Leer sobre tu muerte en Facebook

Las autoridades francesas comunicaron al consulado de España que Alberto Pardo era uno de los fallecidos en los atentados. De estar muerto se enteró el propio Pardo por la prensa en Estrasburgo, a casi 500 km de la capital francesa. Luego abrió Facebook y empezó a leer mensajes de condolencia. El joven no era una de las vidas que se cobraba el fuego a discreción.

Al ver esos mensajes en la red social donde cada vez más gente pintaba su foto con la bandera francesa, Pardo escribió "tal vez tenga que morirme para no dejaros mal" refiriéndose a todos esos mensajes de condolencia que pensaban que ya descansaría en paz. El joven de 33 años había perdido el DNI unos años antes -por esto pensaba que se podía haber producido el error- , pero no la vida.

El artista granadino Omar Jerez también pudo leer las condolencias en Facebook. El caso es distinto. En 2012, un año después de exponer su obra acerca del maltrato de la mujer al hombre-otra polémica- en el museo Guggheim, Jerez se dio por muerto. Simuló su fallecimiento a través de un mensaje en el muro de Facebook de un amigo para cargar contra el poder de las redes sociales. "El artista Omar Jerez de 31 años, fue hallado hoy muerto en su apartamento de Granada", decía esa publicación. Luego Jerez pasó un mes desaparecido, conoció los mensajes de afecto y ni su madre tuvo noticias de él en ese tiempo. "Llevo tiempo observando que es la nueva anfetamina moderna que mata la realidad para crear estados de ficción y disimular nuestras miserias", le dijo al periodista Gonzalo Cappa. 
El artista Omar Jerez reapareció en Facebook
con esta fotografía. 

Aquella muestra no era más que una parte de la colección del performer Jerez -seguramente la obra menos arriesgada-. Otras: pasear por el Casco Viejo de San Sebastián con un cadáver simulado en brazos como si fuese víctima de un atentado de ETA; permanecer encerrado ocho días en un zulo recreando el secuestro de Ortega Lara o encerrarse en una nave a las fueras de Berlín con ocho neonazis -siendo judío- y aguantando golpes, insultos y escupitajos durante casi cinco horas. "Cada perfomance que yo planteo necesitan mínimo de uno a dos años y medio porque me juego literalmente la vida. No coloco el sujeto crítico en una galería o en espacio cerrado, no, coloco mi cuerpo".

¿Cuál fue su primera obra?
La primera obra que realicé fue sobre el exboxeador Poli Díaz, lo presenté a varios festivales, tuvo cierta repercusión y a partir de ahí vi que el arte podía ser una fuente de ingresos y un modo de vida. Un amigo de la infancia fue quien me dijo que hiciera algo artístico. Fue un poco de casualidad.

¿Cuáles eran las motivaciones para hacer la obra sobre Poli Díaz?
Como tengo mi casa en Vallecas, siempre me había fascinado su figura. Creo que Poli Díaz es un reflejo perfecto de una persona dentro de la posmodernidad que representa el triunfo y el desastre en un periodo de tiempo muy pequeño. Todo el mundo sentía admiración y fue una persona que acabó pinchándose heroína. Ese tipo de personajes tan límites me gustan, en el cine, la literatura y también en mi vida personal.

En alguna entrevista has comentado que tu padre fue un terrorista palestino. Y sueles ser crítico con aquellos que se solidarizan con la causa palestina.
Soy de los que creen que tanto el Estado de Israel como el Estado de Palestina son necesarios. Siempre digo que si eres homosexual, comunista, ateo, anarquista, o si te vas a hacer un cambio de sexo, por ejemplo... eso en Israel lo puedes hacer, en Palestina no. Eso no quiere decir que yo no esté a favor de que puedan coexistir, convivir y sean necesarios los dos Estados. Luego siempre he dicho que existen unos derechos y libertades en Israel que no existen en Palestina. No estoy de acuerdo en todo, pero ese tipo de cosas las matizo.

Respecto a mi padre, tengo fuentes fidedignas que dicen que mi padre no es quien decía ser, es decir, no es un terrorista. Yo lo dije en su momento, pero era algo que él me transmitió que no era real, que mi padre nunca ha colocado o ha puesto bombas. Una cosa es que él dijera eso, pero no se corresponde con la realidad.

