Paco Guzmán: ''En Idomeni todos los días son iguales''

Guzmán en el campo de Idomeni | Fotografías cedidas por el malagueño

El tratado Schengen era una de las piezas fundamentales del proyecto europeo. Libre circulación de bienes y personas a través de los territorios de los países firmantes. Era el sueño de todo enterpreneur liberal a gran escala. Ni Stuart Mill lo hubiese imaginado mejor. Desde el año pasado ese sueño se truncó por culpa de una guerra que ocurría a 3.700 kilómetros de Alemania.

Idomeni era un pueblo tranquilo del norte de Grecia. A la vera del río Axios, encuentra lugar la primera estación helena tras pasar la frontera Macedonia. Desde 2014 también posee el campo de refugiados más mediático del siglo XXI. Cerca de 8.500 personas fueron desalojadas el 24 de mayo de este año. Sirios, pero también Afganos y Pakistaníes, gritaban por una oportunidad ante la puerta de atrás de una Unión Europea con oídos sordos.

“Lo que más recuerdo es gente, mucha gente. Muchísima gente”. Paco Guzmán (Coín, Málaga, 1966) estuvo allí casi hasta el último minuto. Quince días, la mitad de sus vacaciones, costeados de su propio bolsillo. Paco es encargado de mantenimiento en un colegio y fue el número uno por Málaga en diciembre por Izquierda Unida. Normalmente descansa en verano, pero sentía que tenía que estar en Grecia. “Mi conciencia y mi militancia política es lo que me exigía”. Dejaba en casa a su esposa y cuatro hijos, entre los 10 y los 20 años. “Ella fue la que más me animó a irme. Los críos lo entendían, sobre todo los más grandes”.

Salía de Málaga camino a Turquía. Un viaje de cuatro horas para luego enganchar otra más dirección a Idomeni. “Echaban Spotlight, pero para cuando me enteré cómo iba la pantalla del avión ya no me daba tiempo a verla entera”. En el trayecto conoció a una pareja de gallegos a los que se arrimó para hacerlo todo más fácil. Se hospedó en un hotel el tiempo que los de la tierra del Albariño y Cela estuvieron ayudando en el campamento. 15 euros la noche por cabeza. Allí conseguía el wifi necesario para actualizar su perfil de Facebook, donde ha ido contando el día a día de los refugiados mediante vídeos. Cuando los otros se fueron, sacó su tienda y acampó como el resto de voluntarios. Así pasó los últimos cinco días.  

Guzmán es miembro de Acción Católica, y antes de salir contactó con varias ONGs que se encontraban batallando en el terreno. "Me decanté por Idomeni porque eran las puertas de Europa, porque era territorio UE". Una vez en el campamento se dedicó principalmente a dos proyectos: primero al Baby Hamman, dedicado al baño y aseo de niños. "Allí traíamos agua y la calentábamos, manteníamos unas instalaciones muy precarias". Después estuvo en el Idomeni Cultural Centre, "un colegio con 100 o 120 niños que demandan sobre todo idiomas". Creen en su futuro, quieren aprender alemán e inglés y lo ven como un salvoconducto para encontrar su sitio. Su rutina como voluntariado comenzaba a las diez de la mañana. "Con Bomberos en Acción preparábamos 500 bolsas de comida, que luego repartíamos por la tarde".

"Prácticamente todos los días son iguales. No sabía qué día de la semana era porque la tarea era la misma". Había familias que llevaban 3 o 4 meses viviendo en tiendas de campaña. Cuenta Paco que el que tenía "suerte", debajo de su tienda de campaña tenía un palé que anquilosaba la humedad. Menos "suerte" corrían quienes tenían la tienda encima de las vías del tren, "debajo tenían las piedras" del carril. "Las condiciones son terribles con niños descalzos que van de un lado para otro". En ese ir y venir se sorprendió de la amabilidad de la gente. "Todos los niños se acercan a decirte hello, hello. Y cuando te ven bolsas, te piden comida". Cuando iba con la carretilla con agua, se subían dos o tres niños encima. Al tercer día lo trataban como a un amigo. Cada vez que pronuncia la palabra suerte, Guzmán la entrecomilla con un gesto manual.  

¿Tiene alguna imagen especialmente cruda clavada? Sí, varías. La primera ni siquiera es una fotografía: "Recuerdo la voz de un niño gritando al lado de la concertina, en la frontera con Macedonia. Era un grito fuerte y desgarrado dirigiéndose al ejército del país vecino. Ese grito debería llegar al centro de Europa". La segunda situación que no olvida es ver a unas 15 personas saliendo del campamento con sus bártulos a las diez de la noche: "Una mujer con un niño en brazos, niños con su mochila... te preguntas: ¿esta gente a dónde va ahora?". 

Una imagen así hacía que a veces el lenguaje cinematográfico envolviera su estancia. "Hubo un momento en el que me sentí dentro de una realidad que había visto en películas. Como en el momento en que veía a esa gente irse", cuenta. En Idomeni, las nacionalidades se establecen por barrios. Hay Sirios, kurdos, iraquíes, afganos. Y a veces las realidades no unen. "Cultura y religión debería ayudarnos, pero a veces diferencian", dice Paco.  

El siguiente plano de ese metraje coincidía con el Día de Europa. Ese mismo día por la mañana se enteró de la festividad al ver el correo, las noticias y las redes sociales. Cuando dejó el hotel para sumarse al campamento acudía a un bar que también tenía Wifi. Así se mantenía informado y podía continuar contando la realidad griega. Aprovechaba ese rato para subir fotografías o vídeos, como el que grabó cerca de la frontera, donde se le escucha decir: "Día de la UE, día de las fronteras cerradas y día de la exclusión. Hoy, 9 de mayo, día de la vergüenza".  

-¿Cómo viviste ese día? 

-Se está negando el derecho a asilo y se está atentando prácticamente contra los derechos humanos. Esto de ser español y europeo me avergüenza, hubo un momento en que dije "no quiero serlo".

Su viaje también ha arraigado un conflicto personal, sabiendo que él también forma parte de esa Europa, de la penuria que ellos sufren. A Paco se le pronuncian tres arrugas alrededor de los ojos cuando sonríe o cuando su tono es más serio. "Esta contradicción incluso me ha generado odio, algo que no me pasaba desde que era un niño chico".

La mayoría de noches que Paco estuvo en la frontera llovía. Se fue cargando una mochila y a la vuelta -otra vez en avión- pudo acabar de ver Spotlight, premiada como mejor película en los Oscar. A unos días de su vuelta hablamos con él y se sigue preguntando por otra premiada, la UE y su Nobel de la Paz. No consigue entender el papel que juega en esta llamada crisis de los refugiados. "El problema no se soluciona solo abriendo la frontera, el problema está en la guerra, que es la causa".

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