Charles Bukowski: El último brindis


Henry es ese alumno que se sienta solo al final de clase y que difícilmente cruza dos palabras con su lápiz. Ése al que nadie se molesta en conocer, y que únicamente recibe la atención de los demás cuando es el objetivo de una broma; aunque tenga mucho más que contar que todos ellos. Solo algunas veces habla con Lucie, la chica rubia de la tercera fila, pero sabe que ella lo hace para reírse de él y sentirse integrada en clase. Al parecer, su aspecto físico y sus enormes gafas sujetas por esas colosales orejas son suficientes para juzgarle y no indagar más en su personalidad. A veces creo que Charles Bukowski es ese Henry.

Sí, es normal escuchar hablar del poeta maldito como un alcohólico, un salido, alguien que más que un amante acérrimo de la literatura es un ser egocéntrico que plasma sus aventurillas sexuales en un papel para sentirse más completo. Sin embargo, ¿cuántas personas saben que era un devorador de libros? O, ¿quién ha leído a ese Bukowski de El capitán salió a comer y los marineros tomaron el barco con más de 70 años reflexionando sobre su vida y mirando con desdén de donde viene? Eso sí, sin perder su esencia.

Su carrera como escritor se rinde ante la evidencia de que los calificativos, más bien descalificativos, que se le atribuyen son ciertos, mas hay que ir un poco más y no quedarse en la superficie. Todos conocemos La máquina de follar y sus 10 relatos eróticos, pero qué hay de poemas como Cisne de primavera en el que cavila de manera existencialista, o el desconsuelo mostrado en Culminación de dolor. Sí, también buscaba ser un lobo solitario, pero nadie cuenta las veces que le engañaron para tomarse un Bourbon en su casa. No todo es tan sencillo como parece.

Es cierto, fue un mujeriego con aires de superioridad pero, ¿quién dijo que estuviese orgulloso de tener esa vida? Dudo seriamente que escribiendo su historia buscase alardear de algo siquiera. De haber sido así no se hubiese escondido en varias ocasiones tras la sombra de su alterego, Henry Chinaski, para contar alguna que otra de sus desdichas.

Era un escritor real, de los de verdad. Muchos de ellos pueden hacer que te fundas en uno solo con el texto que estás leyendo; es práctica al fin y al cabo. Si nos acercamos, pocos de ellos son capaces de contar su miserable vida y aún así levantarse cada día e intentar, al menos, seguir adelante. Tampoco lo son los que son sinceros sin importarles lo que diga la crítica o el seguidor. Esto decía Bukowski sobre William Shakespeare en la entrevista que le hacía Sean Penn en 1987:

“Shakespeare es ilegible y está sobrevalorado. Pero la gente no quiere escuchar esto. Uno no puede atacar templos. Ha sido fijado a lo largo de los siglos. Uno puede decir que tal es un pésimo actor, pero no puede decir que Shakespeare es mierda. Cuando algo dura mucho tiempo, los snobs empiezan a aferrarse a él, como ventosas. Cuando los snobs sienten que algo es seguro, se aferran. Pero si les decís la verdad, se ponen salvajes. No pueden soportarlo. Es atacar su propio proceso de pensamiento. Me desagradan.”

Se puede estar de acuerdo con él o no; no es ese el quid de la cuestión. El caso es que ¿alguien se imagina a un autor de renombre en la actualidad diciendo algo parecido porque así lo piensa? Los habrá, pero muy pocos en comparación con todos los escritores, o con todos los que así se consideran ellos mismos, que hay a lo largo y ancho del planeta. Seguro. Y es ese realismo, esa sinceridad, por muy sucia que sea, la que le da la esencia a Charles Bukowski. Esa capacidad de evolucionar y sobrevivir en este mundo solo con él mismo y una petaca.

Pese a todo, él era consciente de que sería recordado como lo está siendo. Siempre lo supo. Nubes de misoginia, misantropía y whisky rondarán en torno a ese escritor único que se negaba a admirar a ningún otro compañero de profesión que estuviese vivo. Sea como fuere, y por mucho que algunos intenten negarlo, Bukowski esconde más profundidad de la que pintan. Al igual que Henry.

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