Hacer el ensanche en Málaga

- ¿Eso es un bar? ¿Podemos entrar y tomarnos algo?

- Sí, podéis tomar algo. Y subir a verlas. Hay mujeres, quince minutos a 30 euros. Media hora, 50 euros.

- ¿Podemos subir y ver, no?

- Claro.


La mujer que está a diez pasos de la esquina de una de las calles del Soho - es como quieren que llamemos al ensanche del centro de Málaga- es de Puerto Real. Lleva 20 años en el centro, y hace la calle, que es prostituirse buscando el quien por las aceras. “Si os gusta alguna bien, si no os gusta pues os bajáis”, dice Paqui señalando un portal. Ella es mayor, en torno a 50 años, aparentemente. Asiente que no puede competir con las “chicas jóvenes” que están en locales. Antes de llamar al portal para que nos abran pide un cigarro.

Una vez dentro del portal hay unas escaleras; subes y a la derecha una puerta con una cortina de madera tras la que las mujeres coquetean y sonríen cada vez que alguien pasa por allí. Al fondo del pasillo una habitación y una vitrina con alcoholes. La encargada dice que no se puede pagar con tarjeta: “Venís con dinero y veis a las chicas”, aclara. Aquello era la excusa para salir de allí. Se escucha el murmullo detrás de la cortina y un hasta luego.

Al bajar, Paqui sigue ahí. Le contamos que no podíamos pagar con tarjeta, como si hubiera la intención de pagar. “Quiero ver a las chicas y después elegir”, dice mi compañero. Paqui dice que “ahora están más baratas, antes cobraban hasta 100 euros”. Mi compañero se hace pasar por madrileño, yo por bilbaíno; nos escudamos en ello por si pudiera pensar que nos reímos de ella. El acento chirría. Invento que el precio en el norte es más barato y Paqui dice que es normal “porque allí hay trabajo, aquí como no hay… por eso son 50 euros”. Luego dice que ella no puede pedir 50 euros porque las mujeres que están en los locales “son jovencillas, si pillo a uno o a dos, pues buenos son”. La mujer nos indica que hay otro club con chicas a menos de dos minutos. El precio es el mismo: media hora 50 euros.

El club al que nos dirige está en la misma calle. Allí el botellín de cerveza vale cinco euros. Entras y a la izquierda hay un cuarto de baño. Al correr la cortina que comunica la puerta con el descanso, unas escaleras. Por ellas bajan las prostitutas para presentarse a los clientes que esperan en una barra como la de cualquier otro bar. Hay una mujer atendiendo detrás de la barra, también un hombre sentado que supera los 50 años y que marcha a los diez minutos. Suena música en un radio CD. En frente, otra mujer que vende flores y que al escuchar a mi compañero decir que es de Madrid, pregunta de dónde somos. Al momento comenta que también es de Madrid [ella sí], de Peñagrande en concreto.

Que sonara flamenco y que aquella mujer colgara un ramo de flores tuviera rasgos gitanos le valdría a mi compañero (en el papel de madrileño) para decir que le gusta mucho Camarón y Morente. Al igual que Paqui, la mujer dice llevar “20 añillos” en Málaga. Guardo el móvil en el bolsillo delantero de la chaqueta y grabo:

- Ah… Pues la hija de Morente es mi vecina. Está con el torero este… Javier Conde. – dice la mujer a la vez que mira su ramo.

- ¿Dónde vive? Yo pensaba que vivía por Madrid su hija- le digo.

- Pues vive en Pedregalejo, por donde está el Tintero. Es vecina mía.



Para entonces baja una mujer por las escaleras con la intención de presentarse. Es morena. Miro a otro lado, y salgo al paso diciendo que soy vasco (ese es mi papel), que seguramente por eso sea más reservado. Ella recrimina que me he dado la vuelta cuando ha venido a saludarme: “No me has dicho hola, me llamo Luna”, me dice. Al rato, Luna vuelve a subir las escaleras, y la camarera comenta a media risa que las chicas son buenas. En el casete se vuelve a repetir el estribillo, suena “te quiero mucho y es inexplicable decir con palabras, hay un amor tan grande”. La camarera sigue hablando, vuelve a reír y afirma que un hombre quiso pasar toda la noche con una de las prostitutas. Hago cálculos dudando de cuánto dura una noche.

Al rato aparece Nadia, rubia, con el escote más pronunciado que Luna. Es de Rumania, dice estar esperando un cliente para subir las escaleras, y me repite: “Yo quiero contigo. Me das 50 euritos, pagas con tarjeta y echamos un ratito. Eres muy dulce”. Comento nuevamente con mi compañero que es muy caro, otro pretexto para marcharnos; ella confiesa que no se queda todo el dinero. “También pago la cama y un tanto por ciento”. Al salir de allí, Paqui no sigue en la misma calle.

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