''Sólo soy un ciclista''



Gino Bartali tenía nombre de ciclista. Ganó dos Tour de Francia y tres Giros de Italia.

Nació en el 14 del siglo pasado, en la provincia italiana de Florencia, bajo el sol de julio de la Toscana. Pronto empezó a montar en bicicleta, y al poco ya competía con el L’Aquila. Con 22 años ganó su primer Giro. Después de esto, la muerte de su hermano le afectó tanto que estuvo a punto de dejar el ciclismo. Dejó la bici en el sótano de su casa y no tenía ganas de entrenar. Por suerte, le convencieron de que con los pedales sería la mejor forma de recordarlo a su fratello.L’Aquila es provincia de Abruzzo, algo más al sur de donde nació Bartali. Ahora existe una página web del club, todo ella en italiano menos las palabras “news” y “store”. No hay rastro de su figura más laureada. No se actualiza desde marzo.

Un año después, en 1937, durante los años duros del fascismo en Italia, Bartali ganaba su segundo Giro, mientras que Mussolini ansiaba ver ganar a un italiano en Francia. Igual que Hitler con los Juegos Olímpicos de Berlín, Mussolini veía en el deporte una carretera fácil y segura de transmisión de la propaganda oficialista. El régimen convence a la federación ciclista para que Bartali fuese enviado a correr el Tour de Francia, dejando la vuelta nacional de lado. Ganó en los Campos Elíseos. “El ciclista del régimen" lo llamaron. No existe ninguna foto del corredor haciendo el saludo romano.

No le interesaba la política, sólo quería que lo dejasen correr en bici. Los periodistas italianos siguen calificándolo como el ciclista más resistente que jamás ha pedaleado sobre un cuadro con ruedas. Calor, frío tormenta. Daba igual, dicen. “Estaba enamorado del esfuerzo”.

Según cuentan, Bartali solía fumar antes de las carreras. Tampoco rechazaba un trago de whisky, coñac o brandy. Era su forma de imponer temor sobre los rivales. El resto de competidores no se explicaban cómo luego era capaz de ganar etapas cuando ellos apenas podían llegar a la meta. Eran los tiempos del ciclismo épico, con jornadas de horas de más de 60 minutos sobre 350 kilómetros y carreteras de polvo sin asfaltar. Hay imágenes de archivo en las que se puede ver cómo los propios ciclistas se bajaban de la montura a cambiar e inflar una rueda pinchada.

Tras cinco años sin competiciones debido a la guerra, Gino volvía a correr en 1946 para ganar la carrera grande de su país. Probablemente la etapa deportiva más importante del italiano la corrió el julio de 1948. El día 14 un estudiante disparaba en el cuello a Palmiro Togliatti, líder del Partido Comunista Italiano, a su salida del parlamento. La Italia que quedó después de la Segunda Guerra Mundial era pobre y desigual, mísera y dividida. Ante el alba de una guerra civil, el que en el futuro fuese Primer Ministro del país, Giulio Andreotti, llamó a su amigo Bartali, que se encontraba en el país del Louvre compitiendo la prueba reina del ciclismo. Una vez hechos los saludos pertinentes, Andreotti pone al teléfono a Alcide De Gasperi, Presidente del Consejo de Ministros del momento. De Gasperi, desesperado por la situación a la que se veía destinada Italia, le pide a Bartali que gane el Tour de ese año. Quedaba una semana para terminar la competición. El italiano estaba a 21 minutos de Louison Bobet, líder indiscutible aquel año. “El Tour no sé, pero la etapa de mañana le garantizo que sí”. 274 kilómetros, tres grandes puertos de montaña y un temporal horroroso después, Gino Bartali ganaba la etapa y se quedaba a poco más de un minuto del maillot amarillo. Al día siguiente las radios italianas abrían los informativos con la victoria de Bartali, seguida de la recuperación de Togliatti. Una semana más tarde, el corredor de Florencia volvía a ganar en los Campos Elíseos diez años después.

Todo gran deportista tiene un némesis, alguien en quien verse reflejado y con el que aumentar esa necesidad de competir contra uno mismo. Como Alí tuvo a Frazier, Bartali tuvo a Fausto Coppi. Hay quien dice que la bicicleta fue diseñada para Fausto Coppi, de piernas larguísimas y torso corto. Provenía de una familia pobre de las colinas de Piamonte. “Cada vez que se me pasaba por la cabeza abandonar el ciclismo, pensaba en su dura vida” solía pensar.

