Qué bello es vivir, la película de las mil aristas



Todos tenemos una película de la que avergonzamos. La espiral del silencio es poderosa y fingimos que una cinta no es de nuestro agrado solo por encajar en nuestro grupo de amigos. ¿A cuántos hombres les gustará Crepúsculo pero lo mantienen en secreto para que no les llamen “nenazas”? ¿Cuántos serán los que creen que Birdman está sobrevalorada?

Siempre habrá una cinta que disfrutemos viendo en privado pero que repudiemos en público. En mi caso, esa vergüenza se materializa en Qué bello es vivir, el clásico navideño de Frank Capra.
Dejando de lado quienes la confunden con La vida es bella, los cuales merecerían un artículo solo para ellos, toda la gente de mi entorno coincide: la película es sensiblera y efectista, pero no tiene sentido verla fuera de Navidad.

Fue hace seis años cuando la vi por primera vez y desde entonces la película siempre ha despertado algo en mí. Quizá porque me identifico con George Bailey, ese soñador interpretado por James Stewart que se ve obligado a renunciar a todo y quedarse en su pueblo cuidando del banco familiar, o quizá porque, también por la presión social, me vea obligado a aparentar una entereza que no tengo y me emociono como el que más con el final.

Como suele ocurrir, el éxito de Qué bello es vivir se lo dio el tiempo. En 1946, cuando se estrenó supuso un fracaso en taquilla y dio comienzo al declive de su director, el cual años más tarde reconocería en su biografía que, para él, esa era la mejor película que se había hecho en toda la historia del cine. Los motivos de este fracaso son simples. Capra comenzó su carrera a principios del siglo XX rodando comedias, llegando a la cúspide con Sucedió una noche (1934), por la que ganó cinco Oscar. Después llegó la Segunda Guerra Mundial y el siciliano se pasó al documental bélico, donde destaca la serie Why we fight?, siete documentales encargados por el gobierno estadounidense y considerado el ejemplo perfecto de propaganda de guerra.

Al terminar el conflicto, Capra, junto a Samuel Briskin, William Wyler y George Stevens fundó Liberty Films en abril de 1945, para un año después producir la película de la que aquí hablamos, Qué bello es vivir. Sin embargo, la guerra había cambiado a la sociedad, que ya no disfrutaba tanto del tipo de cine que hacía Capra, fueron años difíciles, los felices años 20 habían pasado y no era momento de hacer bromas.

Qué bello es vivir fue, por tanto, el primer y último lanzamiento de Liberty. Su escaso éxito no pudo cubrir los gastos que superaban los dos millones de dólares. En 1947, Paramount Pictures se hacía con la productora a cambio 3.450.000 dólares a repartir entre los cuatro socios.En aquella época la película recibió innumerables críticas, especialmente por su concepción cristiana. Por si alguien todavía no ha tenido el placer de ver Qué bello es vivir debe saber que se centra en George Bailey, el director de un pequeño banco que, tras perder una importante cantidad de dinero, decide quitarse la vida; es en ese momento cuando aparece un ángel que le muestra cómo sería la vida si él nunca hubiese nacido.

Por esa forma de contar la historia ha provocado que muchos consideren la película, y el cine de Capra en general, como buenista, un eufemismo para sensiblero. Llegaron incluso a ponerle el sobrenombre de “abuelita” Capra, al considerar que más que películas lo que el director contaba eran cuentos moralizadores. Pero como mantiene el guionista gallego Juan Antonio Porto, la cinta es algo más que un cuento, pues en ella encontramos incluso elementos de terror. Cabe recordar que el centro del argumento no es más que un “¿qué hubiera pasado si…?” punto de partida de muchas de las distopías a las que nos tiene acostumbrados la ciencia ficción.

Del mismo modo que The man in the high castle cuenta un futuro alternativo donde los nazis no perdieron la guerra, la muerte de George Bailey desencadena en Qué bello es vivir una transformación radical de la ciudad, que pasa de llamarse Bedford Falls a Pottersville. De la alegría que existía se pasa a la tristeza más absoluta, donde Henry Potter es el amo y señor de todo, ya que, en ese futurible, no existe nadie que pueda hacerle frente.

Garci dijo en su programa Blanco y negro (Telemadrid) que esta era la película que no ha encontrado Spielberg todavía. Y es que la cinta de Capra recuerda, en cierto modo, a Regreso al Futuro otro de los títulos que ha mejorado con los años y que, al igual que Qué bello es vivir se basa en el “qué hubiera pasado sí…”. Aunque el director de E.T. desarrolló a lo largo de una, innecesaria, trilogía lo que Frank Capra condensó de forma extraordinaria en 130 minutos.

De esta forma, el personaje de Stewart es con todos los honores un héroe trágico, ya que debe hacer frente a una situación muy superior a él para que todo vuelva a la normalidad. Es lo que Joseph Campbell denominó “el viaje del héroe” que está presente en toda la literatura histórica, desde Eneas hasta Luke Skywalker. Según este monomito, el personaje se ve obligado a realizar un viaje, ya sea real o metafórico, donde deberá hacer frente a innumerables desafíos para volver de nuevo a su hogar, como una persona nueva, más sabia y dispuesta a compartir lo aprendido.

