La que has liado pajarito

No aprendimos nada con las portadas secuestradas de El Jueves. Tampoco con lo ocurrido en Francia con Charlie Hebdo. Y probablemente no aprenderemos nada de todo el escándalo de Guillermo Zapata. Si el ser humano tropieza dos veces en la misma piedra, el español lo hace tres, o incluso cuatro. Mientras Mariano Rajoy y su equipo defendían la libertad de expresión en Francia y muchos llevaban el #JesuisCharlie como bandera, aquí se impedía, por sexta vez, a Soziedad Alkoholika actuar en Madrid alegando que sus letras incitaban a la violencia. El caso de Zapata es el enésimo ejemplo que demuestra cómo en España se puede hablar de muy pocas cosas y mucho menos hacer humor sobre ellas.

Cada vez que surge algo como lo ocurrido con el concejal de Ahora Madrid, la sociedad comienza a debatir sobre los límites del humor, pero enseguida llega un niño nuevo al colegio y toda la atención se centra en él. Así vamos postergando el debate indefinidamente, en consonancia con esta costumbre tan española de dejarlo para más adelante, esperando que, tal vez, se solucione solo.

Pues no. El humor no tiene límites o no debería tenerlos. Si fijamos la raya en la ofensa, será imposible hacer chistes. Está claro que toda broma conlleva el enfado de un sector de la sociedad. Incluso chistes tan inofensivos como el del “perro mis tetas” puede molestar a algún sector animalista. Gente rara hay en todas partes.

| Guillermo Zapata, concejal de distrito en Madrid.

Como tanto se ha insistido a lo largo de la polémica de Zapata, el humor hay que entenderlo en su contexto. Darío Adanti, caricaturista de Revista Mongolia, afirmaba en una entrevista que hacer un chiste sobre las cámaras de gas y los judíos no es tan denunciable como el hecho de que exista esa forma de genocidio. ¿Quién le iba a decir que poco tiempo después el tema volvería a ocupar la primera plana informativa?

Hay que entender cada chiste en relación con la situación política, histórica, social y económica en la que se desarrolla. El PSOE decidió entregar 2.500 euros por cada hijo o hija que tuviese una familia y en nuestra sociedad está muy implantada la idea de que la familia real no trabaja, así que ¿por qué no mezclar ambos conceptos para hacer humor? Parece que la justicia pensaba diferente.

Mostrar el chiste y ocultar por qué se hizo es, además de trampa, una estrategia de la más baja moral. Y es que los tuits de Zapata sirven para algo más que para debatir sobre los límites del humor. Como ya ocurrió con El Jueves la política se entromete, desvirtuando la discusión, llevándola por unos derroteros opuestos a los que deberían ir. Nadie duda de que todo esto responde más a cuestiones electorales que de otra índole.

Los tuits de Zapata fueron escritos en 2011 en medio de otra polémica sobre el humor y sus límites, en esta ocasión iniciada por el cineasta Nacho Vigalondo, pero en aquel año apenas tuvieron repercusión. Simplemente porque los usuarios de la red social podían leer el antes, el durante y el después del chiste, entendiéndolo en su totalidad.

Pero ahora, en pleno 2015 y con unas elecciones locales, donde las agrupaciones de izquierdas han ganado las principales ciudades, recién pasadas, esos mensajes vuelven a aparecer, aunque en esta ocasión solo se muestra lo que interesa, con lo que los tuiteros se dejan llevar y lanzan mensajes que dejan muy en evidencia las carencias de eso que algunos llaman el ágora 2.0.

Así funcionan las cosas. Alguien lee el tuit en cuestión, generalmente no desde la cuenta oficial, e inmediatamente se lo toma al pie de la letra y monta un escándalo. Uno tras otro, se forma un pequeño grupo de presión, que junto a las fuerzas de los sectores conservadores, terminan por costarle el puesto a un político por, supuestamente, incita a la violencia, mientras otros acusan a los hijos de los muertos en el Franquismo de utilizar el asunto solo para pedir subvenciones sin sufrir consecuencias.

Y es que parece que hemos involucionado. España, un país que ha creado El Lazarillo de Tormes, que ha visto uno de los mejores beef que ha dado la historia poética como es el de Quevedo y Góngora, donde uno de sus máximos referentes en humor es Arévalo y sus chistes de gangosos. Un país que lleva en sus genes la vejación hacia el débil o el diferente, se ha convertido de la noche a la mañana en defensor a ultranza de los derechos humanos, como en su día lo fue de la libertad de expresión.

