El sample que le costó una demanda a Richard Ashcroft




Bitter Sweet Symphony es de esas canciones que, aunque no te interese especialmente la música, conoces. Un éxito masivo de ventas, un himno generacional (o al menos urbano, como reza el título del LP que lo contiene), donde Richard Ashcroft dio en el clavo con un impecable trabajo de estudio que gustó en el mundo entero. Creó magia, creó una de esas canciones que gustan a mayores y jóvenes, a musicólogos y al público casual. Para la grabación de este tema, llegó a disponer cerca de 50 pistas de instrumentos y arreglos, todo un pastiche con el que se logró un sonido elegante y potente al mismo tiempo.

El problema surgió a raíz de esto, ya que en la producción de uno de los discos clásicos del britpop, se valió de un sample de cinco notas que pidió prestado de una versión orquestal de los Rolling Stones, “The Last Time”, que compuso Andrew Loog Oldham. Lo más irónico es que, a su vez, esta canción es una adaptación del himno espiritual de la América negra, “This maybe the last time” en 1955, quienes nunca vieron reconocida su creación. En principio, esta pequeña licencia se concedió sin problema alguno, pero la cosa se puso fea en cuanto esta sinfonía comenzó a sonar sin parar en todas las radios, locales y Walkmans (qué lejos vemos ya los noventas desde la comodidad de nuestros móviles). Y es que aquí fue cuando el famoso “Donde dije digo, digo Diego” aparece en escena, además de los bufetes, carteras y burofaxes.

The Rolling Stones – The Last Time

Andrew Oldham Orchestra - The Last Time (1965)

Resulta que Allen Klein y el propio Oldham, ambos exrepresentantes de la mítica banda de Jagger, decidieron demandar a The Verve por haberse excedido en el uso del antes mencionado y maldito sample, lo que se trataba realmente de un tecnicismo jurídico, ya que Ashcroft había desarrollado un notable trabajo como letrista, y en la producción se dio lugar a una obra bien diferente a lo que se oyó en los sesenta. Todo el trabajo de creación desempeñado en los estudios Olympics, allá por 1996, peligraba por culpa de unos tipos sin muchos escrúpulos. En un Londres que vivía nuevamente una ebullición constante de arte, los managers y sus abogados estaban dispuestos a quedarse hasta el último penique que produjese la canción.
 
Comenzó así una batalla legal y pública, en la que ambos bandos tiraban mierda los unos de los otros. La banda ya tuvo que dejar de llamarse “Verve” por una disputa similar con un sello discográfico de jazz, así que Ashcroft, ya curtido en el campo de batalla que es un tribunal, decidió evitar el litigio cediendo todos los beneficios económicos que produjese la canción. De cara al público, la polémica seguía adelante, ya que el conjunto negaba en rotundo ninguna infracción en cuanto a la autoría legal y el haberse excedido, pero bueno, es lo comprensible si tenemos en cuenta que era lo único que les quedaba: patalear.

La avaricia es el tercer pecado capital, pero además, una condición sine qua nom de la naturaleza humana, y tristemente, también de los artistas. Jagger y Richards terminaron acaparando el 100% de los derechos intelectuales: autoría y control. De esta forma, se mancilló la intención primigenia de Richard Ashcroft quien, como buen artista, se negó siempre en rotundo a utilizar su sinfonía en ninguna serie, película o anuncio. Esta postura se fue al traste cuando se utilizó la canción para publicitar la marca Nike, haciendo aún más famosas estas cinco notas y aún mayor la crispación. Imagínate tú el percal: creas la canción de tu vida, te la roban y usan para justo lo contrario que pretendías. El cabreo fue monumental y comprensible.
Para colmo de males, “Bitter Sweet Symphony” fue nominada al Grammy a la mejor canción de rock, algo que disgustaba en extremo a Richard, pero con el importante añadido de que los nominados fueron precisamente los Rolling por culpa de la nueva autoría reconocida. La ignominia definitiva.

Con todo esto, nuestro vilipendiado protagonista se vio sumido en una espiral de desesperación y ansiedad –agravada por el consumo de drogas-, en la que terminó por disolver la unión musical. El sistema legal y los grandes de la industria habían ganado una batalla que nunca debió tener lugar. Ya en 1996, el mundo de la música estaba acostumbrado a la electrónica y al hip hop, donde la clave del éxito se encuentra en la creación de una base compuesta por diferentes samples ajenos, creando música a partir de la ya creada. El único error que cometió The Verve fue triunfar con su canción.

Pese a todo, el título de la canción era premonitorio, y es que esta vida es una sinfonía agridulce, y donde ocurrió la derrota más tarde tuvo lugar la redención, cuando en 2007 volvieron para editar su cuarto disco de estudio. Esta historia expone con claridad cómo funciona el monstruo de la música, donde unos tíos que robaron una canción, robaron a su vez a los que les versionaron, pero esta vez Richard Ashcroft hizo como en el videoclip: simplemente caminó al frente, con la mirada perdida en el horizonte, y sin importar quien se choque contra él. "You're a slave to money, then you die". 

The Verve - Bitter Sweet Symphony

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