Rescate en Lesbos

A sus 20 años, Antonio Baldán partió hacia Lesbos para realizar labores de socorrismo acuático.
Sentados a la mesa a medianoche, aún vestidos de neopreno, cumplían con el balance de la jornada. La lluvia y la oscuridad hacían de la cara norte de Lesbos un lugar inhóspito. Tras otro duro día, se esperaba una noche tranquila. Una idea fugaz se presentó en la mente de Antonio Baldán, encargado de los equipos de visión nocturna, olvidados en su coche siempre abierto para emergencias. Dejó a sus compañeros, se puso la capucha y salió a recogerlos. Al cerrar el último maletín se le ocurrió dar un paseo, quince metros a cada lado.

Avanzó entre el barrizal formado por la manta de agua que caía del cielo hasta refugiarse en un árbol. Sacó la cámara de visión nocturna, que en condiciones normales le permitía observar la costa turca. En esta ocasión tan solo le daba cuarenta metros de vista. Cuarenta metros en los que no veía absolutamente nada. Pensaba que la tranquilidad era lógica, los traficantes procuran que los botes crucen el Mar Egeo con seguridad –nadie paga para morir a la deriva-, y aquella noche era de todo menos segura. Al girarse para volver a la base, escuchó unos gritos. “Pensaba que eran los gritos de esa mañana, que había sido muy ajetreada, con mucha gente que se había caído de los botes”, explica Baldán.
— ¿Se te solían quedar los gritos en la cabeza?             
 Muchas veces, sobre todo los de los niños que buscan a sus padres.
Se abrió la capucha y escuchó los chillidos con más intensidad. No estaban en su cabeza, tampoco era capaz de ver de dónde procedían. Tras unos segundos en shock, se cercioró de lo que estaba ocurriendo. Había un bote a la deriva. Volvió a la base y reclutó a cuatro compañeros. En la oscuridad, los gritos hicieron de guía. El bote, casi hundido, y sus ocupantes, entre los que se encontraban personas mayores y niños, empapados sin ninguna prenda impermeable. El vehículo estaba lleno de agua caliente, que cubría hasta las rodillas. Caliente porque contenía heces y orina. A pesar de todo, el rescate salió bien. “Este fue especial”, rememora el joven socorrista.

Su estatura –roza los dos metros- invita a desconfiar de su edad. Nacido en Almería en 1995, Antonio Baldán marchó en noviembre de 2015 a la isla griega de Lesbos con tan solo 20 años. Se enroló en la expedición de socorristas acuáticos de la ONG Proactiva, cuyo trabajo, como voluntarios, se restringe a rescatar los botes de refugiados que intentan llegar a Europa atravesando la decena de kilómetros que separan Turquía de Lesbos por el Mar Egeo. Los exiliados, procedentes de zonas en guerra como Siria o Afganistán, consideran que su supervivencia pasa por entrar en Europa. Son muchos los que han caído en el intento de cruzar el Mediterráneo griego.

El almeriense, el más joven de los voluntarios en Lesbos, contactó con Proactiva, con sede en Badalona, el verano pasado. Estudiante de Ciencias de la Actividad Física y del Deporte en la Universidad de Almería, está formado como profesional de salvamento y socorrismo acuático. Viendo cómo sus currículums llenaban las papeleras en su tierra, se marchó en verano a Barcelona para buscar trabajo. En las playas de Sitges vivió su primera experiencia laboral.

Durante meses estuvo escuchando los relatos de sus compañeros de Proactiva destinados en Lesbos, que le hablaban sobre los interminables días o las crudas experiencias que vivían en suelo griego. La necesidad llamó a su conciencia. “Si no estoy yo, ¿quién va a estar?”, se preguntó. En octubre, ya en Almería, su jefe en Sitges le propuso viajar juntos a Lesbos. En noviembre la idea cogió forma y envió una solicitud a la ONG para ir a la isla griega.
— ¿Cómo les dices a tus padres que te vas a Lesbos a salvar refugiados?               
 Fue duro. Al principio se negaron a que fuese, pero luego se mostraron más conformes. Pensaban que era complicado que Proactiva aceptase mi solicitud. Era una entre miles. 
Pero lo cogieron. Les encantaba su trabajo y los psicólogos le dieron el OK a viajar. No hay rastro de inmadurez en sus 20 años. La semana de la marcha, el máximo responsable de la ONG le llamó para testearlo, midiendo especialmente su gran nivel de inglés. Le explicó el plan de viaje: “Te vas a venir a Grecia y estamos a lunes por la noche. Tienes que estar allí el jueves”. El martes por la noche partió de Almería a Barcelona con un par de pantalones, camisetas y su teléfono móvil, con el que se comunicaría con su familia por wifi, ya que su tarjeta SIM era española. El miércoles asistió a una preparación psicológica necesaria para afrontar grandes catástrofes, como los rescates de un gran número de personas. El jueves, avión Barcelona-Atenas y barco hacia Lesbos.


