Antonio Lucas: ''Si en una redacción te dicen poeta, échate a temblar''

Antonio Lucas en la redacción de El Mundo | ALBERTO ORELLANA
Antonio Lucas (Madrid, 1975) habla antes como poeta que como periodista. Se crió a caballo entre el castizo barrio de la Estrella y el Café Gijón. Cuando tenía seis años, los niños y los perros no podían entrar al bar de referencia de la comunidad intelectual madrileña. De padre pintor, su progenitor tenía un estudio en la calle Conde de Siquena, a escasos cincuenta metros de la cafetería. Lucas hacía los deberes rodeado por Raúl del Pozo, Manuel Vicent y Gerardo Diego. Ahí se encontró con el verso por primera vez.

En 1998 se licenció en Periodismo en la Universidad Complutense de Madrid, donde pasó horas en la filmoteca y la biblioteca de su facultad. Un año antes ya pertenecía a la tripulación de El Mundo. En casa de Lucas nadie tiene coche. Él se sacó el carné hace cuatro años. Ahora tiene un Citroën y un Seat 600 reformado con el que se mueve por Madrid. Manuel Jabois dice que no sabe conducir. La primera vez que se bajó de su coche, el de Pontevedra terminó su trayecto en taxi.

Empezó en el periodismo en la sección de Motor.
Entré por un azar. Cuando llamaron para las prácticas estaba en la playa, así que cuando llegué ya estaba todo repartido. Estuve dos meses y medios y solo hice un breve y media página sobre un tramo de autovía en Burgos.

Luego pasó a Cultura.
Había publicado mi primer libro, que cayó bien. Por aquel entonces entró a trabajar a El Mundo Miguel Munárriz, que se puso al frente del suplemento La Esfera de los Libros. Un día me quedé a comer y cuando iba al baño Miguel me llamó para que le ayudase con el ordenador. Él tenía libros de Gil de Biedma y Ángel González sobre la mesa. Nos tiramos una hora hablando sobre poesía hasta que le dije que estaba en Motor. La Esfera había sacado una entrevista sobre mí. Entonces me reconoció y me ofreció colaborar.

¿Hacen falta más poetas en la política?
Hacen falta más políticos que lean. No me seduce nada el ejercicio de la política. Sería más salvífico que la mayoría de los políticos tuviesen más sensibilidad hacia la cultura. Que no den esa sensación de ágrafos y de mediocridad tan absurda. Que tuviesen más interés por la cultura cimentaría mejor la democracia. No solo en el ejercicio de lo público, sino desde la intimidad. La cultura no tiene que dar respuestas, es un espacio que plantea preguntas.

Víctor de la Serna lo tachó de 'podemismo'.
Es la única persona con la que no he cruzado una palabra desde que estoy en la redacción. También Pablo Iglesias nos tachó a unos cuantos de ‘columnismo ibérico’. Estoy en el lugar más favorable, donde me tachan de todo desde ambos bandos. Eso significa que algo hago bien.

¿Cómo se conjuga un poeta en una redacción?
Hay poetas en las redacciones, pero es raro. La poesía en un periodista es una losa que pesa como una sospecha. El poeta no es una persona ajena a esa cosa tan fea que es la actualidad. Al principio cuando iba a las máquinas de café y me decían 'poeta' sabía que no era un piropo. Cuando en una redacción te dicen poeta échate a temblar. Los periodistas nos tienen como gente extravagante. Ahora es distinto. He conseguido parcelar los dos espacios. El tipo de periodismo que hago tiene mucho de literario, de pretencioso, de afán por el lenguaje pero sin quitar rigor a lo que cuento. La poesía va por otro lado, no se tocan demasiado.

¿Un poeta siente el mismo pánico hacia el folio en blanco?
El mismo. Los huevos se te suben a la garganta. Hay muchos días que no tienes la idea. Dudas, te arrepientes. Cómo arrancas, cómo explicas. Pero cuando tienes la idea bien arraigada es el día más satisfactorio del mundo. No hay nada más entusiasta que rematar un artículo. Le tengo un respeto absoluto a escribir.

¿Son las redes sociales las nuevas plazas de Habermas?
Yo creo que no. Son un mundo paralelo a la realidad, una fosa séptica. Tienen pequeños detalles interesantes pero la gran mayoría de la mercancía que dispensa son una basura notable.

¿Y para el periodismo?
Estamos en un falso idilio entre ambos que se irá desgrasando. Las redes sociales no son la temperatura del periodismo, lo son del cacareo y la cháchara. El periodismo es algo mucho más asentado y solvente. Lo otro es la espontaneidad, lo furtivo y la agresión. Una especie de micebrina de vanidades y están para que le aplaudan a uno y generar desafecto. Pero no tienen más recorrido. El periódico dura 24 horas, la red social los 30 segundos que tardas en actualizar Twitter. El periodismo está confundiendo mucho el feedback de las redes con el acierto en el producto. Eso nos jugará un arrepentimiento. Recuerdo a los yonkis en los 90, que decían que en la movida “se nos había ido mucho la olla”. Con el tiempo miraremos lo que fue el primer fogonazo de las redes y pensaremos lo mismo.

¿Qué le espera al periódico de papel?
Está en un momento interesantísimo, como cualquier momento de agonía, que no determina la muerte sino un espacio intermedio entre sobrevivir y palmar. Estamos en esa encrucijada. No sabemos si vamos a encontrar la fórmula para salir adelante. En eso cuenta mucho la adaptación a lo digital y a los nuevos soportes.

Otra cosa es si tiene sentido el periodismo. Creo que lo tiene más que nunca. Hay una sobreinformación, una especie de alud de noticias que alguien tiene que jerarquizar. Los periódicos de papel han perdido presión (como se ha demostrado en las elecciones norteamericanas). Todos los presupuestos que teníamos hace diez años sobre el periodismo se han desbaratado.

