Poder, ¿verbo o sustantivo?

Las pasadas elecciones municipales y autonómicas han sido un punto y aparte en la historia política reciente de nuestro país, en la que por primera vez en democracia candidaturas ciudadanas y no partidos políticos se han hecho con los ayuntamientos de las principales ciudades de España. Pero me atrevería a afirmar que el poder no solo ha cambiado de manos, sino también de concepto.

¿Qué es el poder? ¿Un sustantivo, que sugiere autoridad, fuerza, dominio, mando e incluso posesión, o un verbo, que implica capacidad, potencia y posibilidad de acción y de cambio? Las nuevas fuerzas políticas han conseguido virar el significado de “poder” para poner en relieve este segundo concepto de la palabra, hasta el punto incluso de que uno de los partidos más beligerantes en este sentido lleva ese verbo por nombre, “Podemos”.

Las sillas, los sobresueldos, los puestos a dedo, la corrupción, el “y tú más”, el enriquecimiento basado en la especulación, las comisiones, los puestos de consejero de expresidentes y exministros en las principales empresas del país… Nos habíamos habituado a que parecía que el poder consistía en eso. Y de repente aparecen figuras como Manuela Carmena que, independientemente de que comulguemos o no con su ideología, nos habla de cosas tan interesantes como el poder de las personas como agentes de cambio, que cada uno de nosotros somos una caja de posibilidades que, con voluntad, podemos hacer grandes cosas, que Madrid no necesita crecer en tamaño sino en justicia social, que no necesita más operaciones urbanísticas sino menos desahucios y casas vacías. Y algo hizo clic.


La llegada de candidaturas ciudadanas a los principales ayuntamientos ha supuesto un cambio de alto voltaje en la política nacional.

Esperanza Aguirre era un sustantivo, un nombre siempre sujeto de la oración, inmóvil y protagonista. Gritó a los cuatro vientos que ningún madrileño pensaba que ella se hubiese llevado un duro, y tenía razón, porque no le hacen falta. Lo que sí ansiaba era poder, pero el sustantivo, el que no se compra con dinero, el que engancha como una droga -¡más de 25 años probándolo!-, el que le deja nombrar y destituir, hacer y deshacer, y creerse intocable hasta para la Policía Municipal. No deja de ser significativo que Esperanza jamás le haya dedicado públicamente ni una sola palabra de afecto a su tío, el maravilloso Jaime Gil de Biedma, que paradójicamente recopiló su excelente obra poética bajo el título “Las personas del verbo”.

Carmena, sin embargo, era un verbo transitivo, transformador y variable. Su ambición por el poder era el de poder cambiar la ciudad, y no sentarse en coches oficiales o el palco del Real. Y Carmena pudo, ¡vaya que si pudo! Y contra todo pronóstico, escenificó lo que tantas veces promulgó, que si queremos, podemos cambiar la realidad.

Así que más allá de los tres poderes clásicos de Montesquieu –legislativo, ejecutivo y judicial-, del cuarto poder de los medios de comunicación, o del quinto poder con el que recientemente se alude al intervencionismo económico o Internet, si de algo está contribuyendo esta nueva era política que estamos viviendo es a la reivindicación del poder (cualesquiera de ellos) como vehículo para transformar la sociedad en una más justa, culta y rica para todos, y no solo para aquellos que lo ostentan. El poder está dejando de ser un fin en sí mismo, un "nombre impropio"... para convertirse en un verbo cuyo sujeto son los ciudadanos.

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