Un superviviente de los veintisiete antes de cumplir los veintisiete

                                                Micah P. Hinson en una foto promocional.

¿Por qué Beneath the Rose no está sonando en todas las emisoras y los oyentes no se anegan en llanto y se rasgan las vestiduras? Tampoco los críticos musicales se devanan los sesos en las redacciones desentrañando el significado de su letra, ni sus fans se apelotonan alrededor de su coche para encastrarse contra las ventanas. Y el público no lo abuchea cuando enchufa la eléctrica hasta que tiene que salir por patas. Times they are a-changin’, supongo. Vale, no es Bob Dylan pero, joder, es Micah P. Hinson. Quizás su seña de identidad sea ese mal de ojo que algún enemigo le echó. Cuando vino a Barcelona en 2012 le hicieron actuar en Razzmatazz "debido al cierre imprevisto y repentino de la Sala Apolo". Al pobre escuchimizado, que yo imaginaba tocando en algún bar de carretera a merced de cuatro borrachos sentados en la barra con el corazón roto, lo subieron a un escenario industrial donde he visto coreografías bailadas por bomberos. Mientras cantaba This Land Is Your Land, la bola de espejos que rodaba encima de mi cabeza pedía a gritos que cambiaran aquello por Dancing Quenn.


Cara de prepúber y vozarrón de patriarca. Fue con el cambio de octava que empezaron a aquejarle las dolencias de las que hablan sus canciones. El mismo día en que le perforaron el pulmón a Reagan de un balazo, nació Micah Paul Hinson en Memphis, Tennessee. Pronto su devota familia se mudó a Abilene, Texas, donde Micah creció de golpe al cruzarse con la viuda negra. El apodo vino luego. Melissa Berggren había sido portada de Vogue y la mujer del bajista de Tripping Daisy, a quien encontró muerto por sobredosis. Mayor que él a la manera de Ms. Robinson, le contagió el gusto por las drogas de venta en farmacias. Por su adicción al valium, la codeína y demás pastillas, falsificó recetas que le valieron la expulsión de la universidad y la entrada en el talego. A su salida, se largaron juntos de Abilene para eludir sus deudas. Una semana en un frenopático y vuelta a Abilene. Sin familia, ni amigos, ni créditos, ni coche, ni apartamento, ni instrumentos, su novia le espetó un ahí te quedas. Alternó puentes y sofás ajenos hasta que su abuelo se apiadó de él. Le dio cien pavos para que se costeará una habitación de motel y encontrara trabajo. Y lo encontró. Como operador de telemarketing.

Micah P. Hinson empuñó su primera guitarra con diez años para de adulto homenajear a Woody Guthrie: “This Machine Kills Fascists” reza la que lleva ahora. Durante sus años mozos grabó ocasionalmente con The Earlies. John Mark Lapham, uno de los miembros del grupo, incluía una demo de Hinson cada vez que enviaba una suya a una discográfica. Dice que si tuviera su propio Jesucristo sería él. Creedle impíos, no es para menos. Cuando The Earlies tocaron en la BBC Radio 2, Lapham coló al final de su actuación la canción The Possibilities de Hinson y recibió una llamada del jefe de Sketchbook Records todavía flipado por lo que acababa de escuchar. La discográfica escocesa le extendió a Hinson un cheque por valor de 600 dólares para pagar las multas de tráfico que le impedían conseguir el pasaporte y un billete de avión. Aterrizó en Londres y lo detuvieron en el aeropuerto, donde lo acosaron a preguntas hasta concederle una estancia de un mes en el país. Dos semanas le bastaron para grabar su primer disco, Micah P. Hinson and The Gospel of Progress (él tampoco puede tomarse el nombre muy en serio) con The Earlies como banda de acompañamiento bautizada para la ocasión con el título del álbum, y las otras dos las quemó de gira por el Reino Unido. Regreso a los States y gira con Calexico.

Contaba veintitrés años cuando sacó Micah P. Hinson and The Gospel of Progress y el puto álbum parece firmado por un canoso que está de vuelta de todo. Como Leonard Cohen cantándole a la mamada que le hizo Janis Joplin en el Chelsea Hotel mientras ella se consolaba diciendo "We are ugly but we have the music". Tan solemne que las bromas con las que rompe el hielo en los directos son inevitables, casi obligatorias. Por su origen sureño, también lo son las raíces en el folk y en el country que irriga con sonidos electrizantes para musicalizar sus penas. Y el pop que resucita a Elliott Smith aligera la redención de las culpas. Si el americano es este híbrido, entonces tiene sentido. Una nana para desvelarles abre el álbum: “Close your eyes / And don't you make a sound / There's no worries now / There's no one else around / To hear you cry” (Cierra los ojos / y no hagas ruido / no hay preocupaciones ahora / no hay nadie alrededor / que te oiga llorar). Como él, ustedes también pueden soportar un sangrado durante trece canciones. Tan escandalosa es la sangre que en la última, The Day Texas Sank to The Bottom of the Sea, ya desfallecido, reconoce el suicidio como la única esperanza que le queda para ser visible a los ojos de un you que intuimos femenino. El miedo al olvido se repite obsesivamente en Don't You (Part 1 & 2) y You Lost Sight On Me. Comprensible si el mundo se encargó de darle la espalda unánimemente. También la soledad en el hit Beneath the rose. Sobre un punteo ágil como una estampida de caracoles, la voz ronca apuntala la letra. Minimalista y confesional, no es de extrañar que sus novelistas de cabecera sean Bukowski y Fante. Cuando desespera, su voz se quiebra en Patience, título irónico donde los haya. Pero en el resto se mantiene grave soportando la carga dramática como solista y coro al mismo tiempo. Se ayuda de una guitarra. Y los violines, el órgano y los vientos le arropan.