Llegaron al puerto, situado en el sur, donde se encuentra la poblada parte turística de toda isla griega. Una vez allí se desplazaron hasta la zona norte, que pega a Turquía, donde llegan los refugiados y donde Proactiva tiene su base. “Conforme recorríamos la isla nos dábamos cuenta de que allí pasaba algo. En el norte vimos chalecos, ropa o zapatos desperdigados por la carretera. Parecía una zona de guerra”, cuenta Baldán. Comenzaba una experiencia que lo tuvo atento al rescate de refugiados veinticuatro horas al día durante dos semanas. El 3 de diciembre volvió a casa.

Se hospedó junto al resto de Proactiva en un hostal llamado To Kyma, nombre que da nombre a su expedición y a un documental emitido por TV3 y La Sexta, donde comían y dormían menos de lo deseado. Estos voluntarios españoles eran los únicos disponibles las veinticuatro horas del día. Los otros estaban activos desde las once de la mañana hasta las ocho de la tarde. “El día a día era una anarquía. No sabías cuándo podían venir, ni cuándo dejarían de venir. Los botes salían por la mañana y llegaban por la tarde. O salían por la tarde y llegaban por la noche. Se respetaba eso. Al otro lado entendían que era peligroso salir por la noche. Aun así, me han llegado botes a todas horas”, expone el almeriense. El tiempo de descanso era escaso. El de turismo, en una isla orientada a ello como Lesbos, no existía.

El trabajo de salvar vidas

Pese a que el turno matinal obligaba a desayunar a las ocho, las emergencias de madrugada hicieron costumbre tomar la primera comida del día a media mañana. Proactiva estima que llegan a Lesbos unos mil refugiados al día. “Un día rescatamos a 2.000 refugiados, entre 80 y 100 botes. Perdimos la cuenta. Hicimos dos equipos: uno en agua y otro en tierra. Nosotros observábamos la playa constantemente y al ver un bote íbamos a su intercepción. Si era seguro, lo esperábamos en la playa. Pero si no, con las motos de agua ayudábamos a traer los botes”, relata Antonio.

La dificultad del trabajo no tuvo respuesta en ayuda de los estados europeos. Proactiva fue a Lesbos con 15.000 euros, sin ningún tipo de ayuda pública. 15.000 euros gastados en pagar viajes y recursos. “En un principio nos encontramos con una situación nueva. Europa nunca se había enfrentado a un éxodo masivo. Y estábamos solos. No sé hasta qué punto está interesada la Unión Europea en salvar a estas personas”, protesta Baldán, a la vez que hace hincapié en la colaboración de la población local, a pesar de que la zona norte de Lesbos está poco habitada, en contrapeso con los escasos esfuerzos de los guardacostas griegos y turcos.

Una de las experiencias más complicadas a la que se enfrentó el socorrista fue un naufragio múltiple. Varios botes se hundieron a la vez, todos presumiblemente con el mismo defecto. La escena era dramática: centenares de personas en el agua. A la zona se acercaron los guardacostas junto a los socorristas españoles, pero sus barcos eran demasiado grandes. Los socorristas recogían a cinco o seis personas, los acercaban al barco de la guardia costera y volvían a por más. Sin embargo, al traer otra tanda, aún estaban los anteriores esperando para subir. El caos. Entonces, como si de una aparición divina se tratara, llegaron los pescadores locales, con sus barcos pequeños cargados de redes y flotadores, y recogieron a los refugiados.

