Minuto cero de la final

| Reuters. 
El presidente del gobierno era Miguel Primo de Rivera y el motivo de cierre fue el “desafecto al patriotismo”. 90 años después de que se cerrara el campo del Barcelona por pitidos al himno llegó la final de copa. Antes de empezar el partido se oyen pitos. Luego el árbitro debió coger uno de esos silbatos y cayó en la trampa del independentismo, hizo volver a sonar el pito y dio comienzo al partido en lugar de cancelarlo. El Athletic -que no el Bilbao- tarda en perder la pelota lo que Mas en reírse cuando empieza la pitada. "Realmente quien manda en España es el del traje militar que se ve detrás de Mas", cuenta uno apoyado en el bar. Al final lo de Mas era una risa contenida, como acto de resistencia. Aguantó sin silbar ni levantar los brazos en jarra pidiendo más jaleo.

Es el minuto cero. Parece ser el que más cuenta para rellenar folios una vez que el calendario deportivo y la agenda periodística se reducen por la falta de partidos. La primera vez que uno se interesa más en un partido por el himno que suena antes de pitar al árbitro instintivamente. Dos definiciones de himno en la RAE recogen la palabra poética; otra dice directamente que un himno es una poesía. El himno como “composición emblema de una colectividad, que identifica y une entre sí a quienes la interpretan” no se entiende entre la mayoría de aficionados que hay en el campo. Que Alves eleve su barbilla como si escuchara un himno es lo más poético. 

Minuto cero: hay quienes se sienten insultados en nombre del nacionalismo y los que ofenden también a hombros de una nación. En la grada ruido, en los bares también. Los kilómetros o las losas que hay desde un que se joda el rey al deseo de que arda el campo. ¿Que pitar el himno como protesta política es libertad de expresión según la Audiencia Nacional? Pues que cambien las leyes, es un insulto, hasta las leyes están mal, opina otro parroquiano. “¿La libertad de expresión lo permite todo? Yo creo que no”, dice el ministro de Justicia (se llama Catalá). El portavoz del PP en el Congreso, al menos, tiene la decencia de llamar directamente enfermos a quienes pitaron el himno, aunque no habló de desafecto al patriotismo.

Los desacuerdos en política no viajan al estadio ni se dan la mano en un espectáculo televisivo. Ni por respeto ni por orgullo. Lo más sonado no fueron las peticiones de que el árbitro se trague el pito. A los futbolistas fácilmente se les imagina como apátridas, pero acabaron pitándose entre ellos por un regate ofensivo (y en ataque) de un brasileño. Eso ya fue en el minuto 85 de partido. 

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