Vivir aparcando en la calle

Reportaje gráfico: Antonio L. Juárez

A las diez de la mañana, los trabajadores del Hospital Virgen de las Nieves ya han llegado a su puesto laboral. Muchos lo hacen en su vehículo particular. Coches y motos ocupan la mayoría de los espacios libres de las inmediaciones de la Plaza de Toros. Una hora más tarde resulta difícil encontrar hueco donde estacionar el coche. Los que quedan son utilizados en su mayoría por gente que realiza labores de mantenimiento por la zona. Fontaneros, electricistas o albañiles con trabajo puntual en las casas y comercios del barrio. La zona azul de la calle de Doctor Guirao Gea resulta para muchos demasiado cara, y en la mayoría de los casos el tiempo en el que dura el estacionamiento no renta.

El espacio temporal arriba indicado no responde a la realidad, porque cuando uno sale a buscarse unos pocos euros para la cerveza del día no tiene constancia de los minutos que pasan. El calor sí se nota y los árboles que rodean la plaza se agradecen. Al novato de turno le da reparo levantar el brazo las primeras veces. La gente pasa mirando de reojo a quien está en la calzada haciendo aspavientos a los coches que circulan a toda velocidad. Una vez hecho el cuerpo, se comienza la búsqueda selectiva de clientes. Solo interesan los que aminoran la marcha, los que buscan tener suerte y dejar el coche en algún hueco. Hasta que aparece el primero, es imposible llevar la cuenta de la cantidad de vehículos que pasan de largo de tu sitio libre. Porque es tu sitio. Si algún veterano se acerca pidiendo explicaciones lo más inteligente es responder con una altanería mesurada, aduciendo que tú estás ahí por las mismas razones que él y que has llegado antes. 

Un coche quiere aparcar. Lo notas por la actitud del conductor, por ese nerviosismo de quien se ve apurado de tiempo para llegar a su cita. El modus operandi es sencillo: brazo en alto y chiflido para hacerte notar. La comunicación no verbal es fundamental. Gira, gira, gira, para. ‘Tira’ un poco hacia delante, endereza hacia atrás y listo. Te apartas cuando acabas tu tarea por no meter presión y todo eso. El trabajo ya está terminado y el siguiente objetivo es encontrar otro hueco libre en la calle que te ha tocado esa mañana.

“Esto es lo más denigrante que hay”, cuenta Francisco. Él llegó hace tres años desde una zona periférica de Barcelona. Ahora tiene 64, dice que está a punto de jubilarse, y desde que está en Granada se dedica a ‘echar una mano’ a todo aquel que quiere dejar su coche en la calle. “Uno tiene que llevar algo de comer a casa”, esgrime para explicar su situación. En su tierra se dedicaba a manejar maquinaria pesada que moviese tierra, fue peón de obra y ostenta el título de encerador profesional. A vivir entre granadinos lo trajo las trabas que le ponía la administración para cobrar una herencia. Ahora aparca coches por las inmediaciones del centro comercial Neptuno. Las situaciones personales para acabar trabajando en la calle son muy diversas. Algunos llegan desde otros países, como Marruecos o los antiguos satélites de la URSS. Otros se han dedicado a ello porque el dinero que ha entrado por la puerta siempre era de esta forma. Algunos más desdichados simplemente no tuvieron suerte en la vida.


“Debería estar regulado por el Ayuntamiento de alguna manera, aunque tuviésemos que pagar algo”, exige Francisco. Lo dice por las peleas y trifulcas que se producen entre los propios ‘gorrillas’, casi siempre por la zona de actuación de cada ‘familia’. Pagar a los aparcacoches callejeroses visto por muchos ‘clientes’ como un método de extorsión. “No sabes lo que le puede pasar al coche si no pagas. Te lo pueden rayar o pincharte las ruedas”, cuenta preocupado un conductor. El precio tácito es de un euro, aunque muchas veces se da en mano lo que uno lleva suelto. “Yo no le he dado nada porque no tengo monedas encima. Se lo he explicado y me ha dicho que no hay problema, espero que así sea”, dice otro.

