Indios vs vaqueros: los nez percés


Lo primero que hizo Donald Trump al anunciar el inicio de su carrera hacia la Casa Blanca fue azotar a sus vecinos mexicanos. «El multimillonario Donald Trump anunció este martes su candidatura a la presidencia de Estados Unidos y lo hizo con insultos a México, al que acusó de enviar “drogas” y “violadores” a través de la frontera. Además, Trump prometió que si llega a presidente construirá un muro en la frontera (que son más de 3.000 kilómetros) y hará que “México lo pague”», informó El País.

Desde que América es América (1492), la convivencia en el continente ha sido un tanto convulsa. Primero llegaron los españoles con sus armas, sus trabajos forzados en las minas y sus enfermedades. Dos siglos después, América ya era América, aunque los sesenta y cinco millones de americanos –a los que llamaron indígenas-, se convirtieron en cinco millones. El inca Atahualpa, uno de los sesenta millones de muertos, tuvo el honor de ser uno de los primeros en ver a los españoles. Según la versión popular que cuenta Eduardo Galeano en Las venas abiertas de América Latina, Atahualpa cayó de espaldas al suelo al ver a los soldados españoles armando el caos montados en sus caballos.

Peor sorpresa se llevó el cacique Tecum, heredero de los mayas. Los indios confundieron a los españoles, sus fuegos y sus caballos, con dioses. Como tales pensaban recibirlos. La historia empezó a torcerse cuando aquellos dioses tomaron tierra y sacaron la espada. A pesar de que en nuestro imaginario podemos asociar el caballo a América y sus cowboys, lo cierto es que hasta la llegada de los españoles, los indígenas –que por entonces aún no sabían que eran americanos- poco sabían de caballos. Los caballos, pese a ser originarios de América, se extinguieron en el continente hace unos ocho mil años.

Llegado a un punto clave en la defensa de su ciudad, Tecum se las vio con el conquistador español Pedro de Alvarado. El heredero maya usó su lanza para descabezar el caballo del español, convencido de que formaba parte del conquistador. El sabor a gloria de Tecum duró los segundos que Pedro de Alvarado tardó en levantarse y matarlo.



Los nuevos americanos
Siglos más tarde, llegaron los americanos a América. «No está lejano el día en que tres banderas de barras y estrellas señalen en tres sitios equidistantes la extensión de nuestro territorio: una en el Polo Norte, otra en el Canal de Panamá y la tercera en el Polo Sur. Todo el hemisferio será nuestro, de hecho como, en virtud de nuestra superioridad racial, ya es nuestro moralmente», declaró en 1912 William H. Taft, presidente de los Estados Unidos. Taft, como recoge Galeano, se vanagloriaba de que la política externa de su país «no excluye en modo alguno una activa intervención para asegurar a nuestras mercancías y a nuestros capitalistas facilidades para las inversiones beneficiosas». No, no solo la política externa.

Antes de la llegada de los americanos, en el territorio que hoy abarcan los Estados Unidos de América, vivían indígenas. Los nuevos americanos, invasores de la América del Norte, una vez saqueado el sur, volvieron a mostrar condescendencia con los que, antes que ellos, y que Cristo incluso, ya eran americanos; indios de aquí en adelante. Uno de los episodios más señalados de la convivencia entre los colonos europeos, invasores de las tierras ancestrales indias, y los propios indígenas, fue protagonizado por los nez percés, una numerosa tribu habitante de la región del río Columbia, en el Noroeste de los EEUU.


Jefe Joseph./ Antrophotopia.
A finales del siglo XIX, 750 indios nez percés, con Jefe Joseph al mando, se vieron obligados a huir a través de las montañas de Estados Unidos con la esperanza de poder llegar a Canadá y unirse al caudillo sioux Toro Sentado y los suyos. Los EEUU les habían quitado sus tierras en Oregón. A pesar de la presión que ejercieron los estadounidenses sobre los indios para que abandonaran su casa, estos nunca firmaron el tratado de cesión de tierras. Liderados por el espíritu pacifista de Jefe Joseph, tampoco contemplaban la guerra.