Cuando los socorristas llegaron con las motos de agua tuvieron que hacer una selección minuciosa para rescatar en primer lugar a las personas más débiles, como los más pequeños. Entre los propios ocupantes de los botes se organizaban para que estas acciones tuviesen mayor efectividad. A pesar de esto, era imposible impedir los alborotos, a los que los voluntarios no podían acudir por riesgo a ser asaltados en un intento desesperado de sobrevivir por parte de los más intranquilos. A pesar del loable trabajo humanitario, no se pudo evitar que el episodio tuviese un tinte trágico. Unos seis o siete niños, entre otros tantos adultos, perdieron la vida.

Los niños, las personas

Otra de las experiencias grabadas en la memoria de Antonio es la intercepción de un bote que llegó a las aguas de Lesbos lleno únicamente de niños, a excepción de los dos adultos que lo conducían. Llegó de noche, seco y sin problemas. Los menores de ocho años reflejaban la ignorancia en sus caras. Los más mayores gritaban, conscientes de la situación. Baldán llevó a los infantes a tierra sobre sus propios hombros. Especial atención le causó un recién nacido que no ocupaba la longitud de su brazo. Los padres de los pequeños, que los habían metido en esa embarcación para que llegasen seguros a Europa, llegaron en un bote posterior. Sus condiciones eran pésimas, rozando el hundimiento.

El contacto personal con los refugiados no se tradujo en conversaciones más profundas con ellos. “Nosotros solo nos encargábamos de salvaros, luego en tierra había otros grupos sanitarios”, explica el socorrista, que aprendió árabe para solicitar calma y reclamar a los niños cuando se encontraba los botes en alta mar.


A pesar de lo duro de una experiencia en la que cada día era una caja de sorpresas, y todas malas -una noche incluso tuvieron que rescatar un barco encallado con 300 personas a bordo- Baldán volvió contento a casa: “En dos semanas rescaté más de diez mil personas. En un día hice dos mil. He hecho algo importante, aunque no es algo de lo que vaya alardear. Soy un apasionado del socorrismo, no es algo puntual, es algo que tienes que hacer: a una persona que está en apuros, la ayudas. Estoy encantado”. Hoy continúa su vida preparándose exposiciones para contar su experiencia en su tierra. La primera será con Amnistía Internacional. Todo ello pensando en volver a Lesbos. Quiso volver en estas fechas, pero sus profesores en la Universidad no le dieron facilidades. Viajar dos semanas a Grecia podía costarle perder medio curso por faltas de asistencia. Un conflicto entre su corazón y sus obligaciones estudiantiles que apacigua con un deseo en voz alta: “Ojalá pudiese volver”.
— ¿Crees que el acuerdo entre la UE y Turquía puede frenar a un refugiado dispuesto a jugarse la vida en el mar para llegar a Europa?
— No creo. Estas personas saben que si se quedan en sus países van a morir en la guerra. Les separa el mar de Europa, de la vida. Estando allí piensas: ¿De verdad esto lo permite la UE? Todos estos naufragios, esta necesidad de ayuda, en sus propias fronteras, en su propio territorio… y Europa no hacía nada. Nada, al menos, que se notase en Lesbos.
En 2015 España se comprometió a acoger a alrededor de 15.000 refugiados. El pasado marzo los medios españoles se hicieron eco de que el Estado tan solo ha acogido a dieciocho. El pasado marzo la UE firmó con Turquía la deportación de los refugiados a territorio turco. De la acogida a la deportación. El Confidencial denunció que en Turquía hay refugiados que están siendo deportados a territorios en guerra, como Afganistán.

Fernández Díaz, el Ministro de Interior español, advirtió en su momento que entre los refugiados se podían colar terroristas. Mientras tanto, los voluntarios de Proactiva se jugaban sus vidas en el Egeo para salvar otras muchas, conscientes de que los terroristas no se arriesgan a perecer en un bote a la deriva.

Esta contraposición de ideas es un buen ejemplo de una Europa dividida en dos. Por un lado el establishment, la Europa gobernante, que se desentiende de sus responsabilidades. Por otro lado los gobernados, los que menos importan sobre el tablero, que evitan que sus semejantes árabes mueran ahogados. “La imagen que yo tengo de los refugiados es muy diferente a la que puedes tener tú. Yo los he tenido sobre mi hombro, les he salvado la vida”, dice Baldán. ‘Solo el pueblo salva al pueblo’, dice el refrán.

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