Kase O: ''La única manera de salvar el arte era siendo sincero''

El rapero Kase O en una fotografía promocional de su disco en solitario, El Círculo.
Cuenta Kase O que tuvo una depresión que lo dejó tirado en el sofá mirando el techo, escuchando ritmos y sin articular una frase que le convenciera. Ese es el mismo rapero que recuerdas en un concierto de Violadores del Verso donde todos acabaron sudando, o el que enredó a una banda de jazz (Magnetism) bajo una aureola que nadie le arrebata. Lo escuchas al teléfono y se marchan esas imágenes del artista. Al otro lado del cable está Javier Ibarra (Zaragoza, 1980) que piensa la respuesta para no engañarte; afina en los recuerdos que envuelven parte de su disco y sonríe cada dos estrofas. El mismo que se emborrachaba por inseguridad en sus primeros conciertos se agranda con El Círculo, donde baja del altar, vuelve al ejercicio y siente que escribir alguna canción ha sido como confesarse. 

En El Círculo te involucras hasta en la producción de buena parte de las instrumentales junto a Gonzalo Lasheras. ¿Cómo trabajabais conjuntamente?
Hemos trabajado a partir de maquetas. Cosas que hacía yo con el Ableton Live o cosas que hice con el Fruity Loops. Para mí es como un hobby buscar loops y hacer ritmos. Siempre lo he hecho. En este disco, por ejemplo, en “La intro”, esa melodía que suena al principio necesitaba los arreglos orquestales y luego tenía claro las frases a escratchear de las maquetas. El ritmo lo hice con el Ableton y un plugin de piano. Entonces Gonzalo lo que hace es ayudarme a mezclar, a poner cada cosa en su sitio y que todos los sonidos sean perceptibles. La canción “Triste”, otro ejemplo, era una instrumental con samples, pero tenía unas campanillas que te taladraban la cabeza. Entonces lo que hicimos fue reproducir con instrumentos lo que había en el sample anterior. A veces lo que se ha hecho es reconstruir los samples para que nos diera más juego. Gonzalo tiene contacto con buenos músicos y si había que meter un bajo metíamos a uno de los mejores bajistas del país, si había que meter una percusión pues también. Gonzalo me ha ayudado en eso, lleva mucho tiempo en la música y ha producido muchos discos en los 80s y 90s. Ha sido un juego: él ha aprendido mucho de rap, de entender el minimalismo -a mí me basta con dos acordes y una guitarrita- y yo he aprendido de sus consejos.

El single del disco tiene una instrumental de CashFlow, un productor que falleció hace cinco años.
Esta base la tengo desde hace mucho tiempo porque Cash dejó un legado en su ordenador y su entorno se ha encargado de compartirlo. Hemos podido escuchar las instrumentales que tenía en sus archivos. Pablo Carrouché (de Tres Monos y Grand Groove) tenía mucha amistad y era de los que tenía ese material. El ritmo de “Esto no para” sabía que iba a salir, no era un ritmo fácil para rimar y decir cosas con sentido encima, pero siempre estaba en mis cribas. Evidentemente, también es un homenaje en sí mismo, pero porque es un ritmazo.

En la presentación del disco hablabas de Lírico como un referente, de joven querías rapear como él. ¿Es uno de los primeros que ves rapear en Zaragoza?
El primer concierto en el que vi de rap fue de DNI en el Pilar del 90 o 91. Luego vino lo del Rap in Madrid, Mc Randy…, y esto era paralelo o algo anterior a ver rapear a Lírico con Stan y Brutal de deejay. Lo que era impactante era verle de cerca porque a MC Randy, claro, me lo podía imaginar, pero ver los ensayos de ellos rapeando en la Casa de la Juventud, ¡para mí eso era el cine en 3D!

Entre las primeras cintas que te llegan está el Bad, de Michael Jackson.
La cinta me la regalaron en los Reyes, o algo así, y me acompañó muchas noches en el Walkman. Yo tenía seis años pero lo entendía todo. Es un trabajo muy versátil que tiene con muchos tempos; un par de baladas como “Dirty Diana” y “Liberian girl” y es un viaje todo el disco. Me voló la cabeza y me acompañó siempre. Hay mucho de Michael en mí: muchos acordes mayores y lo feliz y positiva que es su música. Eso me lo ha dejado el reggae, pero también Michael.