También podemos ver tintes de actualidad en una película rodada hace más de un siglo. El ya citado señor Potter, interpretado por Lionel Barrymore, no deja de ser un magnate de la banca que presta con un interés desmedido a los ciudadanos que pasan miles de penurias para poder devolver ese dinero. Frente a él está la banca de Bailey y su padre, con un carácter mucho más social y benéfico que trata de ayudar a los ciudadanos de Bedford Falls de una forma mucho más humanitaria que Henry. 

Salvando las distancias y extrapolando el caso a la realidad. El señor Potter vendría a ser el Emilio Botín del pueblo, que lo controla todo a golpe de talonario; mientras que la compañía de empréstito del personaje de James Stewart equivaldría al Banco Grameen de la India, una institución destinada a conceder micro créditos a personas desfavorecidas del subcontinente.

Historia de unos derechos

Pese a todo, la película fracasó y la Paramount no le quedó más remedio que guardarla en un cajón a la espera de tiempos mejores. Ese momento llegó en 1974 cuando un fallo de Republic Pictures provocó que la cinta no renovase los derechos de autor, quedando a partir de ese año a disposición del dominio público.

Coincidió que en esa época las televisiones comenzaban su época de mayor crecimiento y, en busca de programación, la TBS emitiese Qué bello es vivir en periodo navideño. El éxito de la película motivó que el resto de cadenas copiasen la idea y en menos de dos años la película se convirtió en el clásico que es hoy día. El crítico Roger Ebert dejó constancia de esto en 1999, cuando afirmó que “para el asombro de los programadores de televisión la audiencia crecía año tras año, convirtiendo la película en un ritual navideño”. Lógicamente, la productora quiso recuperar los derechos perdidos. 

El Tribunal Constitucional estadounidense estableció en 1993 una sentencia según la cual los propietarios del copyright de una adaptación adquieren ciertos derechos sobre la misma. Por ese motivo, Republic Pictures que poseía en propiedad los derechos de El mayor regalo, la novela en la que se basó Capra para su película, así como de su banda sonora, consiguió recuperar para sí Qué bello es vivir. Sin embargo, esto no es más que una artimaña legal. La película sigue siendo de dominio público, pero todo aquel que desee emitirla debe pagar a Republic Pictures, de lo contrario deberá cambiar la música y la historia o estará cometiendo un delito.

De momento, parece que salvo la NBC, la única cadena con derecho a emitir la cinta, nadie quiere pagar ni modificar la obra de Capra, por lo que habrá que esperar hasta 2041 (en 1998 la llamada Sony Bono Act subió los derechos de autor de 28 a 95 años) para poder volver a disfrutar de Qué bello es vivir de forma gratuita y legal, porque cualquiera que lo desee puede verla cómodamente en su casa utilizando YouTube, incluso podrá elegir si verla en versión original o doblada al castellano.
De cualquier forma, Qué bello es vivir es ya un clásico. Muestra de ello es su fuerte arraigo en la cultura popular como el episodio “Cuando Flanders fracasó” de Los Simpsons (si no apareces en la serie de Groening no eres nadie) o ese otro de Aquellos maravillosos 70, o el de Cosas de casa, o incluso en España hemos tenido nuestra ración de clásico navideño en Cuéntame cómo pasó (Qué bello es ser un Mata).

El final

Pero posiblemente no estaríamos hablando de esta película si no fuera por si final. Si bien el resto del metraje no desmerece elogios, son los minutos finales los que más importancia tienen en Qué bello es vivir. Para empezar, porque la escena final -esa en la que el protagonista se reencuentra con su familia después de su experiencia- es de las más emotivas que se han rodado nunca en el cine, y demuestran que es difícil catalogar a la cinta de Capra en un único género. Es este también un final atípico. 

La historia se desarrolla, en cierta medida, como una oposición bueno-malo, es decir, Potter-Bailey, donde el primero encarna las virtudes del consumismo y el capitalismo, mientras que el segundo hace lo propio con otro sistema, que quizá no sea el comunismo, algo extraño teniendo en cuenta que el rodaje y el estreno se desarrolló durante la Guerra Fría, pero sí uno más social, que prevalece a las personas por encima del dinero.

Cualquiera con un conocimiento mínimo de cine, o de literatura, esperaría que ese conflicto terminase con el bien venciendo al mal, pero no es así. Potter sigue su vida con normalidad tras lo ocurrido con su “rival”, no aprende ninguna lección. Esto no es Cuento de Navidad, con quien muchos establecen analogías, Capra cuenta dos historias, opuestas pero paralelas, que no llegan a tocarse.

Son también muchos los que han visto en Qué bello es vivir un ataque al sistema capitalista por las personificaciones antes referidas, pero lo cierto es que, pese a las miserias que vemos que ocasiona, el capitalismo sigue su curso tan tranquilo, no sufre ni trata de cambiar. ¿Para qué serviría? A Hollywood, Paramount Pictures y todas las grandes compañías detrás de la cinta no les ha ido tan mal. 

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