El conflicto comenzó cuando los colonos franceses llegaron a la aldea india. Lo primero que hicieron los europeos fue dar nombre a la tribu. La comunidad pasaría a llamarse nez percé por los anillos con los que adornaba sus narices. Para cuando tuvieron que abandonar sus tierras, casi ningún nez percé usaba tal ornamenta. Los blancos frecuentaron las tierras indias, acogidos por una comunidad que aceptó dejarlos pasar por su territorio y no hacer nunca la guerra.

A mediados del siglo XIX, los blancos comenzaron a construir casas y granjas en territorio indio. Los nez percés decidieron convivir en paz, aprendiendo de la nueva cultura que se les mostraba como avanzada. Los colonos empezaron a enriquecerse y ansiar las propiedades indias. Llegó una oferta por las tierras. Diversas bandas de nez percés decidieron aceptar la oferta propuesta por el gobernador estadounidense y abandonaron sus territorios. No hizo así la banda del Jefe Joseph, liderada por su padre, que se negó a vender sus terrenos alrededor del lago Wallowa al gobierno estadounidense, a pesar de que las bandas vecinas sí que lo hicieron. 


Los indios no entendían la tierra como propiedad. Mas si alguien debía ser propietario, entendían que debían serlo ellos, que la habían habitado durante toda su historia. «Hijo mío, mi cuerpo regresa a la madre tierra y mi espíritu verá muy pronto al Jefe Gran Espíritu. Piensa en este país cuando yo muera. Ahora eres el jefe de este pueblo. Todos esperan que les guíes. Recuerda siempre que tu padre nunca vendió esta tierra», pronunció el entonces líder nez percé a su hijo Joseph en su lecho de muerte.

El Jefe Joseph quedó al mando. Los estadounidenses aumentaron la presión sobre los indios, hasta tal punto de proponer la guerra como única alternativa. Su interpretación del tratado de cesión de tierras indias les hacía tomar los derechos del Wallowa. El jefe indígena lo explicó del siguiente modo en un discurso ante el gobierno estadounidense, una vez acabada la guerra, que fue recogido por el The North American Review, traducido al castellano por Ángela Pérez en la obra Éramos como el ciervo:

«Supongamos que viene a verme un hombre blanco y me dice:
 — Joseph, me gustan tus caballos y quiero comprarlos.
 Y que yo le digo:
 — No, mis caballos me agradan. No quiero venderlos. 
 Entonces él va a ver a mi vecino y le dice:
 — Joseph tiene buenos caballos. Quiero comprárselos, pero él se niega a vendérmelos.
 Y mi vecino contesta:
 — Dame a mí el dinero y yo te venderé los caballos de Joseph.
 Y entonces el blanco vuelve a verme y me dice:
 — Joseph, he comprado tus caballos y tienes que dármelos.
 Así compró nuestras tierras el gobierno de los Estados Unidos».

El ejército estadounidense dio un breve plazo de tiempo para que los indios abandonaran sus casas, su montaña, su lago y su río. Joseph, en pro de las vidas nez percés, sin tan siquiera debatir sus posibilidades de éxito en el combate, renunció a combatir. Así pues, los indios decidieron marcharse.

Lo hicieron tarde, según el ejército, que fue a por ellos al Wallowa. Los indios huyeron. La opción de la paz, abanderada por Joseph, no era unánime en la comunidad. Ya en el camino de huída, la opción violenta tomó forma. Unos jóvenes indios, desoyendo al Jefe, se tomaron la justicia por su mano contra los blancos que tanto los habían humillado. Asaltaron a un grupo de colonos y los asesinaron. Empezó la guerra. 


Lago Wallowa (Oregón), tierra de los nez percés./ The Conservation Alliance.
Durante tres meses los nez percés recorrieron más de dos mil kilómetros y derrotaron repetidamente al ejército norteamericano, buscándose su hueco en la historia. Su periplo se vio frenado el 4 de octubre de 1877, cuando llegó la rendición a poca distancia de la frontera canadiense, donde les esperaban los sioux de Toro Sentado. Jefe Joseph firmó la paz con la condición, asegurada por los representantes del gobierno de los Estados Unidos, de que se les devolverían sus tierras. 