¿Cómo es la tarea de documentación? Cuando simulas el secuestro de Ortega Lara o te encierras con ocho neonazis...
Cada perfomance que yo planteo necesitan mínimo de uno a dos años y medio porque me juego literalmente la vida. No coloco el sujeto crítico en una galería o en espacio cerrado, no, coloco mi cuerpo. Hay un proceso de documentación, de lectura compulsiva, de asociaciones y también tiro mucho de fuentes periodísticas. Siempre digo que en nuestro trabajo hay una mezcla entre periodismo de investigación, reportero de guerra, elemento artístico y performance. Desde fotografía a documentación de vídeo y muchísimas entrevistas. Por ejemplo, para la performance del País Vasco se necesita una estructura de seis personas, si hubiera fallado alguna ya no se hubiera podido realizar. No es que yo llegue con Julia Martínez in situ y hagamos la performance. Es un proceso muy largo, igual que la performance más peligrosa que hicimos con la Camorra unos días en la que ocurrieron una serie de pormenores. La imagen soy yo y Julia Martínez, pero detrás nuestra hay un equipo de entre seis, ocho o doce personas.

¿Registras las performances?
Todo se registra. Desde que salimos del aeropuerto hasta que llegamos al lugar y lo que intentamos es disponer de un testimonio inédito, por decirlo de algún modo. Por ejemplo, cuando fuimos a hacer la performance a Napolés sobre la Camorra entrevistamos a una mujer que había sido excamorrista, y nos contó una operación en la que 300 carabineros la detuvieron a ella y a su clan; también entrevistamos al Fiscal Antimafia, el que destapó todo el movimiento de la Camorra en los 90 y el verdadero Roberto Saviano ya que él sacó toda la información de sus sumarios. Es un trabajo muy lento y con mucho tiempo de preparación, ya que siempre vamos a puntos calientes, las llamados zonas rojas.

¿Cuál ha sido la actuación artística en la que has sentido una mayor amenaza?
La Camorra. Esa gente decide si tú vives o mueres. Hemos tenido muchos problemas con la Camorra en Nápoles, lo que pasa es que han decidido no matarnos porque si nos matan es publicidad y eso paraliza el negocio, no les interesa. Pero ellos no tienen ningún problema en pegarte un tiro en la cabeza.

De hecho, te voy a contar una anécdota que no ha salido hasta ahora en prensa porque ocurrió posteriormente. Resulta que nosotros en el sitio que vivíamos, en Salerno, estaba al lado de Nápoles; saludábamos todos los días a dos chicos de una floristería y a esos dos chicos les han pegado un tiro en la nuca porque un antiguo boss, o sea un boss en decadencia, sintió que cuando un día los saludó, ellos no le saludaron con el suficiente respeto. Fíjate que no era una cuestión económica o del pizzo, que es el impuesto que tienes que pagar a la Camorra, sino porque sintió que les había faltado el respeto y les pegó un tiro a cada uno.

¿Conociste a Ortega Lara antes o después de recrear su secuestro en un zulo?
No he tenido contacto. Yo le he transmitido a gente que lo conoce que si algún día se da la circunstancia de saludarlo será un placer, pero no lo he conocido ni se ha dado la posibilidad de vernos.

¿Te ha llegado alguna denuncia, como le pasó a Eugenio Merino por su obra Always Franco, en la que se veía a Franco dentro de una nevera?
No, no ha llegado. El trabajo de Eugenio Merino -que me cae muy bien como persona- me parece bastante obvio, muy simple. Yo cuando denuncio algo, la posibilidad de que me denuncien es bastante complicada porque lo estudio muy bien, toco temas muy concretos y lo hago de una manera en la que no rozo situaciones para que me denuncien, aunque puede ocurrir. De hecho, en la pieza más conceptual que he hecho es la primera vez que he cometido un delito, que fue siguiendo a Fernando Castro Flórez, que es el crítico más importante de España. En junio firmaba un libro demoledor sobre el mundo del arte y de la crítica, y entonces mi colaboradora Julia Martínez y yo, a parte de que le compramos el libro, cuando salió de la caseta le perseguimos y le hicimos más de 400 fotografías. No puedes seguir a nadie, es decir, tú no puedes hacer una foto e invadir una parte de la intimidad. De alguna manera colocamos al crítico de arte como sujeto artístico y nosotros nos colocábamos como críticos. Era un poco hipertextualidad: arte dentro del arte. Es la única vez que he cometido un delito y Fernando Castro ha venido a ver mis exposiciones, ni me denunció ni nada. O sea que si vino es porque le hizo gracia.

¿Qué referentes hay en España en el ámbito de la performance?
La performance está un poco... Hay pintores buenísimos, fotógrafos buenísimos, escultores brutales, pero la performance está un poco en pañales. Ahora mismo los performers españoles no son una referencia internacional. Conceptualmente es flojísimo y creo que es la rama del arte donde más gente mala hay en el arte actual porque el problema de la performance es que se interpreta como espectacularización teatral, y no es lo mismo. Un actor de teatro sabe la frase que decir y el texto, y yo creo que un performer nunca debería saber lo que va a pasar. Yo cuando voy a repartir 6.000 periódicos contra la Camorra, lo llamo Il Corriere della Camorra y lo reparto en Nápoles, yo no sé lo que va a pasar. Sinceramente, no admiro ningún performer en España.