¿Mientras escribías el disco te han asaltado imágenes de aquellos tiempos en los que grababas maquetas en el cuarto de baño de tu casa?
Sí, esos tiempos eran parte de mi niñez, del final de mi niñez. Pero realmente en el proceso del disco hay más recuerdos de mi adolescencia. Tengo una canción que habla de mi niñez, pero no la conseguí terminar. En el disco he rememorado más cuando empezaba a salir con los amigos, tenía ídolos y había gente que ya rapeaba muy bien. Lo de las maquetas lo recuerdo como algo muy inocente, sin saber muy bien qué era el rap, era como un juguete: coger un casete de doble pletina y empalmar ritmos. Tienes que grabar muchas veces seguidas el mismo trozo y si tenías arte incluso parecía un loop.

Lo hacía como algo artesano y rapear también por inercia de ver rapear a mi hermano y a Lírico. Esas imágenes y recuerdos están en otra canción que no ha salido. En esa etapa era muy joven, tenía 10 o 11 años, y también descubrí la poesía romántica de mano de Bécquer. Y esas imágenes de Bécquer me impactaron: la desolación y los escenarios llenos de polvo. Aún así, he escarbado más en la adolescencia en un par de canciones que en esta etapa de las maquetas que te cuento en la que era un niño.

Traigo a colación frases de tu disco. “Miedo escénico y vomito en los conciertos” (en “Guapo tarde” que habla de complejos en tu juventud).
El miedo escénico aún existe como respeto al escenario. Pero entonces se mezclaban muchos nervios con muchos complejos y grandes dosis de alcohol. Entonces o vomitaba antes, o en mitad del concierto a modo de performance pseudopunky (risas). Creo recordar tres o cuatro potadas así en directo. Luego vas perdiendo el miedo el asunto y te iba a decir que bebes menos, pero no... porque con Violadores subíamos bastante ciegos a rapear (risas). Aunque ahí ya no llegaba a esos límites de tener tantos nervios que te quieres poner ciego para desinhibirte y te pones malo. En esa frase se resume todo eso.

En Viejos Ciegos rapeas “…era la época en la que dejé la universidad / no dije nada en casa / durante un tiempo oculté la verdad”. ¿Empezaste a estudiar Filología Clásica pero no la a retomaste y acabaste?
Fue Filología Hispánica, lo dejé en el primer cuatrimestre. Ya lo dice la canción (risas). Fue muy harcore el cambio del instituto a la Universidad porque en el instituto tuve la suerte de tener unos compañeros que eran graciosísimos e iba por las mañanas ilusionado. El cambio a la Universidad era muy distinto: tenías que buscarte mucho la vida, ser muy organizado y cosas que yo no soy ahora ni lo era entonces. Además me pilló con una pequeña depresión. Lo intenté con la carrera, pero veía que podía aprobar una cada cuatrimestre si me esforzaba (eran asignaturas que eran como un libro del instituto). Eso se unió a una depresión que tuve y lo dejé. No lo dije en casa en el momento, lo dije más tarde.

Por entonces llegaban las primeras referencias de Violadores del Verso...
Sí, era el 98. El tiempo del primer EP que sacamos y luego el disco Genios. Es lo que digo en la canción que citas: “Estaba escribiendo “Mierda” en un ritmo de Rasko”. Es todo de la misma época: dejar la universidad y volcarme en el rap. Tampoco lo dejé para volcarme en el rap, sino porque veía que la carrera iba a ser muy difícil.

En “No sé que voy a hacer” rapeas “Gracias a Dios a la droga le dije adiós”. ¿Es más una hipérbole que un exceso real?
Es más un deseo, es porque una vez leí que tienes que dar gracias en lugar de pedir. Entonces es como una invocación. A mí me gustaría dejar de fumar, tampoco es que sea un drogadicto, pero con dejar el tabaco sería muy feliz. Suena un poco hardcore, pero hay muchas drogas que no son químicas y pueden ser metafóricas. En ese canción me refiero a que algún día voy a dejar de fumar y ya estoy dando gracias en la canción.