Contra la palabra blanca, fueron reubicados en tierras hostiles, lejos de sus montañas y manantiales puros. Muchos de los nez percés murieron en la guerra, otros tantos lo hicieron por beber agua de su nuevo río, inadaptados a su nuevo territorio.
«Estoy cansado de las palabras que se quedan en nada. Me entristece recordar todas las buenas palabras y todas las promesas rotas. Han hablado demasiado hombres que no tenían derecho a hablar. Ha habido muchos malentendidos; demasiados malentendidos se interponen entre los blancos y los indios. Los blancos pueden vivir en paz con los indios si quieren hacerlo. No tiene por qué haber problemas. Tratad a todos los hombres igual. Dadles la misma ley.

La tierra es la madre de todos los hombres y todos los hombres deberían tener los mismos derechos sobre ella. Esperar que un hombre que ha nacido libre esté contento cuando se le confina y se le niega la libertad de ir a donde le plazca sería como esperar que los ríos confluyan hacia arriba.
He preguntado a algunos grandes jefes blancos de dónde sacan ellos su autoridad para decir a los indios que tienen que quedarse en un sitio mientras ven a los blancos ir a donde les place. No han sabido contestarme. Sólo pido al gobierno que me trate como a todos los demás hombres. Si no puedo volver a mi hogar, permitidme tener un hogar en algún territorio en el que mi gente no muera tan deprisa. Veo a los hombres de mi raza tratados como forajidos, conducidos de un territorio a otro, o derribados de un tiro como animales. Pedimos que se reconozca que somos seres humanos».
Este discurso fue pronunciado por el Jefe Joseph en Washington ante el gobierno estadounidense una vez terminada la guerra, en 1879. Él murió en 1904 en la reserva de Colville (Washington). La historia continuó, y con ella la ambición de los Estados Unidos por cumplir las palabras de William Taft.

Nuevos indios, mismos vaqueros
Durante el siglo XX, América del Sur fue testigo de no pocas dictaduras militares apoyadas por USA. Chile sirvió a la Escuela de Chicago para probar sus tesis económicas. Pinochet era uno de los nuestros y Henry Kissinger, Consejero de Seguridad Nacional del Gobierno de EEUU, fue pieza clave del engranaje encargado de derrocar a Salvador Allende e instaurar el terror en Chile«Está siendo víctima de todos los grupos de izquierda del mundo y su mayor pecado no ha sido otro que el de derrocar un gobierno que se convierte al comunismo», dijo Kissinger sobre Pinochet. Poco después, el Consejero de Seguridad Nacional de EEUU fue nombrado Premio Nobel de la Paz. 


Reunión en 1976 entre Kissinger y Pinochet./ Archivo Ministerio de Relaciones Exteriores de Chile

La Guerra Fría hizo que EEUU se expandiese por una gran cantidad de países satélites con el objetivo de ganar la batalla geopolítica a la URSS. En esta guerra, el imperio de las barras y estrellas rodeó geográficamente a la Unión Soviética. En el otro lado del tablero, la revolución cubana derrotó a la dictadura de Batista. Cuba se colocó en el bloque soviético. Fue declarado enemigo estadounidense. Era el único país del bloque oriental próximo a las tierras norteamericanas.

Una vez terminada la Guerra Fría, los intereses americanos se expandieron aún más. Oriente Medio entró en el punto de mira. Llegó Irak, una operación que sirvió para lucrar a las empresas privadas de soldados mercenarios con sede en USA. De la reconstrucción del país iraquí, devastado en búsqueda de las armas de destrucción masiva, se encargaron empresas privadas de construcción, también con sede en USA. Una política externa marcada por la doctrina del 'shock'.

En noviembre de 2016 Estados Unidos acoge unas nuevas elecciones presidenciales. Por un lado, el republicano, se presenta Donald Trump, de conocido carácter antihispano, con la propuesta de reforzar una frontera amurallada con México que empezó a construir Bush en 2007 y que culminó Barack Obama en su primer mandato. En la otra esquina del ring se presenta Hillary Clinton, abanderada demócrata, que a principio de siglo se mostró como gran valedora de la Guerra de Irak. Pierda quien pierda, ganará William Taft. EEUU seguirá ansiando dominar el mundo, ya no tan solo de Norte a Sur, sino además de Este a Oeste, «en virtud de nuestra superiodad racial, ya es nuestro moralmente».

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