Lagarder, el sin techo de las causas perdidas

                                                                                                      Lagarder Danciu en la Plaza Mayor de Madrid. | Diego Rodríguez Veiga

— ¿Te van a pegar?
— No creo, nunca lo han hecho

Media hora después, Lagarder Danciu estaba en el suelo, sobre un charco, rodeado por un grupo de siete personas que no paraba de lanzarle patadas y puñetazos. Era 20 de noviembre y Danciu había acudido a la Plaza de Oriente en Madrid para “reventar” una concentración franquista que buscaba ensalzar la memoria del dictador.

Danciu es un sin techo, rumano, gitano y homosexual. Así se define él mismo. Se ha hecho relativamente conocido en las redes sociales, especialmente después de que irrumpiera en un acto electoral de Mariano Rajoy al grito de “El PP es la mafia”. Desde entonces, sus protestas contra todo aquello que le parece mal y su búsqueda de concienciar sobre la situación de los homeless en España han suscitado el aplauso y las críticas de muchos.

Es por eso que al llegar a la concentración franquista, ya sabían que estaba ahí. Los jóvenes de Fuerza Nueva que vigilaban el perímetro del acto le seguían con la mirada. En cuanto sacó el cartel que llevaba escondido en su abrigo y en el que se podía leer “Franco, asesino”, no tuvo oportunidad de nada y su cabeza acabó chocando contra el suelo antes de lo que tenía previsto.

La imagen que la gente tiene de Lagarder es la de un extranjero con un cartel gritando de manera exaltada para llamar la atención; así son la mayoría de sus apariciones en público. Aun así, su realidad es mucho más compleja. Es un idealista, cierto, pero no está loco, aunque no lo parezca. A pesar de vivir en la calle va todo lo aseado que puede y habla un castellano que, aunque arrastra un inevitable acento, parece estar por encima de la propia media española.

Nació en Slatina, Rumanía, un 3 de enero de 1981. Sus padres le abandonaron en el hospital y se convirtió en un niño tutelado por el Estado. Como si de un cuento de Charles Dickens se tratara, a los siete años llegó a un orfanato que supuso la semilla de sus ideales de hoy. En el orfanato, los niños más mayores pegaban a los pequeños, les robaban la comida y les ponían a mendigar. Esto le marcó y creó en él las ganas de cambiar las cosas. “Los más pequeños decíamos siempre que cuando fuéramos mayores cuidaríamos de los pequeños. Y así fue”, asegura.

Esta infancia marcada por una sociedad y situación complejas le ha convertido en el idealista que es. A los 18 se mudó a Bucarest para estudiar el grado de Trabajos Sociales en la Facultad de Sociología de la Universidad de Bucarest. La Universidad le pagaba el alojamiento y la comida y en verano él iba a trabajar en la construcción en la ciudad de Novi Sad, en la entonces aún Yugoslavia, para ganar dinero y cubrir sus propios gastos.

Es en ese momento cuando empezó a protestar contra la corrupción que había en Rumanía, especialmente contra lo que él llama “la institucionalización de la infancia”, la cual asegura que le tocó vivir. “Soy un niño institucionalizado, por eso tengo tanta manía hacia las instituciones y soy un peligro porque las conozco por dentro”.

Cansado de su país y huyendo de la homofobia, decidió emigrar al oeste de Europa, como otros tantos, en busca de una vida mejor. Llegó a Portugal y trabajó en el sector de la agricultura pero debido a su situación irregular sufrió explotación laboral. Por ello, decidió moverse y en 2005 llegó a Sevilla.

En Sevilla trabajó para la Policía y en la judicatura como traductor jurado y además ejerció de profesor para las adaptaciones curriculares en barrios marginales. Más tarde, en 2014 decidió atreverse con la política y se unió a un recién creado y en auge Podemos. Hoy en día sus ideales van más allá de ese partido, al que ha pasado a criticar por estar alejado de la ciudadanía. “Me alegro de haber estado dentro de todas formas, si no igual hasta me creía lo del cambio”, asegura.

En este punto de su vida, Lagarder Danciu ya parece haber renegado de todo. Asegura que un día, en 2015, se dio cuenta de que la sociedad de la que era partícipe no era sostenible y que por ello decide vivir en la calle, sin nada. Se solidariza con la gente que vive en esa situación y utiliza las redes sociales para denunciar las condiciones de vida a las que se tienen que enfrentar los sin techo.

A partir de aquí se convierte en dos personajes que habitan una misma persona. La versión que todos conocen es la que busca llamar la atención, la que grita y no atiende a razones mientras defiende unas ideas con argumentos frágiles. Pero en las distancias cortas huye de todo mérito; no grita, escucha. Tiene una especie de devoción dedicada a proteger a los desfavorecidos.

Su lado más mediático, el de “reventar” manifestaciones y mítines de partidos políticos, parece parte de una estrategia cuidadosamente elaborada para llamar la atención, primero, y centrarse en lo importante después. Cree en bienes que están por encima de él mismo y no se considera un idealista, simplemente busca devolver el sentido común a la sociedad. “Hay que poner pasión en la política”, asegura. “Yo soy un ser sentipensante”, añade citando a Eduardo Galeano. Lagarder Danciu vive en la calle; es un sin techo rumano, gitano y homosexual. Con cada etiqueta se ha ganado unos enemigos diferentes pero a él no le importa, porque, mientras es todo aquello, disfruta leyendo a Eduardo Galeano.

El activista siendo agredido en la manifestación en memoria de Franco en Madrid. | Diego Rodríguez Veiga

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