¿Qué deja sin dormir a Antonio Lucas? ¿Las revistas porno al 4%?
Duermo bastante bien. Las revistas porno no las consumo pero que tenga ese IVA no es demérito de ellas. Lo es de quien establece los tipos impositivos. El porno no me ofende, ni me provoca ningún conflicto moral. Prefiero el porno al erotismo, porque esto último no es más que un aguachirle de un deseo infinito que se concreta en el cuerpo a cuerpo. Soy un gran defensor de la pornografía legal.

Los años posteriores al 11-M le pillan en Opinión.
Entro en la sección en 2007 después de darle mucho la tabarra a Pedro J. Desde crío siempre quise escribir una columna en un periódico. 

Fueron años de catenaccio, de amurallamiento en torno al 11-M. Creo que fue uno de los grandes fracasos del periódico, esa obcecación por la conspiración. Fueron duros. Lo que pasa es que yo empecé de manera muy entusiasta, era muy inconsciente. Mi primera columna me la dieron de improvisto a las siete de la tarde, solo tenía dos horas para hacerla. Era contra Esperanza Aguirre, cuando era alguien de mucho peso. La hice cuando la entonces presidenta de Madrid quería abrir las reclusa de la capital, que a mí me sonaba a algo muy franquista. Mi madre me dijo “qué pena que vaya a ser la primera y la última columna”. Afortunadamente se equivocó.

Su estilo en las columnas evolucionan dependiendo del sitio.
En la Última Columna intento hacer algo de cultura, aunque no todos los jueves. Me parece la forma de sacar la Cultura del cerco de su paginación y desengrasar la contraportada que suele ser muy política. He ido aprendiendo a hacer columnas. Veo las primera y parecen ejercicios de colegial. Había pequeños aciertos, pero eran más primitivas. Ahora son más espontáneas porque me siento más seguro a la hora de arrojar una opinión.

Hay quien habla de un círculo de columnistas, una especie de élite.
Para nada es así. Los que nos vemos más somos Jabois y Soto Ivars. No hablamos de las columnas, hablamos cada uno de su periódico. Somos amigos por afinidad electiva, como decía Kant. Es verdad que hay una cierta familiaridad. Con Jabo salgo mucho, él más que yo. Tenemos intereses parecidos y nos indignan las mismas cosas. Nos reímos mucho con una cerveza y cuatro amigos de la profesión.

Sí parece que hay un denominador común: el Real Madrid y los gintonics.
A mí no me gusta el fútbol. Cuando hablan de fútbol aprovecho para fumar o encargarme de la comanda para comer. Los gintonics sí nos agradan. A ellos no les interesa la poesía, que es lo que más me fascina. Eso y el flamenco, que son viscerales en mí. Hay bastante transversalidad en gustos.

¿Qué prefiere dentro del flamenco?
Manuel Agujetas. Antonio Mairena por encima de todo. Antonio Chacón, Bernarda y Fernanda de Utrera, Pepe Pinto. Para mí el sumun de los últimos años es Antonio Meneses y Enrique Morente con el Omega. Me parece uno de los discos principales en los últimos 20 años.

Íñigo F. Lomana lo colocó dentro de la 'prosa cipotuda'.
El artículo tuvo mucho eco pero no me veo reflejado. Probablemente muchos de los que se llevaron las manos a la cabeza estaban molestos por no aparecer.

Creo que es parte de ese juego de siempre de vietnamitas de matorral donde buscas a ver a quién le pegas el tiro. Lo tomé como algo simpático. El problema es que dice que hay una estética supeditada a una falta de ideología y sospecho que no ha leído a muchos de los que dice porque están muy bien definidos los territorios de compromiso. También decía que íbamos de las bibliotecas a las tabernas, nada que no se haya hecho desde el siglo de oro. Tener una buena biblioteca y un buen bar donde desalojar los demonios y alegrías es una buena combinación. El artículo quería criticar una actitud machirula que no veo en mi ni en los citados en el artículo. Si los conoces, lo último que hay es un aspecto testicular. Uno habla y escribe desde su género. Hay muchas mujeres que tienen en su actitud y escritura una posición ovárica y no creo que sea un demérito. Lo que más me apenó es que no hubiese mujeres en ese artículo.

Ha vivido la transformación de las redacciones.
Conocí las redacciones con humo. Ahora las redacciones parecen quirófanos con todo limpio e impoluto. Antes eran más gamberras, más vivas. Cuando tenía 22 años salíamos todos los días. La vida era más reposada. No había internet, la gran revolución del periodismo desde la imprenta. Cuando se cerraba el periódico no sucedía nada hasta el día siguiente. Aquellas redacciones eran más humanas. Había un código de relación más vivo que el de hoy. El periódico se prolongaba al bar. Se discutía más. Eran ámbitos más recogidos. Me divertía mucho, me pilló en una edad estupenda en la que uno se empezaba a sentir mayor. Veías rular las botellas de whisky y una boina de humo sobre aquellos ordenadores sin maquetas, con una pantalla verde. Los padres nos decían que las redacciones eran nidos de perdición.

¿Sigue siendo El País el ideal máximo al que aspira un joven periodista?
En mi generación sí, ahora no. El País no es el mismo periódico que hace 15 años. Hay mucha gente que se ha desencantado con la trayectoria editorial del periódico. Un periodista joven tiene que aspirar a hacer la mejor información cada día, ya no es tan importante el contenedor. Se acabó ese tiempo donde si uno trabajaba en cierto sitio tenía una superioridad sobre el resto.

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