La droga, la Guardia Civil y la izquierda abertzale

En septiembre del año pasado una noticia en El Correo decía: intervenidos 32 kilos de heroína. Había sido incautada en varias maletas en la estación de autobuses de Bilbao, el almacén iba a ser una tienda de chucherías en San Francisco, una calle por la que se conoce al barrio de Bilbao La Vieja, detrás de otra estación, la de tren. La película El pico (1983), de Eloy de la Iglesia, se desarrolla en Bilbao y hablaba de dos amigos y sus revolcones con la heroína.

Eloy de la Iglesias no escogió Bilbao por casualidad. En la ciudad entonces no estaba enclavado el Guggenheim a la izquierda de la ría, San Mamés no parecía una nave especial y no existía el rascacielos energético. Lo que sí había era más de 10.000 yonquis; entonces los titulares de periódico se debatían entre “El País Vasco tiene uno de los índices de adicción a la heroína más altos de Europa”, de ABC, y el “Euskadi, a la cabeza del consumo de heroína en España”, de El País. La virulencia de aquella droga mojaba la tinta y el habla de la película.

-          - ¿Qué pasa? ¿Da un colocón muy fuerte? – pregunta un joven Quique San Francisco que hace de escultor, amigo del personaje principal.
-          - Más que eso. Te da la paz. – dice Paco, papel que interpreta José Luis Manzano.

El director de Zarautz, un pueblo de Guipúzcoa, rozaba los cuarenta, y se hizo adicto a la heroína en las inmediaciones del rodaje de El Pico. Ser militante del PCE y homosexual hizo de caldo de cultivo para la reivindicación. También para convertirse en altavoz de los marginales utilizando como herramienta la mirada, como él mismo decía. La crudeza y el desarraigo en su cine le llevaron a la consideración de un director tremendista. Luego se enredaron las comparaciones con el cine de Pasolinni.

El cine de Eloy se presta como un testimonio que hay quien quisiera olvidar de aquella Transición y años siguientes. Su nombre no entra en los cauces recurrentes de aquel cine. A pesar de todo, el Festival de San Sebastián, que lo tildó de cronista de los mundos subterráneos, guardó espacio a su obra. También en el Festival de Málaga se otorga un premio con el nombre del propio director.

La muestra del desencanto que hizo caer en la droga a parte de una generación se expresa en El Pico como parte de ese mundo subterráneo en un Bilbao gris, aquel “mirarás al cielo verás una gran nube sucia”, que cantaba Eskorbuto. Sobre el cine de Eloy se ciernen retazos opuestos a una moral hipócrita y represiva. ¿Los protagonistas en la película? A quien interpreta José Luis Manzano es a Paco, hijo de un Guardia Civil, y Javier García hace de Urko, hijo de un dirigente de la izquierda abertzale. En la superficie, los problemas relacionales derivados del consumo y el enredo de unos padres incapaces de encontrar soluciones a la drogadicción de sus hijos. Una juventud en refriega frente a lo adulto en guerra.  

El equipo de la película en la presentación en el
festival de San Sebastián. | Filmoteca vasca.
¿El trasfondo? Las prioridades de las fuerzas del Estado: una permisividad con los traficantes y con el consumo. Incluso podía deslizarse -sin expresarse- la explicación de que miembros de los cuerpos de seguridad distribuían heroína entre la juventud más conflictiva para evitar que entraran en la lucha armada defendida, como defiende el periodista Melchor Miralles, y que se hizo espectáculo informativo cuando habló de ello Juan Carlos Monedero. En todo caso, se intuía que la política antidroga quedaba desplazada por la política anti-ETA. Eran los años de plomo de ETA. Y también del terrorismo de Estado, con los GAL, que empezaría ese mismo 83, dos meses después del estreno de la película en octubre en el Festival de San Sebastián. Que la película versara sobre aquello despertó recelos tanto de la Guardia Civil, como una crítica más suavizada por parte del entorno abertzale.

El título de la película se refería al ‘pico’ como droga inyectable – que no en cuchara- y también al tricornio de la Guardia Civil. El propio Eloy de la Iglesia se expresaba entonces por la polémica que generaron los medios sobre aquello. “Yo no he hecho una película de provocación, sino una historia familiar, en clave de melodrama, sobre lo que puede suceder cuando dos personas que ocupan cargos como los de mis protagonistas carecen de respuesta que ofrecer a sus hijos víctimas de la droga”, decía a un periodista de El País.

Fue su mayor éxito comercial. Incluso grabó una segunda parte que ya no tenía Bilbao como escenario, sino que trascurría principalmente en un centro penitenciario. Enmarcado en el llamado cine quinqui del que fue exponente junto a José Antonio de la Loma, la capacidad de no caer en clichés -a pesar de que hay quien atribuye a El Pico ser una cinta cargada de estereotipos- y las reivindicaciones se pasean por toda su obra contra la intolerancia. Desde la homosexualidad hasta los problemas en casa, o la búsqueda de un sustento una vez acabados los estudios. Además incluía diálogos en euskera, algo pensable, pero prohibido durante años anteriores. Cuando dirige el de Zarautz, el actor principal es la incomprensión, que causa orfandad, como la heroína.

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