La guerra de la vida

                                                                           | Fotografía de una antigua plaza en Huétor Tájar | 

“¡Corred, corred! Todo el mundo fuera del refugio. ¡Diríjanse al campo! ¡Rápido, rápido, no hay tiempo que perder! Los bombarderos fascistas están sobrevolando Cartagena, estamos en peligro" - exclamaba el militar al mando que con la característica vestimenta de un soldado, un brazalete con la bandera de la República y una estrella roja en su pecho, se situaba a la cabeza de un pelotón de refugiados que componían tantos niños como ancianos que huían despavoridos.

Con tan sólo 9 años, Antonia junto a su abuela corría entre la multitud, a través del extenso y alto campo de azafrán que colindaba con el refugio, lo más rápido que sus pequeñas piernas y su vestido hecho de tela con la que fabricaban los colchones le permitían. Un campo de azafrán en el que ella junto a los demás niños, que ahora estaban a su lado luchando por sobrevivir, se encargaban de trabajar a diario recogiendo la flor magenta de esta planta, para más tarde utilizarla como especia.

Casi una década antes de que estallase la Guerra Civil Española, el 13 de diciembre de 1927, Antonia nacía en Huétor Tájar, un pueblecito ubicado al oeste de la provincia andaluza de Granada. Desde su nacimiento, ya se preveía que su infancia sería dura: su madre fallecería en el propio parto al no haber soportado la hemorragia que éste le había producido, mientras que su padre rehacía su vida con otra mujer, quedando ella bajo la tutela de su abuela Enriqueta.

Ambas vivían de forma humilde y en paz en una casa diminuta al final de la calle Gavinet. Una casa fabricada de barro y piedras cuyas paredes blancas, a causa del proceso de encalado, y sus ventanas de madera -separadas de la libertad por una reja de hierros negros- no las diferenciaba de las demás, sino que creaba junto a éstas una hilera de casas color nieve que mostraban la majestuosidad de la igualdad.     

Todo iba bien hasta que el 17 de julio de 1936, una parte del ejército nacional, liderada por los militares Emilio Mola, Francisco Franco y José Sanjurjo, se sublevaba contra el gobierno de la II República. Partiendo desde Canarias, el general Franco llegaba a Tetuán a través de Casablanca para entrar con las tropas desde el Estrecho de Gibraltar. El gobierno republicano, al enterarse de esta estrategia, se encargó de bloquear la entrada al Estrecho, pero no sirvió de nada. Gracias a un puente aéreo que elaboraron los fascistas de forma rápida con la colaboración de Alemania e Italia, se trasladó a las tropas rebeldes a la Península en las últimas semanas de julio. El país ahora se encontraba dividido en dos: por un lado los defensores de los sublevados (Bando Nacional) y por el otro los que defendían a la República (Ejército Popular de la Segunda República).

Los sublevados avanzaban poco a poco, y cada vez estaban más cerca de Huétor Tájar. La libertad y la vida de Antonia y su abuela peligraban. Eran de familia comunista defensora de la II República. Una ideología con la que los sublevados -de ideología fascista- no tenían piedad, al igual que el Bando Republicano con ellos. A su paso iban conquistando e implantando sus ideas de forma violenta, sin importar la edad. A los niños y niñas los rapaban y les colocaban un lazo rojo en la cabeza, los exhibían por el pueblo como si fuesen animales, gritándoles “¡eso pasa por ser rojo! ¡Rojos!”.

Los hombres y mujeres de más edad no tendrían la misma suerte. Si se descubría que un hombre era defensor del Frente Popular, lo llevaban a zonas alejadas para fusilarlo. A las mujeres, por su parte, no solo las rapaban y exhibían, sino que también las violaban. Antonia y su abuela tuvieron la suerte de huir como refugiadas antes de que el Bando Nacional llegase al pueblo.

Guiadas por militares republicanos, caminaron unos veintidós kilómetros hasta llegar a Montefrío, en concreto a la Iglesia de la Encarnación, donde permanecieron protegidas junto a otros republicanos durante unas semanas. Mientras tanto, Franco seguía avanzando, y urgía la necesidad de huir de nuevo. Esta vez su viaje sería abordo de un camión -de gran tamaño y de color verde oliva- y cuyo destino se encontraba en el campo de refugiados de Cartagena (utilizada como base por la Armada Republicana), que se hallaba en la denominada Zona Roja, controlada estratégicamente por el Frente Popular.

Tras estar unos meses en la ciudad murciana, y pasarse casi un año de refugio en refugio, ambas pudieron volver a su pueblo natal, Huétor Tájar. En apariencia, el pueblo seguía igual. Todo lo igual que se puede estar tras el paso de una reyerta y meses después. La guerra ya se encontraba en una fase “menos violenta”, con la victoria del Bando Nacional a punto de concretarse, cuando Antonia y Enriqueta se encontraban cara a cara con la puerta de su hogar. Ilusionadas, como no podía ser de otra forma, sin conocer que su batalla no había hecho más que empezar.

                                                                        | Fotografía de una riada de la época en el pueblo de Antonia | 

No había nada. Absolutamente nada. Todos los muebles, cubiertos, ropa…, incluso las gallinas, habían desaparecido. Les habían robado hasta los recuerdos. La faz de Enriqueta se asimilaba al blanco níveo de las paredes, y con una mueca de dolor se arrodillaría de forma brusca para comenzar a expulsar toda la rabia, desesperación y odio que sentía en forma de lágrimas que caían por su mejilla. Se avecinaba una época difícil, característica de una postguerra, en la que sólo se tenían la una a la otra para seguir adelante. Antonia se vio obligada a trabajar con diez años en el campo recogiendo frutos, verduras y demás productos naturales con los que poder alimentarse y vivir.

