André Agassi y el miedo al dragón


El sol rojizo centelleaba sobre el árido desierto de Nevada cuando el pequeño André Agassi se lanzó como un kamikaze en busca de una pelota imposible. Calculó el ángulo del bote, posicionó los pies esquivando las decenas de bolas muertas que copaban el suelo, flexionó las rodillas e impactó el obús amarillo con el corazón de su raqueta de madera. No hubo necesidad de escoltar la parábola con la mirada: la derecha había sido perfecta. Entonces suspendió el cuerpo y la mente en un mundo no terrenal para saborear un golpe impropio de un niño de siete años. La quietud solo duró un segundo. “¡André!”, vociferó su padre desde un lateral. El “dragón” había enviado una nueva pelota a la zona opuesta a la que se encontraba. El “dragón”, como siempre, había vuelto a ganar.

El símbolo de la derrota y del miedo en la juventud de Agassi no era más que una máquina lanzapelotas de color negro azabache, con imponentes ruedas de goma gastada en los laterales y la marca “Prince” grabada con letras de imprenta blanca en la base. Cualquier individuo con unos conocimientos básicos en tenis la juzgaría, a simple vista, como una simple máquina de entrenamiento. André, no obstante, la concebía como un ser vivo recién salido de uno de sus cómics; capaz de presentar voluntad propia, un cerebro malvado, corazón oscuro como la noche y una voz tan profunda como la de Barry White. No importaba si los cometas eran expulsados a izquierda o derecha. Si iban ajustados a la línea de fondo o si, por el contrario, acampaban cerca de la red. El ruido que originaba al expulsar los proyectiles helaba hasta la sangre del personaje más beligerante de Las Vegas. No así la su padre, el rudo Mike Agassi, que experimentaba un cálido sentimiento de autosatisfacción con cada zumbido fantasmagórico que producía el “dragón”.

No era para menos. La máquina llevaba años como compañera de ejercicios de los hijos mayores. Incluso podrían haberla considerado como un miembro más de la hermética familia de haber llegado a sentarla a la mesa. Sin embargo, a pesar de los cientos de miles de pelotas lanzadas, los resultados obtenidos distaban de los codiciados por el progenitor de la saga. Rita, la primogénita, se olvidó pronto del tenis cuando se enamoró de su entrenador, el ex número uno mundial y doble campeón del US Open, Pancho González. Se unieron en matrimonio el último día del mes de marzo del año 84. Poco importaban los 20 años de diferencia que había entre ambos. Su amor era un ciclón de pasión que podía con todos los imposibles, hasta, incluso, separarla de los largos brazos de su padre. Philip, el segundo en orden de venida al mundo, además de ser el primer gran confidente de André, era un notable tenista. Su carrera se antojaba prometedora, pero una lesión crónica en la muñeca y la persistente presión a la que lo sometía su padre lo condujeron a un bucle de inseguridad y depresión que dio al traste con todas sus posibilidades. Tami, la tercera en discordia, a pesar de poseer un buen repertorio de golpes, pronto fue desechada por Mike a causa de su falta de físico. “Siempre estaba cansada”, argumentaba en inglés Mike Agassi, uno de los cinco idiomas que hablaba pero de los cuales no dominaba ninguno. Pero con André no sucedería lo mismo. Con André no se repetirían errores.

El propio Mike Agassi, sin ayuda de libros o de manos expertas, y en una muestra de infinita seguridad en sí mismo, como cuando decidió por su propia cuenta y riesgo construir una pista de tenis verde en el jardín de casa, modificó a su antojo al “frankestein” negro. Con un tubo grueso de aluminio lo dotó de un cuello extralargo y de una boca estrecha que, en cada disparo, retrocedían imitando el movimiento del látigo de Indiana Jones. Preparó una base de madera sólida en la que montó al dragón para incrementar de forma considerable su altura y adelantó su ubicación, pasó de la línea de fondo a situarse entre los cuadros de saque. Ahora el dragón se alzaba imponente sobre la pista. Se encontraba más cerca, disparaba con mayor precisión y violencia (sobre los 180 kilómetros hora) y el ángulo del bote era acusado. Una verdadera muestra de músculo de acero ante la que André, de baja estatura para su edad, se sentía  desvalido.

Cada tarde, o cada mañana si Mike optaba por no llevarlo al colegio, el chico rubio con peinado de paje, que su madre le regalaba dos veces por mes, estaba obligado a devolver más de 2500 bolas. La suma lo conduciría a devolver 17.500 pelotas a la semana y, al acabar el año, a golpear casi un millón. Su padre creía en las matemáticas y pensaba que un chico que devuelve cerca de un millón de pelotas sería invencible. Golpear era la filosofía. Siempre golpear. Si sentía que los brazos se le despegaban del cuerpo, golpeaba con efecto cortado. Si quería preguntar cuánto tiempo quedaba, golpeaba liftado. Si quería, simplemente, ser un chico de siete años, golpeaba con toda el alma. André no compartía la idea simplista de triunfo de Mike, pero, al menos, si seguía golpeando su padre no se enfadaría.

