El italiano que se atrevió a denunciar una montaña de mierda

El italiano Peppino Impastato en la puerta de Radio Aut.
No está mal ser joven, político y crítico con la mafia cuando estás lejos de la mafia. Otra cosa es estar en contra cuando pasea por tu casa y desde pequeño le entonas poemas. El italiano Peppino Impastato (1948) nació cerca de la mafia y creció contra ella. Su padre era cabeza de un pequeño clan. También miembro de un gran clan, el de Gaetano Badalamenti, conocido como Tano, un maestro pizzero –por ejemplo- traficando heroína por valor de más de mil millones de dólares.

Un boss se rodea de hombres de honor y el padre de Peppino era uno de ellos. Un mafioso más en un pueblo, Cinisi (Palermo, Sicilia), donde era más fácil vivir de espaldas al crimen organizado que al margen. A mediados de los 60, el fantasma de la corrupción recorría con buena suerte Sicilia y la construcción servía como excusa para robar.

De joven, Peppino vio cómo la mafia teñía de rojo la muerte de su tío, Cesare Manzella –otro mafioso-, que fue despedazado en su Alfa Romeo Giulietta-coche-bomba por un ajuste de cuentas entre clanes. Esta muerte le marcó tanto por no entender la crudeza de aquel entramado criminal como por ver a su propio tío hecho pedazos, literalmente.

En esos años, otro fantasma, el del comunismo, seguía rondando Europa. Peppino se afilió al PSIUP (Partito Socialista Italiano di Unità Proletaria), ala radical del PSI, en un momento en que la izquierda se acercaba a la Democracia Cristiana a cambio de poder. Junto a unos compañeros fundó el periódico L’idea socialista y empezó su particular guerra contra la mafia, casi como un camino común contra el fascismo. “Si se junta con estos comunistas muertos de hambre yo lo mato”, se le escucha decir a su padre. Los artículos del periódico no dejaban a la hampa en buen lugar, tampoco a la posición de su familia. Peppino firmaría uno de los artículos que se convertiría con el paso de los años en un símbolo contra la mafia. El titular decía ‘La mafia es una montaña de mierda’.

Como cuenta el periodista John Dickie, después de leer aquel artículo, uno de sus parientes mafiosos advirtió a su padre: “Si fuera hijo mío, cavaría una zanja y lo enterraría”. A Peppino lo echaron de casaSu madre entendió que no hacía nada malo y a su hermano le preocupaban las consecuencias que podía tener en su familia faltar el respeto a la organización criminal. La honorabilidad de su familia a La Cosa Nostra coqueteaba con irse a la mierda. 

El joven izquierdista se negaba a atarse las manos tintando negro sobre blanco párrafos contra la mafia. Y tampoco se cosería los labios. En 1976 fundaría una radio (Radio Aut) y la diana sátira no era otro que el jefe de la mafia de Cinisi, Tano Badalamenti. Aquello sí era periodismo de denuncia, más de lo segundo que de lo primero. Como si la historia se diera como indignación y después como las bromas de un locutor, Peppino ridiculizó en aquella radio libre las hazañas del cabecilla. Esa montaña de mierda que era la “mafiopolis” de Tano: un imperio en torno al tráfico de drogas que –curiosamente- tendría de colonias el mediterráneo español, donde el capo compró hoteles y urbanizaciones.

100 pasos había desde la casa de Peppino -de la que la habían echado- hasta la puerta de Tano. No es casualidad que I cento passi sea el título de la película de Marco Tullio Giordana donde se recuerda al icono anti-mafia. Sí es casualidad que Tano Da Morire (1997) sea el nombre de un musical -dirigido por Roberta Torre- que cuenta en tono burlón la historia de un mafioso. La cercanía de su familia a la mafia, que era hasta vecinal, le daba cierta tregua a Peppino al mismo tiempo que deterioraba la relación de su familia con Tano, pero se acabó imponiendo ese susurro de voz ronca: no quiero matar a todos, solo a mis enemigos. El enemigo de Tano y de la mafia era Peppino. 

El día de su funeral en Cinisi. |Fotografía de la Agenzia Ansa.
Sería después de un programa de radio; hombres de honor de Tano lo persiguieron y le dieron una paliza, luego lo ataron a las vías del tren (Palermo-dirección Trapani), amarrado con explosivos. El cuerpo de Peppino saltó por los aires en un radio de 300 metros. Fue el 9 mayo de 1978. Murió joven y no dejó un cuerpo bonito.  Ese mismo día, las noticias abrieron con el asesinato de Aldo Moro – primer ministro italiano entonces por Democracia Cristiana-. Al político lo habían secuestrado las Brigadas Rojas a cambio de la liberación de presos, pero no hubo ninguna negociación (a pesar de las cartas que el propio político escribió). Lo que aparentemente conectó aquellas muertes fue el terrorismo. La policía dijo que la muerte de Peppino se debía a un ataque terrorista suicida de extrema izquierda. En su pueblo, Cinisi, sabían cuál había sido el verdadero motivo.  "Con las ideas y el valor de Peppino continuamos", gritaba una pancarta el día de su entierro. La denuncia y el activismo contra la mafia ya no se detendría.  

Un año después de su asesinato se celebró la primera gran manifestación de la historia de Italia contra la mafia. La insistencia de su madre, Felicia Impastato, y su hermano, Giovanni, en que se hiciera justicia lograron que cinco años después de su muerte, los jueces declararan que los autores del crimen habían sido mafiosos sicilianos, aunque sin identificar a los culpables. Ese mismo año, Tano había entrado en prisión en Madrid por tráfico de drogas –lo habían pillado con las manos 'en la masa' en la operación llamada 'Pizza Connection'- y sería trasladado a Estados Unidos. Habría que esperar al 99: cuando algunos arrepentidos señalaron a Badalamenti como el responsable de la muerte del joven. A la condena por tráfico se le sumó la cadena perpetua. La Justicia reconocía que a Peppino lo había asesinado la mafia y que el crimen había sido orquestado por Tano. La casa de éste se convirtió en una asociación que trabaja por la memoria de Peppino Impastato. 

La última escena de la lucha del italiano tuvo lugar en enero de este año. El mafioso Procopio di Maggio celebró en Cinisi una fiesta por su cumpleaños -100 años, por algo se dice que tiene siete vidas-  con fuegos artificiales (una normativa municipal prohibía espectáculos pirotécnicos). La parafernalia del acto indignó al pueblo natal de Peppino. Su hermano, Giovanni, dijo que todo el mundo tenía derecho a celebrar su cumpleaños, pero podría haberse festejado de una manera más sobria. El alcalde de la ciudad, Giangiaccomo Palazzolo, sería más claro: "Cinisi no tiene nada que ver con la mafia. Esta es la comunidad de Peppino Impastato, por eso repito con fuerza sus palabras: la mafia es una montaña de mierda".





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