Cuando las calles callan

                                                                     Foto: Marina Prats

Pasos. Conversaciones ajenas sobre cualquier tontería de última hora. Risas. Pisadas en charcos mientras la multitud ni se inmuta mirando sus móviles. Un sonido de violonchelo. Nada cambia. El éxodo continuo que muestra la estampa de cualquier gran ciudad no cambia con esta música; alguna moneda se deja caer sobre el negro estuche dentro del jaleo de pasos de las calles. “Como máximo te sacas 20 euros en un día excepcional”, el dueño del estuche y la melodía nos responde amablemente a las preguntas. Muchas bandas sonoras diferentes en cada calle de Málaga, Barcelona, Madrid o cualquier ciudad de medio tamaño que se precie. Nos empeñamos en hacer la sardana, verdiales o el chotis como banda sonora de un territorio. Sin embargo, quién es más embajador que el que toca en sus calles. “Mucha gente cree que eres un vagabundo y un yonki solo por estar en la calle tocando. He estado más de 10 años formándome en el conservatorio y esto lo tomo como algo complementario a trabajos que me van saliendo”.

Delincuentes. Una pareja de policía local llega a calle Granada (Málaga). Una chica toca el violonchelo. Deja de tocar. El sonido de su arco sobre las cuerdas se funde en un murmullo constante entre los transeúntes. “Pobrecilla”. Esa es la palabra más repetida. La nueva ordenanza de ruidos del Ayuntamiento de Málaga establece una multa que puede llegar hasta los 600 euros para músicos callejeros. “No tenemos licencia, ni tampoco estamos informados de cómo conseguirlas. Ilegales o nada”, cuenta el músico que pide que no digamos su nombre y ubicación. “Tenemos hasta miedo. A amigos míos ya les han multado y requisado los instrumentos por 600€”. Pagar por algo que es necesario para ellos. Ilegales por inundar las calles de cultura unas pocas horas.

Cuando el sol de Málaga se acuesta, los pubs se empiezan a promocionar. ''Fiesta del amor'', ''Fiesta fluorescente''. Los pseudoéxitos de Kiko Rivera o Juan Magan suenan distorsionados desde las puertas de los bares. Al girar la esquina, un par de jóvenes recogen sus instrumentos. ''Y ahora se formó la gozadera'', le dice uno a otro entre risas con apenas cinco euros en el bolsillo. El mismo día, la banda mexicana Maná, abarrotaba el Estadio de Atletismo Ciudad de Málaga. Qué paradoja. A la subida de un nervioso Juan Manuel Carmona guitarra en mano al escenario, Álex González se reafirma a favor de los músicos locales. Esos que van tocando de bar en bar. Aquellos donde Marc Anthony no es el hilo musical. Aquellos, como diría Sabina, donde habita el olvido.

‘’Mierda. No llego’’. Céntricas calles de la capital abarrotadas de gente que se apresuran a coger el último metro para llegar al trabajo. Carreras semiolímpicas entre hombres enchaquetados. Resuena una guitarra. Son los acordes de Yellow de Coldplay. Un muchacho con gafas de sol toca la alegre melodía mientras canta sin perder la sonrisa. ‘’Callao’’ puede leerse en las escaleras. El hábitat natural de los músicos urbanos. La ordenanza en Madrid también prohíbe tocar en las calles y, además, exige pasar una audición. Como si de algún famoso reality se tratase. ‘’No todos podemos permitirnos el coste de la audición, ni la pasaríamos’’. Bajo tierra todo suena mejor. Eso dicen. La acústica del metro es diferente como también es diferente el contacto con la gente. ‘’Aquí la gente se para a escuchar, siempre y cuando no vayan con prisa, y si la tienen, al menos les ponemos banda sonora’’. Es un joven de 30 años que dejó su carrera de filosofía por no disponer de medios y ahora hace de su hobbie lo que se puede compaginándolo con otras chapuzas.

-Mira- dice el muchacho mientras abre su mochila. Nos enseña un tarro lleno de monedas- aquí hay 10 euros. Es lo que saqué ayer, no está mal, ¿no?
-Desde luego no pierdes el sentido del humor.
-Sin eso no seríamos nada. Parafraseando a Nietzsche, ‘’sin humor y sin música la vida sería un error’’-cuenta riéndose.

No es mucha la gente que se quita el sombrero ante estos artistas, sin embargo, no es difícil ver cómo por las calles de estas ciudades se tararean estas canciones. Caras de asombro ante la semivirtuosidad de músicos clásicos de tan corta edad. Un muchacho de aspecto extranjero canta cerca de la catedral de Málaga. Tema de los Red Hot Chili Peppers. No puedo evitar cantar.

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