 “Me he convertido en una estatua”, dices en “Basureta (Tiempos raros)”. Lo relaciono con la depresión que pasaste en Colombia, antes de sacar el disco.
Sí, te lo puedes imaginar. Ya previamente hablaba de “crear un gueto en el sofá”… pues sí. Era una estatua en un sofá escuchando ritmos y totalmente paralizado.

¿Cuánto tiempo estuviste en Bogotá? ¿Ahora te asientas en Zaragoza?
Estuvo unos tres años. Ahora por la gira y logística tengo que estar aquí. Allí abrí unas tiendas, hemos hecho amistades y tendré que ir un par de meses al año. Quiero decir que la depresión no me dio por Colombia, me hubiera dado en cualquier otro lado. Me dio al enfrentarme a mí mismo y a todo el proceso del disco que es lo que me dejó paralizado.

Sobre el proceso de grabación del disco dijiste en una entrevista que R de Rumba ponía caras raras mientras cantabas Mazas y Catapultas.
Fui muy injusto en esas declaraciones porque Rumba siempre ha apoyada esa canción. No sé por qué dije eso realmente (risas). De hecho le pedí perdón por haber dicho eso en una entrevista. Ahora que me lo preguntas, aprovecho para dejarlo claro. Siempre piensas que a la gente que le gusta el hardcore no le va a gustar ese estilo, pero luego ves que no solo de hardcore vive el hombre. A Rumba es al primero que le canto lo que escribo porque es muy sincero y me gusta saber su opinión. Yo se la canté con miedo, pero me animó. Lo vio clarísimo, me decía “esto es un caramelito” (risas).

Cuando escuchasteis en el estudio la canción de Violadores del Verso (“Rap superdotado”) os emocionasteis. Leí que Hate incluso soltó alguna lágrima.
Cuando la oímos mezclada y con todos los detalles hubo un momento de emoción muy extraño y muy bonito. Fue muy raro porque parecía una canción de toda la vida. Además, el proceso fue muy rápido. David (Lírico) y Hate solo tuvieron dos semanas para escribir sus partes y no sabíamos muy bien cómo iba a quedar. La sensación cuando la oímos fue una pasada, estábamos muy orgullosos. Cuando estamos juntos no hay que darle vueltas a ningún asunto, nos reunimos y hacemos este tipo de rap que es muy reconocible. Me maravilla que las cosas salgan así.

¿En cuánto tiempo has grabado el disco?
Durante los dos últimos años. Lo que ha sido un calvario es que tenía escrito todos los primeros cachos, pero no tenía los segundos. Entonces no podía grabar las canciones enteras y ese método hay que cambiarlo. Hate me lo decía: cuando empieces una letra, termínala. Yo creo que este método de trabajo lo tenía por tradición de trabajar con Violadores: haces un cacho, luego hace otro Hate y otro David, y ahí te quedas. Con este disco vi que tenía que solucionar las canciones. Ha sido un ejercicio de mucho trabajo pero muy bonito. Al mismo tiempo duro porque yo escribo por impulsos. No me esperaba el verano de tener que terminar un cacho o dos frases que me faltaban para acabar una canción. Al final estoy muy contento de haberlo terminado.

Tal vez debido a ese desorden hay un contraste en las canciones que las hacen diferentes. Como en “Guapo tarde”, donde el estribillo es más apacible que la estrofa, que no deja de ser un storytelling de emoción.
Sí, en “Guapo tarde” los estribillos son muy abstractos. No sabes de qué va la canción cuando empieza el estribillo. Eso fue un puzzle, por un lado estaba la letra y por otro el estribillo, que venía de otro concepto. Luego me gustaba ese descanso. La rapeada era bastante emocionante, pero no quería un estribillo en la misma línea. “Paraditos” (lo que canto en el estribillo) a lo que se refiere es a los recuerdos, a que los recuerdos paraditos están bien y cuando se mueven un poco viene la mierda a la cabeza. Realmente con esa canción ha sido como quitarme un peso de encima, como confesarme.