Porque no lo olvidemos, la libertad de expresión juega un papel muy importante en todo esto. Como todos los artículos de la Constitución Española, el 20 tiene también sus limitaciones, concretamente "en el derecho al honor, a la intimidad, a la propia imagen y a la protección de la juventud y de la infancia". En este momento, yo me pregunto. Si la propia Irene Villa se sumó al juego de los chistes. Si el padre de Marta del Castillo aceptó las disculpas de Zapata y pidió juzgarlo por sus actos futuros. ¿Quiénes somos nosotros para condenarlo en base a un supuesto ataque a la dignidad o el honor?

Todos hemos hecho en algún momento de nuestras vidas una broma de este tipo. Pero cuando una turba furiosa se dirige hacia nosotros, es preferible sumarse a ella y dejarse llevar que arriesgarse a defender unos principios propios y sufrir su indiferencia y desprecio. Es lo que Neumman definió como “la espiral del silencio”: el ser humano acepta las ideas sobre el bien y el mal con el objetivo de integrarse en un grupo concreto.

El artículo 20 tiene sus limitaciones "en el derecho al honor, a la intimidad, a la propia imagen y a la protección de la juventud y de la infancia"

Sin embargo, esto no tiene por qué ser necesariamente malo. Las sociedades no dejan de ser una unión de individuos que comparten una serie de características comunes, las cuales se han ido creando con el paso del tiempo, descartando unas y defendiendo otras. Pero no hay que olvidar que la risa es también un elemento social; al igual que el bostezo, comenzamos a reír cuando vemos que alguien a nuestro alrededor lo hace, y es esa carcajada surgida tras un largo y tenso silencio, la que nos indica que todo se trataba de una broma y que no debemos enfadarnos.

La risa tiene así un significado social. Atacarlo, decidiendo sobre qué temas se puede hacer humor y sobre cuáles no, no deja de ser una vulneración de la libertad individual y de la expresión. Lo cual nos lleva de nuevo a una disyuntiva: ¿quién decide qué es material para bromas? No hace falta ser analista político para saber quién ha tomado la decisión en este caso, por eso es más interesante fijarse en aquellos que la han propagado, una sociedad que propone Internet como paradigma de libertad y la pluralidad, pero que se deja llevar por el primer mensaje que encuentra, sin indagar un poco más a su alrededor. Internet es uno de los máximos responsables de esa involución antes apuntada. Creyendo que todo está a un “clic” de distancia, nos limitamos a teclear un par de palabras en el buscador y seleccionar el primer o segundo resultado. ¿Para qué más?

Atrás quedaron los tiempos de la documentación, del contraste de fuentes, de buscar información y después sacar conclusiones propias. En su lugar preferimos que alguien nos diga lo que pensar, o en el peor de los casos, repetir como loros amaestrados las frases de otros. ¿Cuántas veces hemos leído estos días eso de “si se rieran de la muerte de tu hijo, no te haría gracia” o cosas similares?

Mientras escribo esto me encuentro con una conferencia de Umberto Eco en Turín donde ha cargado contra Internet en general y Twitter en particular. Al escritor no le falta razón al afirmar que las redes sociales “han generado una invasión de imbéciles” y han elevado al tonto del pueblo “al nivel del portador de la verdad”. Cualquiera es libre de decir lo que desee, nadie lo discute, siempre y cuando el humor se incluya también. Precisamente por esa posibilidad de decirlo todo, pensamos que Internet es sinónimo de pluralidad, lo que en cierta forma es cierto, pero ¿qué te cuesta a ti, lector digital, consultar un par de fuentes para conocer el asunto en profundidad y opinar con fundamento? Si lo hiciéramos así, todo sería más fácil. Tendríamos una opinión pública fuerte y autónoma, consecuente con unos principios, mejores o peores, pero que defiende unos ideales propios, sin ser influenciados por terceros.

El caso Zapata ha devuelto los límites del humor a la palestra, pero también ha demostrado las carencias de nuestra democracia, la falsedad de algunos sectores políticos y, por supuesto, lo sencillo que resulta influenciar y manipular a una sociedad desinformada y deseosa de sentirse parte de un grupo, aunque sea para atacar a un individuo por algo ocurrido hace cuatro años. Todo esto, con un simple tuit. La que has liado pajarito. 

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