Coppi era cinco años más joven que Bartali. Era el otro gran dominador de la época, y juntos representaban dos realidades muy distintas. Bartali era la Italia campesina, pobre pero fiel a las tradiciones, católico y creyente. Coppi era la proyección de Italia en el futuro. Lo viejo y lo nuevo. Pueblo y ciudad. Clase y fuerza. Azada y esmoquin. Coppi representaba la izquierda, Bartali la derecha. Este fue el juego de trileros que se creó entre la gente y la prensa. Ninguno de los dos se veía en esas representaciones. En realidad, los dos eran de centro.

El Tour de 1952 reflejó la mejor fotografía de los dos corredores. Gino llegaba exprimiendo su carrera deportiva a la edad de 38 años, mientras que Fausto hacía equilibrio sobre el cénit de su rendimiento.

Era la etapa reina de aquel año, la más dura. La carretera serpenteaba por Lautaret, Croix de Fer y Galibier. Coppi era líder por entonces tras lucirse en Alpe D’huez. Bartali apuraba sus últimas pedaladas y formaba a veces parte de la manada. La estrategia de Coppi pasaba por atacar al galo Raphaël Géminiani y al español Antonio Galabert en Croix de Fer. Cuando vio que nadie del pelotón seguía su impulso, decidió esperar. Col du Galibier quedaba por delante. Entonces pasó una de las imágenes más míticas del ciclismo hasta día de hoy. Un pueblo separado, rencoroso y de peleas de bar, se abrazaba rozándose los dedos casi sin querer.


Coppi y Bartali compartían una misma botella de agua. Dijo en 2003 Jose-Alain Fralon para Lemonde y El País que Coppi primero bebe y luego se la pasa a Bartali. 

La película L’intramontabile (2006) invierte el orden de los factores. Todavía se discute hoy en día en el país transalpino quién dio la botella a quién. Existen otros gestos de compasión patriota y amistad deportiva entre ambos ciclistas. En el 49 Coppi dejó ganar a Bartali el día de su cumpleaños. Otro episodio se da cuando Gino se baja de la bicicleta para suplir la rueda pinchada de Fausto. Vuelta a la carrera, Coppi atacó de nuevo en Galibier y comenzó a pedalear hacia la historia. Nadie pudo seguirlo. Al final ganó la etapa con siete minutos de ventaja sobre Bernardo Ruíz (Ruíz acabó tercero aquel Tour). Ese verano Coppi ganaría en Francia por segunda vez en la historia (antes lo hizo en 1949).


Cuando años más tarde nació el club ciclista San Pellegrino en el que militaba Coppi, éste exigió que su amigo Bartali fuese el director deportivo. Y así fue. La relación entre ambos siguió extendiéndose hasta 1960. La malaria, consecuencia de un safari mal llevado en el Alto Volta (actual Burkina Faso), se llevó en estampida al que fuese dos veces campeón en París y cinco en el país de la góndola. “Se ha ido la mitad de mí” dijo Bartali entonces.

Cuando dejó el ciclismo, Gino se retiró durante 50 años a su Florencia natal. Allí pasó los últimos momentos de su vida, ausente de todo rastro mediático, sin contar su gran secreto. En 2003, tres años después de su fallecimiento, salía a la luz el diario del padre de Giorgio Nissim, conocido antifascista y opositor de Benito Mussolini. Durante todos esos años, Bartali fue conocido como el “corredor del régimen”. A él no le importaba. “En la vida esas cosas se hacen y basta”, explicaba Gino. El diario de Nissim narraba el funcionamiento de la red DELASEM (Delegación por la Asistencia de los Emigrantes Hebreos, por sus siglas en italiano). Desde 1939 hasta 1947 esta organización se dedicó a salvar la vida de los judíos residentes en Italia y que Hitler quería arrastrar a los hornos crematorios. Gino Bartali fue eslabón clave para que el plan se llevase a cabo. Cuando las competiciones estaban paradas y los tanques avanzaban en Europa, él nunca dejó de entrenarse. En el cuadro de su bici y bajo su sillín, el corredor transportaba papeles, pasaportes y fotos falsas que serían entregadas a las familias marcadas con la estrella de David. Desde la Toscana a Umbría, ida y vuelta. Gino recorría cerca de 300 kilómetros con su nombre bien visible en su maillot liberador. Los policías lo paraban, extrañados de que se entrenase mientras las grandes potencias sacaban los fusiles. Pero quién iba a dudar del que fue bendecido y reivindicado por el Ducce. Bartali podía seguir ayudando tras firmar los pertinentes autógrafos para los chavales de los oficiales. Se habla de que el ciclista junto a un grupo de monjas de clausura y el cardenal Elia Dalla Costa, que también integraban dicha red, salvaron alrededor de 800 personas en los años más oscuros del siglo XX.

−Gino, eres un héroe.

−Yo sólo soy un ciclista. 

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