Recalificar la política


Hace ya una semana que muchas brujas y fantasmas se fueron. La otra noche intentaba articular los resultados de las municipales y autonómicas en inglés. Un amigo que no es de aquí me pedía que le explicase el actual panorama político del país que llegó a los más de cinco millones de parados, la ese de los PIGS.

Que le explicara cómo hemos llegado a esta situación. Partidos nuevos vistos como radicales por ambos lados han llegado para quedarse por la inquina y el menosprecio de la hegemonía tradicionalista hacia la población. Decía Rousseau que un gobierno que no respeta a su pueblo no merece pertenecer al Estado, y le explico que eso grita la juventud política del país. Si están hechos de madera ganadora se verá a final de año, por ahora sólo son las bisagras de las ventanas que quieren abrir. Contar cómo movimientos sociales a partir del 15M han llegado a los gobiernos en Madrid y Barcelona, y que son indispensables para arrebatar el poder, puede entenderse fácilmente, incluso hilarlo con otros movimientos sociales. Pienso en algún país árabe, por ejemplo.
Resulta más difícil explicarle a mi amigo, en inglés, los paradigmas de nuestro sistema electoral. Ese ‘un voto no vale lo mismo depende de donde lo eches’. La dialéctica la tengo, lo que dudo es que tenga él la capacidad para plantearse semejante barbaridad. El PSC con 529.000 votos retiene 1278 ediles, mientras que Esquerra con 508.000 consigue 2381. En 2011, los socialistas catalanes consiguieron 2115 mediante 721.000 votos. Explícale tú eso. La actitud del presidente del Gobierno, negando por activa el refugiarse detrás del dato de haber sido la fuerza más votada, para atrincherarse por pasiva en eso mismo cinco minutos después. La pose de Pedro Sánchez, capitaneando el cambio por la izquierda cuando cosecha los peores resultados históricos del partido. Esperanza Aguirre nunca será como Margaret Thatcher: ni entregando su cabeza en bandeja de plata consigue parar a los ‘comunistas’ de morado. La sobrina de las mejores líneas de la generación del 50 ha bajado al barro para acabar perdida. Carmena ha ganado siendo decente, que ya es difícil en este país.

Pero lo que sí me fue imposible de explicar fue la alegría que otros debieron vivir en Madrid, Barcelona y Valencia entre otras. La alegría de echar a quien lleva 20 años tejiendo a su antojo, jugando con las voluntades entregadas cada cuatro años. Soy de los que piensan que mande quien mande seguirá sin haber pan, pero que la pluralidad en las ciudades y en los parlamentos asegura, en principio, un mayor control de todos sobre todos. Y eso es bueno. También es verdad que menos control iba a ser difícil. Decirle just happiness hubiese sabido a poco. Muchos ciudadanos nos callaron las palabras a los que dijimos “vergüenza me daría no castigar la corrupción”. Aunque los andaluces lo dijésemos con la boca chica. Oltra, Carmena, Colau, Echenique y otros tantos apellidos dejarán de sonarnos por acusaciones infundadas. Los leeremos en los tabloides por méritos ganados.

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