Campaña de voces

Pedro Sánchez se sorprendió al no ver atriles en el debate a cuatro. Entró al plató con una sonrisa y salió en entredicho su capacidad como director de orquesta del PSOE. En los debates que mantiene la gente en la barra del bar o en la hora de espera en la cola para votar por correo tampoco hay atriles. Menos mal. La armonía que se le supone a un director tampoco es necesaria cuando los desaires hacia unos partidos y otros están a pie de calle. Cualquier espacio sirve para validar la opinión de uno acerca de los candidatos que aspiran a presidir el país.

Los autobuses de línea a los que subo suelen llevarme  a lugares comunes. Se subió al autobús una mujer alta y morena que daba la impresión de haber dirigido toda su vida a hacer un monólogo sobre sus opciones políticas allí mismo. “Mi madre va a votar a los animales. De los nuevos a ninguno”. ¿Y al Podemos? “Al Podemos tampoco. Que ese se fue allí con el Nicolás ese Maduro, que es un dictador. De ese no me fío yo. Dice cosas muy bonitas, hablar habla muy bien, pero los extremos tampoco son buenos”. Dudo si los argumentos que manejan las caravanas electorales son el reflejo de las opiniones de los que viajan en transporte público. “No me fío de una persona que ha cogido dineros de un dictador asesino. ¿Cómo le voy a dar el voto a ese tío? ¿Por la cola? ¿Qué cola? Más cola tengo yo que él”, continúa. Desde luego que usted tiene más cola, le dice una mujer a dos pasos, y le pregunta:

 ¿Cómo sabe usted tanto?
 A mí no me interesaba la política, pero ya una se tiene que enterar. Ya tengo Internet, mis amigos me envían correos y me mandan cosas.
– Puede votar al hijo de Rajoy. –le dice en broma la misma mujer-.
– ¿Ese quién es?
– El de Ciudadanos.
– Ah, eso ya lo sabemos. Casi todos los del Ciudadanos vienen del PP, ya verás tú el engaño de la gente. Ahora están todos con Ciutadans, menudo es. Se hizo una foto en pelotas para una revista cogiéndose…. Ya te digo yo, de ninguno de los que hay soy. Sé que todos están corruptos. Esos tienen la enfermedad de la avaricia, cuanto más dinero tienen más quieren.

Habrá que votar a los animales antes que a los avariciosos. 


Un 2% más

El único atril que existe en los centros de musculación de masas son el mostrador donde una chica bonita o un tipo hipertrofiado te cobra cada primero de mes. Pero como en los autobuses, no existen barreras para expresar la opinión de uno acerca de las elecciones del 20D, sólo hasta donde se quiera intimar. Aquí sólo se enfada quien no puede con cinco kilos más.

Javi es un joven votante que entrena para ser policía nacional. Está en un gimnasio de barrio. Ya ha pasado las pruebas físicas, así que ahora vuelve a hacer pesas. "Me he quedado chupao' de tanto correr". El gimnasio no es gran cosa: dos plantas, máquinas de color rojo y muchos espejos. Ahora se está interesando más por la política porque en la entrevista personal para el cuerpo le pueden preguntar de todo. "¿Pero tú te crees que Pablo Iglesias puede ser presidente del gobierno? Errejón en cambio sí me gusta más. Yo veo a Sánchez con hechuras de presidente". Le digo que se prepare algo de Julio Rodríguez, que de él puede que le pregunten. No sabe quién es. El ex jefe mayor del Estado, le explico. "Ah sí, el hijo de puta ese que resultó ser más comunista que ninguno. Es un hombre con la mente muy cerrada, ¿no?". Termina reconociendo que si estaba con Chacón es que algo sabría. "Creo que voy a votar al PSOE, pero soy un poquito más del PP, un 2% más".


Pegar carteles a los 73

Miguel es militante de Izquierda Unida. En sus ratos libres era obrero. Tiene 73 años y el uso de razón le vino pronto, porque desde entonces dice estar afiliado al partido. Carlos le llama para pegar carteles. A Miguel se le nota en la voz que se pone contento: son las siete de la tarde y en Málaga tenemos buen tiempo para hacer campaña de noche. Está aparcado en una isleta, nos recoge en una Berlingo gris, se salta semáforos y contesta al móvil con la policía al lado. Le falta saludarles con el puño en alto. 

Sus manos en el volante son robustas, castigadas por el yeso y el ladrillo. No lleva alianza, pero no dudo que esté casado. Los dedos se ensanchan con los años, como si las manos fuesen la medida de tiempo y la prueba física los callos que endurecen las palmas. Al poco, sale en la conversación su mujer, votante, ¡por supuesto!, del partido. "Y mira que fue criada con las monjas teresianas, las peores que hay. Es familia lejana de Albert Rivera, son del mismo pueblo, ¿sabes? Igualitos han salido".

En los cortos viajes en coche, Miguel habla alto, se queja "del coletas" y lamenta que en un barrio cercano apenas haya pancartas de la nueva Unidad Popular. Dice que irá la semana que viene. "Hombre, a cuatro o cinco camaradas les alegrará ver la cara de los suyos".

Estamos colgando una lona con presillas, le cuesta atinar. Me acuerdo de las veces que mi abuela me pasaba el hilo para que le enhebrase la aguja, de sus últimas elecciones, yendo a votar al más chiquitito, al montón que más tuviese. Miguel también dice pograma, concencia y lleva a sus nietos todas las mañanas al colegio. A Carlos le sorprende su vitalidad. A mí su esperanza. Esa ilusión por votar de quien creció en una época en la que los logos, los colores chillones y las letras estaban escondidos entre el somier y el colchón. 

Él no descansa, igual que un devoto no se cansa de rezar, Miguel mantiene fe ciega en el poder del cambio. Me imagino una vida de luchas, pero de luchas internas. Su hija trabaja en la Junta de Andalucía, su hijo es policía local. Se vislumbra un gesto de orgullo, de a quien le ha costado reuniones familiares hasta que su consuegra votase a la izquierda. Entonces, estas navidades no tendrán muchas discusiones, ¿no? Se ríe, "qué va, en mi casa no". Aunque presumo que es en este bando donde más sermones se echan los unos a los otros. 

Son las ocho y media. A esta hora, dentro de una semana, ya empezará a saberse cuánto ha sacado el partido de Garzón. Estará de apoderado durante el domingo y prevén las encuestas que a duras penas se irá a casa con el semblante torcido. Pero Miguel, como tantos otros hombres y mujeres de aquella época silenciosa que ahora braman, no se vence. Se levanta, vuelve a coger su furgoneta y se sienta, ansioso del siguiente movimiento, en la sede de su partido. Están hechos de otra pasta.

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