Sincerarse como nunca lo habías hecho al final te ha librado de la presión propia y externa (las demandas del público).
Sí, sí. Hay cierta rebeldía en mí. Cuando estoy acorralado, salgo por una tangente y salen canciones como “Cantando” (del último disco de Violadores del Verso) o “Mazas y Catapulcas”, que son canciones muy contrarias a lo que me dicen mis fantasmas que debería hacer. El hecho de desnudarme en la canción viene por esas razones que has dicho. Y porque la única manera de salvar el arte era siendo sincero. Necesitaba humanizar a Kase O –no se sabía nada de sus cosas, igual estaba idealizado el personaje-. Para este disco quería muchos palos distintos.

¿Con quién pudiste hablar más, con PMD (apareces en “Hardcore Funk”) o con Grandmasterflash (colaboraste en su disco The Bridge?
Con PMD. Con Grandmaster Flash me hubiera gustado haber estado en el estudio, pero lo grabé a distancia y ya lo mezclaron, es decir, fue todo a distancia. Con PMD lo que es el rap fue a la distancia (le mandé el beat, le expliqué el concepto al mail), él me mandó la acapella y me encantó. Pero con eso no me bastaba, empecé a rallarme y pensé que tenía que conocer a PMD porque si no no tenía sentido nada. Me armé de valor y dije voy a hacer el videoclip de “Harcore Funk” y me fui a Nueva York y compartimos un par de horas de grabación del vídeo. Yo hablo inglés, pero no entiendo muy bien cuando hablan muy deprisa. Conseguí expresar lo que quería decir, aunque luego él me decía que tampoco lo entendía (risas). PMD siempre habla de mí diciendo que hablamos el mismo idioma, aunque no hablemos inglés. Esa energía estaba ahí, no teníamos ni que hablar.

Luego cuando vinieron EPMD a Madrid también compartí un rato con él; me presentó a Eric Sermmon y le habló de mi marca de ropa y de mil cosas. El tipo me sorprendió porque sabía cosas de mí. Yo le regalé una gorra cuando estuve en Nueva York y cuando vino a Madrid la llevaba. “¿Pero cómo puede tener este detalle el gacho?”, me preguntaba yo. Ahí casi se me caen las lágrimas.

De alguna manera reivindicas que las canciones tienen que hablar por sí solas. En El círculo te rebelas contra la promoción continua: sacar un vídeo o una canción casi todas las semanas.
Yo a eso lo llamo la dictadura de la imagen.

Al final no queda otra que adaptarse, supongo.
Sí, sí. Yo lo califico muy duramente, pero tengo mis razones para decir eso: ahora si no te ven la cara no te escuchan. Y cuesta mucho dinero hacer un videoclip y cualquier cosa para que al final la música no tenga valor en sí misma. Yo he crecido con canciones que eran entes en tu imaginación. Ahora parece que hay rellenarlo con la imagen y todo esto. Yo me adapto y me  voy a adaptar y voy a hacer mis videoclips porque es divertido, pero no quiero caer en esa obsesión. No tengo nada en contra del sistema que cada rapper elija para promocionarse, cada uno tiene unas ideas. Si te dan buen resultado no lo cambies, mi modo también me da buen resultado. No me estreso con estar todo el rato en el candelero. El Círculo está hecho con muchos detalles. Hay mucha chicha, mucha mente, mucho corazón. Está hecho para que lo quieras escuchar otra vez porque no te sacias. En mi pandilla se piensa que si acaba una canción de un rapper y no te acuerdas de ninguna frase es porque lo que ha dicho es malo. Si no te acuerdas del estribillo es que no ha dicho nada. Yo quiero que en mi pandilla me digan “no me acuerdo de ninguna rima tuya porque me ha dejado medio lelo”.

Entrevista realizada por Alberto Albertus.




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