Amarás al Joker por encima de todas las cosas


Es (relativamente) fácil crear un vínculo con el protagonista de una historia. Suelen encarnar los valores que consideramos buenos en una persona: bondad, honestidad, amistad,... es imposible odiar a alguien así. La cosa cambia cuando el objeto de 'amor' no debe ser tal, cuando nos sentimos atraídos hacia un enemigo, alguien malvado que no sigue ningún principio moral.

Antihéroes como Walter White o Tony Soprano lo han conseguido con notable éxito, pero antes que ellos hubo otro. En los años 40, Batman saltaba de las páginas de Detecive Comics para tener su historia independiente, y para celebrar este momento tan importante decidieron enfrentar al hombre murciélago con un enemigo que estuviese a la altura. De esta forma, el 25 de abril de 1940 Batman protagonizaba su propia historia, acompañado por Robin y con la misión de salvar a la ciudad de los planes del malvado Joker. Era la primera aparición de un personaje que, aún hoy, sigue estando envuelto por una extraña aura de misterio, pero que al mismo tiempo se ha convertido en uno de los iconos de DC en particular, y del universo del cómic en general.

Aquel primer Joker estaba todavía lejos de convertirse en el emblema que es actualmente, tanto que fue pensado como un personaje de paso, que debería morir a los pocos números a manos de la policía. Afortunadamente, un editor de DC pensó que se merecía otro final, por lo que se tuvo que añadir una última página al cómic para que se salvase de la muerte y huyese a la espera de una nueva oportunidad de sembrar el caos.

De esta forma, el Joker resurgió de sus cenizas tras esta “derrota” y su regreso fue imparable. Poco a poco, quien fuese un psicópata, y por momentos, debido a la censura, un simple payaso bromista, terminó por convertirse en un asesino sin piedad, cuyo enemigo es la sociedad como tal, sin distinguir entre amigos y enemigos.

Pero si hay algo que ha hecho que el Joker se convierta en lo que es hoy día es, sin duda, el misterio en torno a su origen. Mientras que de otros malhechores de Gotham como Dos Caras sí conocemos su pasado y origen, el del Joker es un completo misterio: apareció un día, y se quedó, como un Steve Urkel en viñetas. Ya en Countdown el propio personaje ofrecía al lector tres cartas, una por cada posibilidad sobre su origen: un cómico sin gracia, el misterioso criminal Capucha Roja o un gángster, “todo depende de cómo barajes”, decía.

Lo cierto es que la versión más aceptada popularmente no es ninguna de las tres, sino una mezcla de ellas. En 1988 Alan Moore publicó La broma asesina, donde aportaba su particular estilo de trabajo a la relación entre Batman y su némesis. En las páginas de este cómic, Moore presentaba al Joker como un empleado de una planta química que renuncia a su trabajo para dedicarse a su pasión, el humor, pero agobiado por sus problemas económicos y familiares y ante el poco éxito que su nueva carrera estaba teniendo, no le queda más remedio que aceptar la propuesta de una banda de mafiosos: asaltar su antiguo puesto de trabajo, disfrazado con una capucha roja para evitar ser reconocido. El plan se arruinará cuando el hombre murciélago haga su aparición, provocando que el Joker caiga a un bidón de productos radioactivos. Al salir, lo hizo convertido en el payaso psicópata que es actualmente.

Pese a esa casi unanimidad -quizá la firma de Moore haya ayudado a que se logre el consenso-, el origen del Joker no está definido de forma oficial. Podría ser quien escribe estas líneas, podría ser quien las lee, podría ser el vecino del piso de arriba, podría ser cualquiera y es eso lo que lo hace más atrayente, el deseo de saber quién se esconde tras ese maquillaje blanco, cómo llegó hasta ahí y, lo peor de todo, descubrir si hay alguna forma de evitar seguir su camino.


Portada de 'El hombre que ríe' (Detalle)

Pero más allá de la incertidumbre sobre su origen, el Joker, o Guasón como se le conoce en Latinoamérica, sigue llamando la atención por multitud de factores. Su forma de ser y actuar es uno de ellos. Mientras que el ser humano común se encuentra limitado por muchos frentes, él es libre; ya lo vimos en El caballero oscuro (2008) quemando una inmensa cantidad de dinero para soltar, poco después, “Lo de menos es el dinero, lo que importa ahora es mandar el mensaje, que arda todo”, unas palabras que bien podrían oírse en boca de un anarquista.

Y es que pese a las múltiples versiones de las que ha sido objeto el personaje y de que su locura sea el rasgo más distintivo, son muchos los autores que lo han definido como una persona superdotada, con un intelecto superior a la media. En Arkham Asylum (1989), Grant Morrison lo presenta como alguien con un enorme potencial intelectual, constantemente enganchado a la realidad que lo rodea, incapaz de dejar de lado los estímulos externos, lo que le provoca sus cambios de personalidad, pudiendo oscilar de un payaso bromista a un sádico asesino.

Fruto de esa “hiperconciencia”, el Joker conoce perfectamente qué es Gotham y cómo funciona. Igual que Batman, él sabe la decadencia moral que habita la ciudad, pero sus modos de actuar son diferentes: mientras el hombre murciélago trata de arreglar la situación, en un intento de establecer una sociedad en principio utópica, su enemigo se empeña en demostrar que ese sueño es imposible, que el ser humano tiende irremediablemente hacia el mal. Ya lo intentó en La broma asesina, cuando tras paralizar a su hija, secuestró al comisario Gordon para demostrarle que cualquiera, dada las circunstancias adecuadas, podía volverse un loco homicida como él; también en El caballero oscuro trató de que los ciudadanos de Gotham hiciesen volar por los aires el barco en el que navegaban los asesinos antes de que estos hiciesen lo mismo con ellos. Ambos intentos salieron mal, el primero debido a la intervención de Batman (y la entereza moral de Gordon) y el segundo porque los dos grupos decidieron no pulsar el botón y confiar en la humanidad del contrario para seguir con vida.

No se puede juzgar los planes del Joker por sus resultados. Después de más de medio siglo de lucha contra el crimen los enemigos continúan apareciendo, por lo que se podría decir que la ideología de Batman tampoco funciona. De hecho el efecto que las actuaciones tienen sobre los vecinos de Gotham es el mismo, el miedo: unos huyen despavoridos ante las locuras del payaso, otros no actúan temerosos de las consecuencias del hombre murciélago. Lo único que los diferencia es la forma de ejercer ese miedo y esa regla no escrita de que el bueno siempre debe ganar.

Y es que, pese a estar a punto de desaparecer en sus primeras apariciones, el Joker se ha convertido con el paso de los años en la némesis perfecta de Batman. Mientras el primero tiene una personalidad extrovertida, viste con colores llamativos y le gusta llamar la atención; el segundo es alguien taciturno, a quien le gusta vestir con colores oscuros y actuar en la sombra. Siguiendo esta lógica, no es extraño que cada uno opte por un camino diferente a la hora de entender la ciudad en la que viven: uno trata de solucionar el problema, mientras que el otro aviva el fuego. Juntos, forman la cara y la cruz de Gotham, el yin y el yang, el orden y el caos de toda sociedad. Y es esto precisamente lo que convierte al Joker en uno de los mejores personajes más dibujados, o escritos, pues con su risa estridente y sus continuas bromas, representa la cara B del mundo, ese lado real (frente a la utopía que persigue Batman) y por el que todos han sido tentados en alguna ocasión. Todo depende, una vez más, de como barajes.

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