Con paciencia, incontables horas de trabajo y talento, sobre todo talento, un don que vio Mike Agassi en su hijo a los dos años cuando en una partida de ping pong seguía la diminuta pelota sin mover la cabeza, solo con un breve desplazamiento de los ojos, los primeros triunfos acaecieron. Los métodos de mejora de rendimiento que empleaba Mike Agassi no eran comunes, aunque, al menos, eran efectivos. Su hijo se perfilaba como uno de los mejores tenistas jóvenes de los Estados Unidos, pero no bastaba.

El padre

Mejorar y ser el mejor. Esas eran las consignas vitales de Mike Agassi. Dos obsesiones marcadas a fuego dentro de su mente desde que lo matricularon en un pequeño y austero colegio de su Irán natal. Entre los maltrechos muros de ese pequeño centro educativo tuvo su primer contacto con el deporte. La modalidad fue el boxeo o, sin emplear eufemismos, la pelea callejera. Su madre, señora de carácter agrio y con una prominente verruga en la nariz, lo forzaba, cada vez que se portaba mal, a asistir a clase con ropa vieja de mujer. Y ya se sabe: los niños a ciertas edades pueden ser muy crueles. Primero fueron risas; luego, los puñetazos y las patadas. Sin otra alternativa que la de sobrevivir, Mike estuvo obligado a aprender a golpear y a encajar. Algo que hacía bastante bien.


Cuando no iba al colegio, cuando no trabajaba o cuando no discutía con su madre, dedicaba los pequeños ratos libres a su pasión: el tenis. Lo conoció de la mano de los soldados británicos y estadounidenses tras la Segunda Guerra Mundial y, como si Cupido hubiese revoloteado sobre su cabeza, se enamoró al primer instante. Cuando pudo a duras penas hacerse con una vieja raqueta de tenis desgastada, practicó sin descanso día y noche contra una pared de ladrillo color tierra. Pero solo, siempre solo. Nadie jugaba al tenis en Irán.  El deporte nacional era el boxeo y, Mike Agassi, decidió aparcar su pasión para probar suerte en el mundo del cuadrilátero, ya que esta era la única vía en la que podía encontrar un cuantioso número de adversarios contra los que saciar su ímpetu competitivo. No tardó demasiado en destacar entre sus iguales porque, como decían sus entrenadores, poseía un don natural, además de estar resentido contra el mundo. Sus manos rápidas y pies ligeros hicieron que se ganara un puesto en el equipo olímpico iraní de los Juegos del 48 y 52, dos citas en las que pasó sin pena ni gloria  porque, según el mismo Mike, los jueces estaban comprados.

La fascinación por el boxeo le empujó a saltar el charco. Quería más y mejores contrincantes, y solo los encontraría en Estados Unidos. Mike se escapó a “La tierra de las oportunidades” con un pasaporte falso un aburrido día cualquiera del Irán de los cincuenta. Había que tentar a toda costa a la diosa fortuna y no había mejor lugar que la oscura Chicago. En la “ciudad del viento” fue entrenado por Tony Zole, campeón del mundo del peso medio y rival acérrimo de Rocky Graziano, y con sus rudimentarios métodos fue galardonado con los “Guantes de Oro” de la gran urbe estadounidense. Esta distinción le valió el derecho a pelear en el mismísimo Madison Square Garden, pero Mike, hombre de pulso de acero y lleno de resentimiento hacia el resto de la humanidad, escapó minutos antes de la pelea cual roedor por la ventana del retrete de uno de las decenas de baños que albergaba el recinto. Estaba confundido y extrañado, era la primera vez que sentía miedo. También era la primera vez que aceptó que no podría cumplir a través del deporte el sueño americano. Él era incapaz, pero alguno de sus vástagos a fe, por su propia fe, que lo alcanzarían.

El odio

La obsesión de Mike Agassi por el triunfo, por el entrenamiento y por el tenis provocó que André, al mismo tiempo crecía a palmos y perdía el cabello, cada mañana odiara el tenis un poco más. Cuando fue reclutado para la exigente Academia/Internado de Nick Bolletieri, el conocido como el “creador de estrellas” de piel bronceada e imponentes dientes de color nácar, André aprendió a vivir. Allí conoció el amargo ardor del tabaco y el refrescante sabor de la cerveza. Allí se perforó los glóbulos de las orejas para romper la prohibición de llevar joyas. Allí se cortó el pelo a lo mohicano para que, al llegar a casa en las vacaciones de Navidad, su padre frunciera el rostro cada vez que lo mirara. Allí, se sintió libre por primera vez. Su carácter había cambiado por completo, ya no era el inocente niño que lloraba desconsoladamente si su oponente hacía trampas para ganar. Ahora era un joven con peinado estrafalario, ropa de color chillón y de carácter indómito que progresaba a la velocidad de la luz en un deporte que odiaba. Porque aunque su personalidad cambiara, su odio por el tenis permanecía impertérrito.

