Epílogo en Lisboa

Foto: MeriHall

Cuando su literatura se avinagró entre el conservadurismo, Azorín empezó a publicar en ABC. Antes lo había hecho para el periódico de Lerroux y para El País, cuando la edición era republicana. Al igual que Ortega y Gasset fue diputado en las Cortes. Larra y Galdós también lo fueron. José Martínez Ruíz escribió Tiempos y cosas el mismo año que nace Azorín. En él decía que para conocer Madrid lo mejor era coger el tranvía. En el caso de Lisboa es el número 28. Debe ser cosa de las capitales de la península.

El Mirador de Santa Luzia, la Catedral, la Basílica. Las simpáticas callecillas por Baixa y Graça, y las empinadas de Barrio Alto. Las ruedas por las que se desliza cada vagón son una ventana en movimiento que da a la ciudad de la librería más antigua del mundo. Como no puede ser de otra manera, el cielo en Lisboa es azul menos cuando llueve. Salir a dar un paseo con los adoquines mojados es como cualquier concierto de Sabina desde 2010: siempre puede ser el último. Hay más taxis que visitantes y me extrañaría que se pagasen impuestos con regularidad: la calzada no tiene ni una línea pintada. Nunca sabes si un coche puede venir de frente o eres tú el que va a contramano.

Después de seis horas de viaje lo primero que hace uno al llegar a su destino es ir al baño. En Lisboa, cuando terminan de decirte “al fondo a la derecha”, el camarero del bar te recomienda 15 sitios de sacrosanta visita. Son las siete y el atardecer te pilla siempre en el mirador de Santa Catarina. Sagres barata, notas que se improvisan con una guitarra desafinada y toda la ciudad cayendo en pendiente hacia la desembocadura del Tajo. Hago mis cuentas sobre la de polvos etilícos que empezaron con un "¿has visto al Sol decir adiós sobre los escalones del mirador?". Se me pone dura pero la cerveza ya está caliente. Pedimos otra y echamos a andar bajo los alféizares buscando donde pedir un trago y cenar bien. En Lisboa siempre se come con patatas y ensalada. O ensalada y arroz. O arroz y patatas. Lo que viene al caso es que después de cenar uno va a Pensão Amor

Un edificio del siglo XVIII, antes un prostíbulo para los trabajadores de los navíos, donde a partir de la una el local se convierte en un antro sórdido donde las bebidas tienen el mismo precio que al este de la frontera. Sillones victorianos que no casan ninguno con otro se acomodan al final de la primera planta del 19 de Rua do Alecrim. En la habitación principal la gente suda en exceso cuando baila y va mucho al baño. Las escaleras parecen una escena de cine kinki donde Riki te puede vender las mismas pastillas que toma el chico de blanco que baila en la pista. Un tipo alto y raro vende libros de follar. Se ve un ejemplar de 'La educación sentimental' de 1929 por diez euros. Marina practica pole dance rodeada de miradas lujuriosas que pretenden no verla. En sus días de descanso da clases en la planta de arriba. En una tarima, con una mesa de tres patas y dos bancos, te leen la mano, el futuro y lo que quieras mientras sueltes pasta. La última sala la regenta una asiática que vende juguetes eróticos básicos. "If you're looking for a chair you should check our website out". Siempre quedan tragos donde Atalaia, donde los erasmus, donde las chicas guapas de la ciudad.

Lavarse la cara por las mañanas no requiere mucho esfuerzo. La capital del oeste se levanta cuando vuelven a abrir los bares. Fuera atraviesan calles donde se hace pan y se sirven cafés minúsculos. Las aristas de las antenas sobre los tejados aguantan los últimos bostezos del rocío y el gato del vecino pisa en silencio sobre los colores parcos de las tejas que te pueden llevar a lugares sin importancia que quieres visitar. Tuerce la vista entre Calçada do Combro y Rua da Bica. Es el tranvía que todo el mundo tiene en sus redes sociales, pero nadie monta: dos viajes por algo menos de tres euros tienen la culpa. Lisboa es tan vetusta como el terremoto que la derribó. A ratos parece Kosovo y sólo la Fnac te recuerda que sigues por debajo de los Pirineos. “Hachís, cocaine” es lo más oído en las esquinas. Como llueve, también venden paraguas.

La luz llega desde el otro lado del puente 25/04 y solo se refleja en las azoteas de los edificios y en las plazas donde los niños preguntan a sus madres por qué se sientan entre palomas. “El sol nos sienta bien”. Aquí se fuma mucho y no se recicla nada. Las miradas son directas y caprichosas como las paredes: aquí te pongo azulejos, aquí también, pero allí no; ahora te pinto la fachada de amarillo, luego blanca y dos calles más abajo azul, para no volver jamás al dorado. Pagas uno con cuarenta por el desayuno y ya vas de vuelta a casa.

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