En ese sentido hay un cierto parecido entre la performance y el periodismo gonzo al estilo de Hunter Thompson, donde el periodista se inmiscuye en la acción sin saber lo que va a pasar...
Sí, bueno, Thompson para mí es una referencia.Y el periodismo gonzo desde luego. Thompson es una persona que creó un género y me parece una genialidad. De hecho, lo que ocurría era eso, lo mismo estaba relatando una carrera de caballos y al final acababa convirtiéndose en alguien más protagonista que lo que estaba contando. De todas maneras, en un manifiesto que se llama Teoría involuntaria de una Muerte Confrontada (TIMC) -que creé yo y yo soy el autor intelectual del mismo- decía que no existía algo así como lo que estaba haciendo en la historia del arte para no incurrir en una copia.

En ese manifiesto dices que tus obras no pueden ser financiadas por presupuesto público o instituciones del Estado...
Efectivamente, yo no acepto el dinero público porque, en el momento que lo aceptas, estás de alguna manera bajo un régimen y evidentemente toda libertad creativa se extingue y se acaba. Nunca acepto dinero público. Puedo exponer en un museo que es público, pero la condición es que yo no acepto ni un solo céntimo. Por ejemplo, expuse en EDOM, de Murcia, que es el primer centro de videoarte, nos ofrecieron dinero, pero no aceptamos ni un solo euro.

A mí me parece hipócrita que estos que van de antisistema, como Santiago Sierra o Nuria Huertas, reciban dinero público. Si eres coherente, eres coherente hasta el final, aunque tengas más dificultades. El gran hipócrita en todo esto es Santiago Sierra, además que tiene un mensaje bobo y bastante obvio. Me parece que envuelve su estupidez con el mejor papel de regalo. No me parece ir en contra de algo, pero sin embargo poner la mano para recibir dinero.

¿Y estar bajo financión privada no te podría limitar en el mismo sentido?
Lo privado tiene una connotación diferente. Os elegís mutuamente. Es como una relación más personal, pero lo público no. Lo público es dinero de todos, entonces con el dinero público hay que tener mucho cuidado porque la caracterización que tiene es que hay diversidad de pensamiento. Sin embargo, la relación que puedes establecer con un ente privado se da porque tenéis unas características donde ese dinero que a ti te pueden facilitar, tú lo puedes utilizar acorde al consenso al que has llegado. No hay conflicto ideológico ni de interés. Una persona individual que a ti te facilita para hacer algo. Con lo público hay que ser muy respetuoso. Es lo que te decía de Santiago Sierra, mucho antisistema, pero recibió dinero de la Bienal de Venecia cuando estaba el Partido Popular. Luego hace el paripe cuando coge y dice que rechaza el Premio Nacional de Artes. Veo lícito cuando expones en un sitio público, pero con financiación privada.

En 2011 expones en el Guggenheim de Nueva York, incluso Damien Hirst te menciona.
La rama de la performance es una rama donde existen muchas posibilidades que todavía no se han explorado. Es como una rama antropológica, que sigue en pañales como he dicho antes. Es un campo donde se pueden hacer cosas nuevas y creo que si ha funcionado nuestro trabajo es porque estamos creando un precedente, incluso se especula que podemos pasar a formar parte de la historia del arte al ritmo que vamos. Estamos haciendo cosas que no se habían hecho en la historia de la performance y es un campo que no lleva más de 60, 70, 80 años. Creo que es un campo en el que quedan muchas cosas que hacer y se puede innovar. Tenemos bastante suerte los que tocamos la rama de la performance, no te diría lo mismo de la pintura, por ejemplo, porque en esa disciplina la capacidad de innovar es muy limitada.

¿Tuviste la oportunidad de conocer a Damien Hirst?
Sí, sí. Damien Hirst es una persona alucinante. Lo que pasa es que yo lo conocí en un contexto de una exposición en una galería de arte, no de tomar un café con él ni nada de eso. Como soy un poco impulsivo pues cuando tengo la posibilidad de darle a alguien mi trabajo, más todavía al comienzo y nadie sabe quién eres, ofreces un DVD o lo que sea con lo que haces. No tengo miedo a la improvisación ni a que me digan que mi obra es un montón de estiércol. Cuando alguien de reconocimiento te dice "nos veremos", son palabras que te reconfortan a nivel mental.

