Juan José Millás: ''Para ser escritor tienes que ser viejo y joven al mismo tiempo''

     Fotografías cedidas por La Térmica

Millás es de tierra de nadie, nació en Valencia y a los seis años lo llevaron a Madrid. Aquella confirmación apátrida es la misma que pasea por su novela El Mundo (Planeta, 2008) cuando dice que la tierra de nadie es el territorio de la escritura. Es la misma que contrasta con su gusto por la rutina: despertarse, leer y escribir. El autor que tinta negro sobre blanco la contraportada de El País los viernes no reconoce una frontera entre el periodismo y la literatura, y se sorprende cada vez que un periodista le trata de escritor como si no lo fuera. Les dice que alguien que se gana la vida escribiendo –lo quiera o no- es un escritor.

Uno de los titulares en una entrevista que le han hecho dice “escribir es la peste”.
En cierta medida sí. Escribir es muy duro y muy gratificante también. Son las dos cosas y a veces de manera simultánea. Se refiera esa frase al hecho de que es un poco incomprensible que alguien se dedique a esto porque es algo que nadie te manda hacer. Es duro y los resultados en relación a lo que querías son malos siempre. La verdad es que cuando uno intenta explicarse de un modo racional por qué escribimos resulta un poco inexplicable.

Y hay otra en la que destaca que “el periodista lo quiera o no también es un escritor”. Me recuerda a una frase de Alcántara en la que decía que el periodista también es un escritor porque escribe, pero eso le garantiza cierta mediocridad siempre. ¿Van por ahí los tiros?
No, no. Creo que la mediocridad se la garantiza uno a sí mismo, no creo que sea el periódico. Eso lo digo en un contexto de defensa del periodismo. A mí el periodismo me gusta muchísimo y no considero mi obra periodística menor en relación a mi obra literaria. Pongo las mismas energías en una que otra. Me sorprende cuando un periodista se dirige a mí tratándome de escritor como si él no lo fuera. Les digo: “Bueno, ¿tú cómo te ganas la vida, escribiendo? Pues alguien que se gana la vida escribiendo –lo quiera o no- es un escritor”. Será un escritor bueno o malo, eso es otro asunto, pero es un escritor.

¿Cuáles son las fronteras entre la literatura y el periodismo?
Esa es una discusión eterna, pero para mí es una frontera más retórica que real. Hay algunas cosas, pero en la esencia no hay barrera porque el periodista trabaja con las mismas herramientas que trabaja el escritor: la lengua y los recursos retóricos que le proporcionan esa lengua. Su actividad es idéntica aunque hay que señalar unas cuestiones formales si subimos a la superficie. Pero no hay ninguna diferencia entre periodismo y literatura en la sustancia, y en la medida que las dos son escrituras y escrituras creativas.

¿Cómo le sienta la etiqueta de creador del articuento?
Realmente no soy el creador del género. Soy el creador del nombre, incluso Clarín ya hacía articuentos. Me ha gustado que la palabra haya tenido cierta fortuna, pero fue un poco en contra mía porque la primera vez que me propusieron una serie de artículos míos hicimos una selección y pensando en el título se me ocurrió lo de articuentos. Pensé que era un nombre horroroso y que sonaba mal. Me gustaba la idea de unía esos dos conceptos y comentando con la editora, le dije “fíjate qué disparate se me ha ocurrido” y me dijo que era estupendo el nombre. Lo titulo así y me siento bien porque la palabra ha hecho fortuna. El articuento lo he cultivado, pero no lo he inventado.

¿Lo más significativo de ese subgénero es que camina a medio caballo entre el periodismo y el microrrelato?
No tanto entre el microrrelato –que es un concepto muy específico-, sino que es un concepto híbrido en la medida que lo empiezas a leer como artículo de opinión y cuando llegas al final te das cuenta de que era un cuento, o al revés. Es la cuestión de hibridar dos géneros que provienen de territorios diferentes. Entonces esto lo que hace es que sorprende al escritor cuando lo escribe porque no me pongo a escribir un articuento, sino que me sale un artefacto que pertenece a ese género por ser un híbrido.

¿Y cuál era su conciencia de otros escritores que han cultivado el articuento?
En España hay una gran tradición de escritores de periódicos. Desde Cunqueiro hasta Manuel Alcántara que es uno de mis maestros; es un cultivador excelente de articuentos y encima viene de la poesía. También está Corpus Barga y una tradición excelente que la tenemos un poco olvidada. Tengo la sensación de que nuestra tradición de escritores no está ordenada o sistematizada. De repente hace cinco años descubrimos a…

A Chaves Nogales.
No tiene explicación que hayamos descubierto a Chaves Nogales hasta hace poco. La única es que no haya un corpus organizado de escritores de periódicos.

¿Cómo lleva la comparación con literatos gallegos? En su ironía hay algo de Julio Camba.
Siempre son comparaciones posibles. Camba es otra de las grandes referencias pero no he sido un lector apasionado de su obra. Creo que el espacio a la hora de escribir en un periódico no te limita, al contrario, te da libertad.

