Lavadora socialista

La presidenta de la Junta de Andalucía en una imagen de archivo.

El giro derechista del PSOE no es cosa de este mes de octubre. La crisis de valores socialistas, la de verdad, la de los parlamentos, empezó en enero de 2015, cuando Susana Díaz rompía su pacto con Izquierda Unida por las pretensiones de la coalición de izquierdas de crear una banca pública. Con las elecciones autonómicas de ese mismo año, Díaz ya decidió que los bancos eran mejor que los desahucios. La reina del sur no supo entenderse en tres puntos con Podemos pero sí en 72 con Ciudadanos. Ambos partidos pedían la destitución de Chaves y Griñán. Teresa Rodríguez pedía la reducción de altos cargos, Juan Marín que la libre designación de cargos se quedase en el subdirector general. Podemos pedía la ruptura con los bancos que desahuciasen familias sin recursos, Ciudadanos no hablaba ni de bancos ni de desahucios.

Esa idea de partido socialista es la que Díaz llevó a Ferraz en diciembre. Prohibió al partido pactar con Podemos e independentistas. Obligó a Sánchez a pactar un gobierno que no tenía posibilidad de salir. Y ahora se carga al brevísimo Pdro para investir a Rajoy. Los cinco millones de incondionales del puño y la rosa han visto como sus votos han servido dos veces para apoyarse en la derecha en sendos intentos de huidas hacia delante. El PSOE miente cuando dice que evitar las terceras elecciones es en beneficio del país. Todo sea por el bien del partido y no verse relegado a un tercer puesto en la casilla de salida. 

Mariano seguía a lo suyo. Elección tras elección demostró a los díscolos que no cierran filas frente a su figura que él tenía razón. Incluso declinó la propuesta del rey. Mariano solo es gallego cuando habla frente a los medios. Confía en sus decisiones y no vacila en actuar. Su palabra va a misa y por eso repetirá en la Moncloa. Por otra parte, Mariano veía que las imputaciones cercaban a su persona y quiso echar agua fresca en una cara a la que se le notaban las ojeras. El PP optó por dar otra versión de sí mismo con la renovación de los vicesecretarios. De los que dan el do de pecho en los malos momentos. Cospedal se queda con el viento de las noticias que soplan de frente mientras manda a Casado, Maíllo, Levy y Maroto a bajarse al fango. Sin embargo el recambio popular no iba a más. El inmovilismo seguía siendo las tablas de la ley del marianismo. Los de Génova continuaron en sus trece de no acercarse a ningún grupo parlamentario para pactar políticas. Tampoco les hacía falta.

Ahora todo cambia. La intrahistoria de hacer presidente a Mariano no son los cuatro años más de políticas populares, que serán menos. El problema del PSOE, del que no darán cuentas las futuras elecciones, es que va a ayudar a lavar las siglas de un partido que bucea bajo una corrupción galopante. Mariano y los suyos tienen que ser más amables en los próximos años. Demostrar que ellos también pueden hablar, llegar a entendimientos y ceder en propuestas parlamentarias de sus rivales. Y los españoles nos lo creeremos, haremos borrón y cuenta nueva de los decretazos, de la primera legislatura marianista y volveremos a votarlos en masa. La mayoría en escaños de la derecha iba a llegar de todos modos, con terceras elecciones o sin ellas. El PSOE solo ha conseguido alargar la espera con otra huida hacia delante en diez meses.

El descalabro de los socialistas pasa por el no reconocimiento mutuo. Los barones dejaron de verse como compañeros para quedarse en meros rivales, con ideas de cómo tiene que ser El Partido incompatibles. Tal es el caso, que Ibarra decía hace unos días que Borrell no podría ser secretario general porque es del PSC. Queda claro por qué lo tumbaron cuando ganó las primarias a Almunia. El 'no' de Iceta es a Susana y no a Mariano, porque cómo va a mandar una andaluza sobre los catalanes. Solo hubo uno que pudo y mucho, y ahora no le dejan entrar en las universidades que una vez reinó.

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