrumento -siempre me pareció una estupidez como una casa-, pero en ese instante decidí por contrariarme que mi nueva guitarra se llamaría Stardust.
Angie Barnett, David Bowie y su bebé Duncan Jones (Londres, junio de 1971).

Desde entonces, por muy nihilista que pueda sonar, el mundo ya es un lugar peor, el Rock and Roll tiene los días contados y la mayoría, los que tomamos a Bowie -vivo o muerto- como alguien cercano a nosotros, aun sin siquiera haber coincidido con él por motivos de generación (más allá de su atemporalidad), seguimos siendo incapaces de tragar la noticia de aquel día. Las imágenes, sus distintos nombres, Berlín y las ropas; los monográficos, "el año 72", las canciones más alegres retumbando paradojicamente por todas partes... Toda esa avalancha que recibimos fue parte de un día negro cubierto de polvo de estrellas. Qué felices seríamos si los telediarios, las revistas y las comidillas tratasen a diario de gente como él y no sólo por su partida. Pero ni siendo héroes hemos de ser avariciosos, porque con un día es más que suficiente.


Nadie creyó que llegaría el momento, y menos de manera tan temprana, cuando otra vez parecía dar señales de vida desde su planeta: Bowie siempre supo jugar al despiste. Bowie orquestó un réquiem final, un nuevo espectáculo (otra vez), un nuevo personaje: el Bowie humano, el David Bowie que podía morir, el auténtico, David Robert Jones. Y es que de eso se trataba; de Marte, de una estrella negra o de una odiséica cápsula espacial. Él no era de aquí hasta hace un año; solo fue de nuestro planeta el día que murió: no pasó de ser un humano corriente a un prestigioso músico, sino que fue su arte (a través de su particular mirada) lo que trascendió a lo sólido. La vía menos común -al menos para nosotros, los que nacimos aquí (They're the start of a coming race. / The Earth is a bitch. / We've finished our news, / Homo Sapiens have outgrown their use).

Su nuevo alter ego (aunque a saber cuántas veces ha mutado a lo largo de este año) sigue bajo los mandos de Major Tom, dirección a otra galaxia que conquistar. Ahora, desde ahí arriba, o abajo, o dónde quiera estar, seguro que puede decirnos que el planeta Tierra es azul, y que ya no puede hacer nada más por nosotros que lo hizo.


Buen viaje, nos vemos en el espacio.

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