¿Hay plumas en la actualidad que le llamen la atención? Leila Guerreiro, Manuel Jabois, Gistau…
Leila me gusta mucho como reportera, creo que es de las grandes reporteras del mundo de habla hispana. Jabois es muy interesante y este poeta que escribe en El Mundo, Antonio Lucas, es muy interesante también. Estas cosas cuando te vienen los nombres es cuando se acaba la entrevista.

¿El reportaje es más que la columna por su dedicación?
Es otra historia y otro tipo de satisfacción, da más trabajo también. Lo que cambia fundamentalmente cuando cambias de género es la actitud sicológica. No te sientas con la misma actitud sicológica a escribir una novela, un cuento, un reportaje o un artículo. A veces un artículo de 40 líneas te da muchísimas satisfacciones porque hay una columna que contaba la historia de un submarino ruso que se hundió y luego fueron a rescatar. Cuando rescataron a los muertos, en el bolsillo de uno de los cadáveres había una nota escrita que decía “hay 23 personas aquí. Ninguno de nosotros puede subir a la superficie. Escribo a ciegas”. Había escrito cinco líneas que eran una obra maestra de concesión terrorífica. Esta columna en muchos talleres literarios se lee como una oración antes de empezar a trabajar. Hay muchas columnas que me han dado muchas satisfacciones. Me ha ocurrido conocer a alguien en una cena y que cuando ya estás en confianza saque de la cartera una columna de hace 15 años arrugada. Hay reportajes también me han dado muchas satisfacciones y han funcionado bien. Lo que quiero decir es que básicamente el cambio no es el grado de satisfacción sino la actitud con la que te pones a trabajar. Son cosas muy diferentes.


¿Cuándo percibe que se ha convertido en un escritor mediático? Es decir, ve gestos como el de alguien que guarda una columna suya de hace años.
Esto se da cuando empiezo a trabajar en los periódicos. Llegué a los periódicos cuando había publicado ya cuatro o cinco novelas en el año 90. Llegar a escribir en prensa era el gran deseo mío y creo que llegué tarde porque me gustaba mucho y lo que te gusta mucho da mucho miedo también. En ese momento empecé a hacer un tipo de columnismo que era raro en el contexto en el que comencé porque percibí que había un exceso de columnismo político y me fui más a cuestiones de la vida cotidiana: hablaba de lo raro que es lo normal, hablaba mucho desde el cuarto de estar. Hice un columnismo que era raro en el contexto que apareció y funcionó. Además me dejaron y visto con perspectiva tengo la sensación de que he experimentado mucho en la prensa y eso es raro porque es un medio de comunicación de masas cuya vocación es llegar al máximo número de lectores. Sin embargo, a mí me alentaban a que experimentara en el periódico, y parte de esos experimentos también los he llevado a la literatura después. Realmente los dos territorios se han enriquecido mutuamente. Creo que mi literatura debe mucho a mi periodismo y mi periodismo debe mucho a mi literatura.

¿Se planteó ser periodista?
Bueno, yo desde pequeño siempre pensé que a lo más que se podía llegar en la vida era a firmar una columna en la última página de un periódico. Cuando leía los artículos de Manuel Alcántara que escribía en el Ya –mi padre estaba suscrito al Ya-, pensaba que lo más a lo que se podía llegar era a eso.

¿La rutina existencial es buena para el escritor?
La rutina es maravillosa para un escritor. Creo que sin rutina no se puede escribir.

Pero está la parte de no decir lo mismo en cada columna.
Lo que pasa es que escribo todos los días. Si tengo una novela entre manos dedico dos horas a esa novela –más tampoco le puedo dedicar porque me canso- y me deja baldado. Entonces preparo un reportaje, o una conferencia, o escribo la columna que tengo que enviar al día siguiente y me estimula mucho ese cambio continuo haciendo lo mismo que es escribir. Pero sin rutina no puedes hacerlo. La novela es el género de los torpes, como decía García Hortelano. Tienes que ir todos los días a la obra y colocar un ladrillo porque no puedes escribir una novela a golpes de inspiración. Luego es verdad que yo lo que más amo en la vida es la rutina, pero también los escritores tenemos muchas oportunidades para romper las rutinas: hoy estoy en Málaga y la semana que viene en México. Pero cuando tienes una obra en marcha, sin rutina la cosa no progresa.

Una columna suyo inspiró el nombre de una de las giras de Extremoduro, Robando perchas del hotel. ¿Tuvo contacto con el grupo?
No, me enteré por la prensa o a través de una de estas alertas de Google. Yo siempre digo que cuando me preguntan qué es lo más triste que he visto nunca fue una vez en un hotel en el que el mando a distancia estaba atado a la mesita de noche. Aquello me produjo una tristeza tan grande que estuve a punto de irme en ese mismo instante. Pero luego llegué a un hotel en el que las perchas no se podían quitar. Y Extremoduro hizo la gira basándose en aquello, pero no he hablado nunca con ellos. Nunca tuvimos contacto.