Mario (nombre ficticio) no quiere que le tomen fotos, ni si quiera de espaldas, aunque mi compañero se las ingenia para retratarlo. Es de Rumanía y llegó aquí hace 12 años, siendo un crío. Alterna su faceta de aparcacoches callejero con la venta de chatarra “para dar algo de comida a sus hijos”. Tiene tres. Es conocido en el barrio, nos cuenta. Muchos vecinos le piden ayuda para subir cajas a las casas particulares o guardando un sitio para un familiar que llega en breve con el coche. En sus propias palabras, hasta algunos agentes de policía alaban su comportamiento y sus buenas maneras que les hacen llegar los habitantes del barrio. Se suele colocar por Plaza de Toros, en las callejuelas detrás del Hospital Virgen de las Nieves.

Mario nos explica la situación. “La mayoría nos colocamos donde podemos. Los gitanos suelen ponerse cerca de la cárcel nueva [Centro de Inserción Social Matilde Cantos Fernández] y los marroquíes por allí (señala a la calle Doctor Olóriz). Los rumanos vamos por libre”. Dice que se lleva bien con los vecinos por si algún día le pueden encontrar un trabajo. “Solo quiero salir de la calle”. Aunque lo que se saca en una mañana varía según el mes del año, casi todos las personas con las que pude hablar coinciden: entre 10 y 20 euros, un número que les da para pasar el día, comer algo caliente y consumir alcohol de algún establecimiento asiático. La ordenanza municipal de convivencia ciudadana de Granada prohíbe “el ofrecimiento de cualquier bien o servicio a personas que se encuentren tanto en el interior de vehículos privados o públicos” y la correspondiente sanción puede alcanzar los 750 euros. La legislación también decreta que los agentes no buscarán que los infractores cesen en la actividad, sino que se precederá al procedimiento sancionador correspondiente. Aunque esto no siempre es así. Los agentes saben que los aparcacoches en la mayoría de los casos no pueden hacer frente a las multas, bien porque no disponen de liquidez o debido directamente a que no tienen un domicilio al que mandar la infracción.

“Si vienen cuando nosotros estamos, llamamos a los municipales y los echan. No los multan porque saben que es inútil”, explica un trabajador de Setex Aparki, la empresa que gestiona las plazas de aparcamiento en zona azul de la ciudad. La O.R.A termina ahora en verano treinta minutos más tarde que el resto del año, finalizando a las 21:00 horas. Cuando los operarios terminan su labor, los ‘gorrillas’ invaden sus puestos de trabajo: 2.223 plazas de aparcamiento sin vigilantes que puedan dar la alerta a los cuerpos de seguridad.



La relación con la policía municipal es dispar según la procedencia de los ‘gorrillas’. Mientras que los extranjeros no muestran quejas respecto a la actuación de los agentes, los aparcacoches ilegales españoles no tienen la misma visión. “Vienen, te requisan lo que has sacado y encima te multan. Que detengan a los verdaderos delincuentes, no a los que nos buscamos la vida”, exclama uno de estos trabajadores que prefiere no dar su nombre. A él lo llaman ‘El Colorao’ y dice que se suele poner cerca del Monasterio de San Jerónimo, en la Plaza de los Lobos. La difícil circulación de los vehículos por el centro de Granada, unida a la progresiva peatonalización de sus calles, favorecen su trabajo, ya que las plazas vacías cobran mayor valor.

En agosto y septiembre es fácil encontrar a muchas personas como Francisco y ‘El Colorao’ acercándose al comedor social de San Juan de Dios, ya que el de Regina Mundi cierra durante el octavo mes del año. Manuel no ejerce ahora de aparcacoches, pero sí lo hizo en el pasado. “Haces cualquier cosa para ir tirando. Vivimos en la calle y nos multan por beber [en espacio público]. ¿Dónde quieren que lo hagamos?”. Dice que el verano es duro en Granada, pero que se está mejor que en invierno para pasar las noches a la intemperie. “Ahora llegarán muchos ‘gorrillas’, seguro que les puedes preguntar”. Pasa un rato y no vemos aparecer a ninguno de sus conocidos. “Hostia, que es principio de mes. Habrán cobrado las prestaciones sociales y andarán por el polígono”.

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