Destacas que eres un artista político y comprometido. Y rechazas la extrema izquierda y la extrema derecha porque ves cierta analogía.
Para mí son iguales. No solo es analogía, es que tienen más puntos en común que diferencias. Siempre digo que el fascismo y el stalinismo se parecen tanto que solamente cambias ciertas matizaciones. No me caso con nadie, no estoy encuadrado dentro de un organigrama ni un sector ideológico, y no tengo sesgo ideológico. Si alguien quiere atribuirme un sesgo se equivoca conmigo. Me interesa todo lo que sea el contenido político porque todo en la vida es política: que todo esté impuesto por unos baremos es político; los pantalones que llevas; las zapatillas que llevas y el rollo de papel que coges, o la pasta de dientes, también es una decisión política. Absolutamente todo es político. Lo que pasa es que suelo tocar partes bastantes incómodas, me gusta ir al precipicio de la incomodidad e ir a lo más complejo. Preferimos mirar lo que se esconde debajo antes que quedarnos en la superficie. Al final uno tiene que ser más fuerte que su obra y cuando haces un trabajo controvertido no vas a recibir la unanimidad y el aplauso.

Parte de la crítica atribuía a Eugenio Merino una búsqueda de la provocación fácil. ¿Hasta qué punto el artista es consciente de lo que va a provocar?
Fíjate una cosa, Eugenio Merino está acabado porque no tiene nada que decir e insisto que me cae muy bien a título personal, pero su obra es ridícula. Me parece una memez poner a un Franco en una neverita en una escultura hiperrealista. Una cosa es ser un personaje mediático y otra cosa es ser relevante o enciclopédico. Puedes ser todo lo mediático que quieras, pero bueno... es un poco lo fácil y lo obvio.

En el sentido de la provocación. Por ejemplo, cuando vas a San Sebastián caracterizado como víctima de un atentado con un cadáver simulado en brazos sabías que iba a haber un rechazo...

No recuerdo a gente que se haya ido a poner delante de proetarras en las herriko tabernas, que haya hablado con víctimas que te cuenten cómo han asesinado a su padre, cómo han asesinado a su hijo... Es decir, de alguna manera, entre Eugenio Merino y yo: él coge su absurdo Franco y lo mete en un frigorífico y es muy gracioso, pero yo cojo, me voy al País Vasco y paso por zonas donde le han pegado un tiro a Gregorio Ordóñez, a José Antonio Santamaría y a Olarte. Quiero decir que no hay complejidad en su obra. Creo que cuando haces arte tiene que haber un ejercicio discursivo más allá de la provocación. Que la pieza tenga un discurso, haya debate y se abran posibilidades de debate. Cuando haces una obra de arte, ya no forma parte de ti, pasa a ser del espectador.

En relación a lo que comentabas sobre que todo es política, por aquella performance en San Sebastián recibiste la enhorabuena de Rosa Díez.
Hubo mucha gente me felicitó, no lo sabía.

En ese sentido también, en una entrevista decías que Podemos se estaba cargando el Estado de Derecho...

Creo que empezó con un discurso radical y a mí hay ciertas cosas que me pueden llegar a asustar como individuo, pero ahora tengo que hacer una defensa tanto de Ciudadanos como de Podemos. Sí que hubo declaraciones de Podemos que me dolieron por el elemento que tenía que ver con ETA. No me gusta cómo bordea sus relaciones respecto al entorno de ETA, al entorno abertzale radical.

Pero la defensa que hago es que vamos a dejar a ver qué ocurre cuando pasen unos años y que tengan la oportunidad de representar su ejercicio ideológico, práctico y su ejercicio de gestión. Entonces lo que vengo a decir es que todo lo que es nuevo a la gente le molesta y que en España cuesta mucho asumir nuevas tendencias. Hago un paralelismo entre lo que me pasó a mí cuando entré en el mundo del arte y lo que pasó con estos dos partidos. Al principio yo no hacía ese tipo de performance seudolírica de desnudarme en la calle, sino que hacía cosas más directas...

Sabiendo que no vienes de haber estudiado Bellas Artes. ¿Cómo te ven cuando entras en el mercado del arte nacional?
Yo entiendo que hay gente que se tira cinco años estudiando y que le cuesta 20 o 30 años que su obra empiece a resaltar. El otro día lo decía: pido perdón porque me vaya bien, lo siento mucho, pero no es cuestión de lobbies ni de grupos. Lo que tiene que hablar es tu obra, no tus contactos ni tus amigos. Tengo la suerte de que la gente más gorda como comisarios o críticos de arte me apoyan y en silencio, que eso me gusta. Luego hay un sector que me destroza y machaca porque sí, por no entrar en cierto sector de grupos y amigos. Lo que tiene que hablar es la obra y si tu obra ejerce un punto de debate sobre la sociedad y los ciudadanos, el pueblo es soberano y es el que decide. Y han decidido que yo siga aquí.

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