¿Cómo fue estar con el presidente de Uruguay?
Fue muy estimulante. Al principio fue muy difícil porque como cuento en el reportaje no nos daba tiempo hasta que yo dije que esto no sé hacerlo y el hombre se conmovió y ya nos dio mucho más tiempo. Además me dieron la oportunidad de conocer el país, no conocía Uruguay, pese a que Montevideo es una ciudad tan literaria y siempre que he ido a Buenos Aires tenía la intención de ir, pero siempre me ocurría algo que me impedía conocer esa ciudad tan hermosa y tan triste que es Montevideo y reconocer allí a mis autores preferidos. Es un personaje histórico excepcional y recuerda un poco a Mandela en el sentido de que estuvo 15 años en la cárcel sometido a malos tratos diarios; estuvo varias veces al borde de la muerte e iba decirte que estuvo al borde de la locura, pero creo que conoció la locura. Creo que de esa experiencia salió esa cosa bondadosa con la que salió de la cárcel. Como si hubiera tenido una experiencia incontable y que le cambió completamente.

¿El reportaje que escribió acerca de la eutanasia contando la historia de un hombre que se quitó la vida?
Fue muy difícil porque era encontrarme hoy con una persona que se va a suicidar mañana y estar todo el día con él. En algún momento del día sentí que me aburría y era tremendo porque decía cómo me puede aburrir un hombre que se va a morir mañana y eso me provocaba unos sentimientos de culpa muy tremendos y contradictorios. Fue muy duro y me quedó una cuestión… él me pidió que le acompañara en el momento de suicidarse y ahí me faltó valor para hacerlo. Le acompañaron dos voluntarios de DMD (Asociación Derecho a Morir Dignamente) que me contaron como había ido todo. Pero la noche anterior, cuando me despedí de él me pregunto si iría al día siguiente y le dije no sé. No sé si le dije algo tremendo como “a ver cómo estoy de tiempo” a un hombre al que ya no tenía tiempo y el caso es que no tuve valor. He hecho reportajes a mucha gente y casi todos están vivos, y éstos no se me aparecen pero este sí se me aparece. Fue una experiencia rara.

Y en su último libro, La mujer loca, también está el tema de la eutanasia.
La eutanasia está al lado del suicidio, ya sabes la frase que decía Camus de que el suicidio es el único problema filosófico realmente serio. Se habla mucho de la eutanasia y estoy por el derecho al suicidio asistido. Para ello hay que dar un primer paso: que los políticos regulen esto porque vemos muertes espantosas porque se alarga la vida, pero no la calidad de vida. Además cuando se hacen encuestas, el 80% está a favor de que se regule. Recientemente hemos hecho una campaña para DMD en los que comento la importancia del asunto. En el caso de Carlos, que era el sujeto de mi reportaje, no pasó nada. Pero depende del juez que levante el cadáver. Si es un juez que le da por citar a declarar estaría metido en un lío. Parece que los jueces no están por la labor cuando es un caso clarísimo de eutanasia, pero sí les hubiera dado por eso a los voluntarios de DMD los meten en un lío, a mí que también estuve con él también. Es un asunto que me preocupa muchísimos.

Nace en Valencia, pero a los 6 años marcha a Madrid. ¿Se siente valenciano o madrileño? Al hilo de las declaraciones de Trueba en las que decía que no se ha sentido ni cinco minutos español, ¿usted sí se ha sentido así?
Yo creo el contexto en el que dijo la frase de Trueba -que está muy bien- era para atacar el sentimiento nacionalista llevado a los extremos en los que vemos que está llevado, pero le salió mal evidentemente. Yo nací en Valencia, pero a los 6 años me llevaron a Madrid. Yo soy como la gente de Madrid que no es de ningún sitio. Realmente no tengo ese sentimiento español, no lo he tenido nunca. Y creo que quizá se deba a ese desarraigo tan temprano. De todas maneras es muy curioso que nadie sea nacionalista en un mundo divido en naciones. Savater hacía una distinción que yo creo que es muy importante y decía que el nacionalismo es normal porque todos pertenecemos a una nación y estamos ligados por cuestiones de orden afectivo aunque lo neguemos. Y decía que todos teníamos eso del mismo modo que todos teníamos apéndice, pero no teníamos apendicitis; de tal modo que el nacionalismo sería como una inflamación de lo normal.

Precisamente en la novela El mundo se lee “la tierra de nadie es el territorio de la escritura”.
Siempre que leo en el periódico, por ejemplo, dan el premio Nobel al escritor murciano tal pienso qué curioso que digan el escritor murciano -o madrileño o lo que sea- porque lo primero que tenía que hacer el escritor murciano para ser escritor es dejar de ser murciano. Es el primer dato que colocan a tu lado en las piezas informativas y yo pienso (siguiendo con el ejemplo) que si era escritor no era murciano. Esto es como la etiqueta de escritor joven. ¿Para ser escritor tienes que ser viejo? Para ser escritor tienes que ser viejo y joven al mismo tiempo, de manera que el escritor joven tiene que ser viejo y el viejo tiene que ser joven.

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