El encanto malgastado de Michi Panero

Michi Panero en El desencanto (1976, Jaime Chávarri)
La literatura aparece allá donde se la reclama, de improvisto, y no siempre escrita. Como una necesidad fisiológica para seguir viviendo, de la cual algunos, no pueden, aunque quieran, desprenderse. Podríamos asegurar que Michi Panero era la literatura personificada, algo que claramente llevaba en la genética, aunque con la extrañeza de que nunca publicó nada. ¿Acaso no tenía nada que decir?, o ¿era el miedo a convertirse en lo que sus hermanos representaban, lo que le echó para atrás? Quizás crecer rodeado de fetiches poéticos acabó por perturbar la distancia que separa la mente de la hoja escrita. O la frustración de plantarse lleno de ideas ante un folio en blanco y no poder plasmarlo desdibujó su alianza con la escritura.

Podemos comprobar su lucidez en las dos películas atemporales producidas junto con su familia: El desencanto y Después de tantos años. La primera actúa como metáfora perfecta de la tradicional sociedad española que trataba de adentrarse en la posmodernidad europea, un juguete seminuevo que comienza a deteriorarse ante una modernidad inminente. Es una analogía del régimen franquista que se está derrumbando ante los ojos exasperados de los que quieren, pero nada pueden hacer. Trata de vislumbrar la ruptura que existe en ese momento entre la sociedad que ya adquiere tintes democráticos y liberadores en todos los sentidos y la cara que las instituciones intentan mostrar de un entramado con una moral muy firme, pero que por dentro se está fracturando.

La segunda, en cambio, es más el resultado del proceso de una familia aristocrática venida a menos y relegada al olvido, que también muestra cómo se han ido diluyendo todas las buenas intenciones que trajo el nuevo tiempo para acabar estancándose en un fango inmovilista.

Centrándonos en la figura del pequeño de la familia, que ejerce de hilo conductor en ambos documentales, comprobamos el desarrollo de una España que navega desde un optimismo liberador con la caída del franquismo a un pesimismo destructor consecuencia de la decadencia consumista de finales del siglo XX.

En El desencanto vemos a un Michi que trata de provocar a la sociedad española mojigata y anclada en el más puro clasismo, donde las vergüenzas familiares se escondían y se corregían en casa, pero sin mostrar la verdad oculta de los Panero. Durante todo el film la literatura planea en torno a la familia, tanto en la locura de Leopoldo, como en los fetiches e intentos de suicidio de Juan Luis y en el repudio a todo esto de Michi. Lo que le hace a este último peculiar, carismático y magnético es su capacidad artística, siendo su propia creación el rechazo de todo lo relacionado con la literatura.

Por otro lado, en Después de tantos años asistimos a la sinceridad que provoca la decrepitud y la cercanía de la muerte, que le hacen describir sin pudor a su familia, al pasado, a lo que fue y significó la Movida madrileña. En el transcurso de una película a otra el vacío fue llenado por borracheras y literatura, ejemplificación perfecta de la bohemia. Vemos a un Michi convertido en un fantasma de lo que fue, la vitalidad juvenil de la primera película ha sido transformada por una resignación existencial consecuencia de la suma de fracasos a lo largo de una depauperada vida. 

Quien escribe trata de evocar sentimientos en el otro, de provocar que el emisor reflexione. Y eso es lo que lograba el pequeño de los Panero con el simple soliloquio frente a la cámara. Relajado y sin excentricidades, con la voz rasgada por el alcohol y la “mala” vida, soltaba frases como: “Cuando se pasa cierta edad ni siquiera hay tragedia; lo que queda es a unos el alcohol, a otros la droga… Y la rutina”. Se puede percibir el rastro de lo vivido en sus palabras. Duras, directas y sinceras. La crueldad de su experiencia vital le fue arrancando capas de moral, de vergüenza, de falsedad, de simple apariencia, hasta dejarle un desierto de verdades. "Éramos tan felices", repetía Michi hasta que cesaba la tristeza. 






Artículo escrito por Iker Madrid Trueba.

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