Durante las dos décadas que se prolongó su carrera, ese rencor hacia el tenis le privó de aglutinar un mayor número de títulos en sus vitrinas. En los partidos, André luchaba contra dos rivales: el que se ubicaba más allá de la red y el demonio de su interior. Daba igual si era encuentro amistoso o una final de Gran Slam, las preguntas sobre su existencia vital siempre lo asaltaban cuando venían mal dadas. André no se preocupaba por su juego, sino que, por ejemplo,  estaba visiblemente más interesado en que el público no descubriera que llevaba un postizo para ocultar su calvicie durante el Roland Garros de 1990 o en disimular su resaca durante un partido de Copa Davis en Alemania. Su pasión por el tenis era inexistente. Tanto que cuando ocupó por primera vez el número uno del ranking mundial de la ATP, desplazando a Pete Sampras, que llevaba en la cima ochenta y dos semanas, André no sintió nada, ni un mísero sentimiento de satisfacción tras los años de entrenamiento y sufrimiento dedicados.

Su apatía, el continuo desfalco de dinero, los malos resultados deportivos y los líos amorosos con Brooke Shields, la protagonista de “El lago azul”, le ocasionaron una depresión que le condujo al mundo de las drogas. No era la primera vez que coqueteaba con ellas, siendo un niño su padre le quiso suministrar speed para aumentar su rendimiento. Sin embargo, ese profundo bache de dudas existenciales, de rencor y vició lo superó con la ayuda de dos de sus mejores amigos: Gil, su preparador físico, y J.P, un extraño pastor baptista que halló en una de sus noches de confusión. Ese periodo oscuro hizo que Agassi se transformara. Había renacido.

André se convirtió en un hombre nuevo, seguro de sí mismo y con las ideas claras tanto en el tenis como en la vida. Aunque aún mantenía signos de debilidad mental, el demonio de su interior ya no lo atormentaba.  Estaba recuperado. No le tenía miedo a nada. Pero sumó a ello un factor diferencial: había comenzado a experimentar verdadera pasión por el tenis. Amaba lo que hacía sobre todas las cosas y ponía el máximo empeño en ser el mejor. Así y solo así alcanzó por fin, cerca de la treintena, la cúspide de su potencial tenístico. Un dato que subraya esta afirmación es que de los ocho Grand Slams en los que triunfó, cinco de ellos tuvieron lugar después de su crisis de personalidad.

La redención

La mente de Agassi estaba despejaba. Todo a su alrededor funcionaba con la precisión de un reloj suizo y las victorias servían de acicate para mantenerse en lo más alto. Pero  en su cuerpo estaba sucediendo algo. Los hombros se electrificaban en los saques, las muñecas ardían con cada cambio de empuñadura, las vértebras le crujían cuando debía adelantarse a un golpe cortado y las rodillas chirriaban en los cambios de sentido. Su físico había experimentado un velado declive físico imparable. André sabía que ya no era el de antaño y que, por obligación, debía de preparar una despedida acorde a su figura. El US Open de 2006, delante de sus compatriotas, sería la última vez que Agassi se vestiría de corto de forma profesional.

Cada entrenamiento, cada partido o cada rueda de prensa se transformaron en un acto litúrgico de veneración a su leyenda. Su primer enfrentamiento fue contra el rumano Andrei Pavel y aunque tuvo que disputar medio partido con la espalda agarrota, logra vencer sin demasiados problemas. El segundo encuentro fue contra Marcus Baghdatis. El chipriota se encontraba dentro del Top-10 y venía de hacer final Australia y semifinales en Wimbledon. Todas las apuestas aseguraban que ese sería su último partido, pero André, sin saber cómo, se llevó la victoria en un duelo agónico de cinco sets. En tercera ronda, Agassi se enfrentó a Benjamin Becker, un joven alemán desconocido. Casi sin poder mantenerse en pie, con varias inyecciones de cortisona para mitigar los dolores de la espalda y sin demasiada confianza saltó a la pista por última vez. Becker lo barrió en cuatro sets y André se marchó al vestuario con una sensación amarga de insatisfacción.


El tenis le había permitido contraer matrimonio son Steffi Graft, a la que conoció en el Wimbledon del 90. Le había dado dos hijos preciosos, Jaden Gil y Jaz Elle, que nunca jugarían al tenis por un pacto secreto entre los progenitores. Le había ofrecido la posibilidad de ayudar a su comunidad con el centro educativo “Andre Agassi College Preparatory Academy”. Lo había convertido en un nombre integro. El tenis, en definitiva, lo había hecho ser el mejor. Pero para Agassi no era suficiente. Se reprochaba no haber sabido comprender antes el deporte que amaba y que ahora perdía para siempre. Porque el tenis se lo había dado todo y Agassi tan solo quería jugar un poco más.

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