Al álbum le llovió un aluvión de halagos insuflados por el morbo que despierta un poeta maldito sobreviviendo a este siglo. Por mucho que la prensa se empeñara en hacerle parecer un yonqui, a él le extrañó que se exagerase la cantidad de drogas prescritas que tomaba durante la grabación y la promoción del disco, pues por entonces ya “había encontrado salida a la mayor parte de aquellos vicios. Los consideraba en general muy aburridos y si al final sirven de algo, sólo lo hacen para hacerte a ti y a tu alma estar hartos, de ninguna manera merece la pena el tiempo desperdiciado”. Cuando al fin parecía que estaba de suerte, su vida “torció a la izquierda en vez de hacerlo a la derecha”. El 25 de enero de 2005, durante la celebración de la Burns night, la fiesta que rememora al poeta escocés Robert Burns, un colega bromeando le golpeó en la zona lumbar y le jodió una vertebra. Quedó paralizado por un momento, tragó saliva y volvió a la vida. La lesión era seria y le provocaba un dolor constante. Por orden médica, e ironías de la vida, tuvo que retomar los fármacos a los que había estado enganchado: “Fue como volver a compartir cama con una antigua amante fea que era mejor dejar como un recuerdo borroso”.

El verano de ese año se fue de gira por Europa con The Baby and The Satellite y su lesión. En cursiva, el nombre del que Hinson considera su primer álbum, grabado originalmente en el 2000 con instrumentos prestados. Cinco años después sacó el EP que incluyó los ocho temas regrabados durante su gira con Calexico y una pista de los mismos temas pertenecientes a la maqueta inicial. The Baby and The Satellite se escucha como una premonición de The Gospel of Progress. Más tosco y menos estilizado. El propio Hinson asegura que si hubiese salido antes, le hubiesen visto como “al chaval demoníaco del lo-fi”. Austero en la voz y en los arreglos, integró sonidos del mundanal ruido para lograr autenticidad. Sus letras dejan constancia de que el lamento estuvo desde el principio en aquella habitación de motel donde tocó fondo y salió a flote: “Despite all that I have done / You rescued me / From me (a pesar de todo lo que he hecho / me rescataste / de mí)" canta en The Day The Volume Won. No hacía tanto que era un adolescente al que su hermano mayor le descubrió The Cure, Sonic Youth, Dinosaur Jr. y Nirvana, el influjo del rock se distingue como nunca.

Los dos meses sobre el asfalto agravaron su lesión y le obligaron a pasar por el quirófano cuando estuvo de nuevo en su amada patria. Después de semanas hospitalizado, salió con un corsé, un tacatá y una silla de ducha con los que superó un postoperatorio que calificó de pesadilla y que lo retuvo en casa para la grabación de su siguiente álbum. Con un desfile de doce músicos a domicilio en horario de diez a seis de la tarde y micrófonos colocados en su dormitorio, hacía de cantautor cuando abandonaba su condición de postrado. El tiempo en horizontal lo dedicó a pensar y a trabajar las canciones. Por aquello de la primera vez y la intimidad de la alcoba, las primeras tomas fueron las buenas, once elegidas para dar forma y contenido a Micah P. Hinson and The Opera Circuit. El dolor en esta ocasión no era anímico, sino físico. Por eso Hinson creyó que su voz sonaría como un “blablabla bajito que acabaría perdiéndose entre la música”, pero suena más modelada y menos cruda que en sus anteriores discos que volvían la melancolía visceral. En éste la esperanza se filtra a través de letras lacónicas. El grillar que abre el álbum delata su origen doméstico y sureño que remite irremediablemente a un porche trasero con mecedoras balanceándose frente a un sembrado. Y entre canción y canción, se escuchan pitillos consumiéndose, conversaciones y toses. La americana se gestó in situ. “Seems Almost Impossible” suena a soul añejo y “Diggin’ A Grave” arraiga en el folk y se envalentona como una marcha fúnebre bailable. Se sosegó en la balada “It’s Been So Long” y en la nana “Drift Off To Sleep”. El desamparo y el miedo al abandono cierran el álbum en dos temas largos “You’re Only Lonely” y “Don’t Leave Me Now” con crescendos donde Hinson da rienda suelta a la emoción como un Johnny Cash derrotado.  


“El country tendría que ser libertad y no todos esos cantantes con botas y sombrero que suenan en las radios de Texas”. Micah P. Hinson predica con el ejemplo: lleva bambas y la cabeza descubierta exhibiendo la ralla al lado. La boquilla y las gafas le darían un aire a Hunter S. Thompson si no fuera porque el cigarro es electrónico y el cristal de las gafas, transparente. Ambos accesorios agravan su pinta de nerd. Se le nota incómodo sobre el escenario de Razzmatazz. No sólo éste no tendría que ser el lugar, sino tampoco el momento. Debería haber tocado en el 2011 pero sufrió un accidente de tráfico mientras viajaba en furgoneta junto a Tachenko de Zaragoza a Barcelona para interpretar su versión del disco Trompe Le Monde de Pixies. Él fue quien salió peor parado con un brazo en cabestrillo durante meses. Sigue vivo contra todo pronóstico. Quizás por miedo a llevarse a la tumba asuntos pendientes, se casó una semana después de cumplir los veintisiete. Con treinta y uno se acerca al micrófono para susurrar: “Hey there little boy / now don't you be afraid / your father doesn't love you  / and he's made your mom a slave (Hey chiquillo / ahora no tengas miedo / tu padre no te quiere / y vonvirtió a tu madre en esclava)”, los primeros versos de la canción dedicada a su amigo que corrió peor suerte que él y se voló los sesos en algún pueblo de Texas.

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