Trabajar en la obra recitando a Proudhon

Terminaba el fútbol y las bravas no me sentaron muy bien. Miré el reloj. Diez:treinta. Todavía quedaba media hora para que saliese mi autobús. Doy tumbos por las calles haciendo tiempo, paso por el bar de siempre y por el de mi amiga, a ver si me invitan a algo. Nada. Comienza a chispear. El chirimiri del norte, las cuatro gotas del sur. No me queda pasta ni para el chino, y la cerveza de antes no actuaba. Una minifalda me mira. Tengo prisa, no puedo parar, muñeca. Sigo la línea de la carretera, pegado a ella, esperando que me lleve a casa antes o después. Amaina. Me llaman las putas del bar del otro día. No tengo ganas de echar un polvo pero le echo una ojeada a la cartera. Sigo sin tener pasta, así que me voy. Encuentro un cigarro medio mojado que intento encender sin éxito. Me siento a esperar.

-¿Sabes si todavía pasa el autobús?

Me extraña verle a estas horas y con esas preguntas.

-¿Adónde vas?

-Casi a la última, por donde el colegio.

Me extraña más que viva cerca y no haberlo visto antes a estas horas.

Le pido un cigarro. “Tienes que hacértelo”. Me da igual. “Es de pipa”. Que me da igual. Muchas veces va y viene en bici, por eso no conoce el horario. Tiene un coche viejo, pero como lleva en paro dos años no tiene ni para sacarlo. Trabajaba en la construcción, en la nueva carretera del barrio. “Estaba de la obra a dos pasos de casa”. Ahora no paga alquiler porque comparte casa con sus hermanos, que se ven en la misma situación. “No es sólo pagarle al banco, Endesa y Emasa también quieren cobrar a final de mes”. Me dice que yo no debo de tener muchos problemas porque vivo en la zona pija del barrio. Le cuento que llevo sin curro desde agosto y he tenido que volver a vivir con mis padres, pero no le importa. "Mientras tengas quien te sustente...".

“Esto no va a cambiar, necesitamos una revolución intelectual. Si tienes un poco de cultura y sabes de qué va el tema, sabes que ningún gobierno quiere una sociedad igualitaria”. Pelo largo, barba de una semana y bolsa de cuerda de la que dan en los festivales. José me cuenta que la revolución es posible, pero que primero debe darse en la conciencia. La francesa estuvo bien a medias, porque se fueron los señores feudales para entrar la oligarquía. La rusa tampoco le convence porque “terminó como terminó y Stalin no es nadie al que defender”. Sabe de la existencia de Kolymá, y del libro de Proudhon y el posterior revisionismo de Marx. “Karl y Engels no eran para nada tontos. Su cosa no es una utopía ni de lejos”. Le sobra dialéctica pero zozobra cuando dice que todos tenemos la misma capacidad intelectual. Todos pueden ir y leer otros libros a las bibliotecas si él y yo pudimos, dice. Nacemos libres y nos crían manipulados. La conciencia, la conciencia. Con su hermano casi se mata un par de veces. “Pensaba que lo mataba yo o me mataba él”. Es legionario, pero por la situación de precariedad en la que se encuentra ahora “está cambiando”.

Se declara nietzscheano y anarquista, pero le pegaba una torta a muchos que conocen por no tener ni puta idea. No saben que el comunismo y el anarquismo persigue el mismo fin, pero con distinto método.

“El método es el mismo, la revolución violenta”, le digo.

-La revolución será, pero será definitiva.

Usan el mismo método pero con otro fin. Se hace un lío. Cita la revolución cultural china, a Bakunin y Engels, y el pacifismo. Suelta datos de historia y detalles ideológicos propios de un catedrático. La primera materia le encanta, me dice.

-Una revolución no puede triunfar mientras convivan el comunismo y el capitalismo. El Káiser Guillermo, que era un feudalista y un nazi… nazi antes de que existiese el nazismo, sabía que no podía superar el frente ruso y por eso libera a Lenin y le da dinero para montar el partido bolchevique, para que se cargue el sistema ruso desde dentro.
José tiene 40 años, es albañil. Me bajo del autobús y lo dejo allí. Mañana madruga. Va a parar un desahucio a un municipio cercano con la plataforma de la PAH.

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