El año en el que cumplía los quince, su abuela fallecía y ella quedaba ahora a cargo de su tío Simón. No era la única perdida que iba a sufrir. Meses después, su padre Antonio fallecía de un infarto al corazón. Él no había tenido que escapar de la guerra; era funcionario de RENFE y la vivienda que compartía con su nueva mujer caía de lado de los sublevados. Tenía inmunidad. Si la miseria pudiese personificarse lo habría hecho en aquel momento. El cuerpo sin vida de su progenitor estuvo durante días en el suelo de la casa, con las liendres rodeando su deteriorado cuerpo, ya que la familia no podía permitirse pagar un ataúd para darle un entierro digno.

La vida de Antonia junto a su tío Simón no duraría mucho tiempo. Apenas un año después conoce a Juan, un joven del pueblo recién llegado de la mili, que con su característica delgadez, poca estatura, y unos piojos que “se veían saltar de lejos”, la conquistó en unos meses. Menos de un año después se casaron.

Lo habitual de la época, cuando te casabas, era irte a vivir con tu pareja, así que volvía a cambiar de domicilio; esta vez se hospedaría junto a Juan y su familia, también de izquierdas.

En esta nueva etapa de su vida no cesaron los infortunios para ella. Junto a la familia de su esposo se encontraba alerta por si la guardia franquista entraba a buscar a su cuñado Pedro (hermano de Juan) por ser socialista. Lo tenían todo preparado para esconderlo en un arcón grande que había situado en el salón. Los hermanos de Pedro, en cambio, huyeron a Argel (Argelia) por su condición de exgobernadores de la II República.

Unos años después, Antonia y Juan tendrían su primer hijo. La pobreza y la precaria situación en la que vivían facilitaron que su bebé padeciese meningitis, una enfermedad que se caracteriza por la inflamación de las meninges, y que puede afectar al cerebro. En la actualidad, en España, es una afección controlada y con pocos casos, pero en aquella época era mortal en la mayoría de las personas que la sufrían, debido a que la meningitis contagiaba de forma habitual a la gente pobre, y no poseían dinero ni para vacunas ni para medicamentos.

No tenían cómo alimentarlo, y cada día que pasaba se encontraba peor. Las condiciones salubres no eran las adecuadas. Pero cuando todo parecía perdido, Antonia y Juan usaron su última baza: ir al ayuntamiento del pueblo y rogarle al alcalde que les diese alimento para que el bebé pudiese sobrevivir. Éste, viendo la situación en la que el pequeño se encontraba, accedió a las peticiones de estos y les cedió una cabra, alimentando al retoño con la leche de esta. Consiguieron sacarlo adelante.

Los años siguieron pasando y la familia aumentó con el paso de estos. Nueve fueron los hijos que Antonia dio a luz -uno de ellos fallecido a los pocos meses de nacer a causa de muerte súbita. Junto a éstos, también tuvo tres abortos, y en dos de los partos estuvo a punto de fallecer debido a las hemorragias que le causaron, y la falta de atención sanitaria que se brindaba en esa época a la gente sin recursos. Los niños crecían y a la edad de ocho años ya ayudaban a sus padres a traer alimento o colaboraban en los trabajos que a estos les salían.

La hija mayor, Francisca, se encargaba de hacerle las tareas a los señoritos a cambio de manteca de chorizo, pringue… que servía para dar un plato caliente a la familia. Antonia, por su parte, a veces tenía que recurrir incluso a robar por la noche. Y una de esas noches, caminaba junto a un par de madres que como ella también se encontraban en una situación desesperada: la alimentación de sus hijos era lo más importante. Así, con una espuerta cada una, se situaron frente al campo de habas y comenzaron a cosechar lo más rápido que sus manos le permitieron. Las cestas estaban a rebosar; parecía que todo había salido a pedir de boca. Ya solo quedaba atravesar el puente que unía las zonas de los huertos con el núcleo urbano. Era lo único que les separaba de finalizar con éxito su particular golpe. Pero había algo con lo que no contaban; el guardia de la era estaba en mitad del puente. Así, con un rostro lleno de violencia, se echó encima de las tres mujeres y les requisó su preciado botín. Les costó pasar la noche en el calabozo.

Hasta 1966, Antonia y su familia siguieron vivieron en Huétor Tájar. Después, la familia decidió cambiar de aires y probar suerte en Benalmádena, un pueblo de Málaga donde vivía un familiar. Juan, un poco resignado con la idea, tuvo que dejar atrás el grupo de música al que pertenecía -era saxofonista- y su trabajo de vigilante para poner rumbo a una nueva etapa en su vida.
En Benalmádena, Antonia pudo vivir de una forma más tranquila de lo que estaba acostumbrada. Sólo tenía que tener cuidado de no ir promulgando sus idea políticas. Podría meterse en un lío.

Ahora, con 87 años, una guerra civil, nueve partos y tres abortos en su espalda, lucha cada mañana por lo mismo que lleva luchando desde que nació. Por lo mismo por lo que nunca ha tirado la toalla. Por seguir en las trincheras en esa batalla que lleva librando tantos años. La guerra de la vida.

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