El hombre que le borró la sonrisa a Alí



Manila. Diez de la mañana. Cincuenta grados a la sombra. El ambiente era irrespirable, pero el público rugía enfervorizado. Un nuevo combate, el definitivo entre Muhammad Alí y Joe Frazier, estaba a escasos minutos de comenzar.  El título de campeón de los pesados se ponía en juego, aunque a ninguno le importaba ceñírselo a la cintura. Peleaban por puro orgullo. Para conocer al fin quién era el mejor de los dos. Tan solo para incrementar el odio mutuo que se profesaban y que arrastraron casi hasta el final de sus días.

Sería el fin de la trilogía iniciada en 1971 y prolongada en los albores de 1974. Una lucha que semanas antes de que sonara la campana señalando el inicio del primer round ya se había inscrito con letras de oro en la historia del deporte. Quizás porque nunca más se vería a dos de los mejores púgiles de todos los tiempos arriesgar en cada golpe sin temor a perderlo todo en un segundo. Quizás porque, más que un encuentro deportivo, la velada se publicitó como el enfrentamiento entre las dos Américas: la de raza negra y la de raza blanca.

Cada boxeador, consciente o inconscientemente, defendía con sus puños las cuadriculadas ideas de un grupo social. Alí pertenecía a la Nación del Islam, una ferviente organización religiosa que se encargaba de defender los inexistentes derechos de la comunidad afroamericana. Simpatizar con “The Greatest” era sinónimo de ser joven, negro y liberalde mostrarse en contra de la Guerra de Vietnam, de luchar por el bienestar de los estamentos desfavorecidos y de aceptar el circo mediático que creaba a su alrededor en las vísperas de cada combate. En cambio, los “mazazos” de Frazier sobre el ring se abrieron un hueco entre el Estados Unidos conservador. Principalmente porque su suerte estaba capitaneada por el grupo Coverley, un consorcio elitista de empresarios blancos que soslayaba su apoyo hacia el mantenimiento del status quo reinante durante siglos en la nación de la “libertad”.

Ambos arrastraban cuitas pendientes de sus dos mastodónticos envites anteriores. Frazier vociferó tras el segundo combate contra el culto arbitral con el que agasajaban a Alí. Estaba cansado de las ilegalidades que, a su parecer, permitían los colegiados a “The Greatest” cada vez que se abrazaban para recuperar el aliento. Por su parte, Alí aún soñaba con la velada del 71. Cuando cerraba los ojos, aparecía como un flash cegador aquel atómico gancho largo de izquierda que le hizo sentirse humano por primera vez.  

Muhammad tenía pavor de la resistencia de ese pequeño púgil. En ambos combates Frazier apuró los 30 asaltos sin demasiados desperfectos en el rostro o en el cuerpo. Su semblante meditabundo se mantenía inalterado a pesar de ser alcanzado por combinaciones que harían desfallecer a cualquier hombre. Su guardia, algo baja para considerarla totalmente ortodoxa, y la inclinación natural de su tronco hacia adelante a causa de su diminuto alcance invitaban a sus rivales a buscar la ofensiva de forma feroz. No obstante, entre la lluvia de golpes, este fajador sabía hallar el momento preciso para sacar brillo al mentón del contrincante con su legendario gancho de izquierda. Un golpe que junto al de Jack Dempsey, la primera estrella mediática de los rings, es considerado como el mejor “hook” zurdo de la gloriosa  historia del boxeo.

El gorila

Dos días después de su llegada a Manila, Muhammad Alí concedió una entrevista inusual con la suite de su hotel como lugar de reunión. Apareció relajado, portando un albornoz de baño blanco. Se recostó en el sofá turquesa con ribetes dorados de la habitación a modo de senador romano y se preparó para responder a las cuestiones que los periodistas presentes le plantearan. Todas y cada una de ellas mantendrían un denominador común: su rivalidad con Frazier, así que no había que perder el tiempo. Sabía que, como buen pegador, cuanto antes golpease mejor. Quería acabar la entrevista en el primer round con uno de sus sonados ataques raciales, pero lo de ignorante o lo de “Tío Tom” (negro que se encuentra al servicio de la raza blanca) ya habían perdido la gracia. Tocaba ingeniarse una nueva broma descalificativa y, esa vez, lanzó un golpe bajo, más bajo aún que todas las ofensas anteriores.

-Me dijeron que iba a luchar en Manila- comenzó Alí en tono desafiante- así que he escrito un poema: “Será una pasada y una flipada cuando coja a ese Gorila en Manila”.

Alí en una visita el gimnasio del propio Frazier
para importunarle.
Sus ojos parecían querer salirse de sus órbitas con cada repetición de esos versos de corte quevedesca. Entonces, para deleitar a los periodistas, sacó de su bolsillo un gorila de juguete que simbolizaba el alma de Frazier e inició una serie de golpes repetitivos con su puño derecho contra el muñeco como si de una auténtica pera de boxeo se tratase.  Se inició así una guerra de guerrillas que evolucionó a catástrofe nuclear. Muhammad era un auténtico maestro en este dudoso arte de la distracción que empequeñecía a sus rivales a medida que su burlona sonrisa copaba el “mass-media”. Todo valía. No había fronteras. Aunque la desafortunada comparación del gorila rebasó los límites de la moralidad. Fue la gota que colmó el vaso. Joe Frazier quería sangre.

El choque de trenes vio la luz en Manila porque Fernand Marcos, dictador tailandés disfrazado de presidente, así lo quiso. Contactó con Don King, el famoso promotor de boxeo, y le soslayó una oferta irrechazable de 10 millones de dólares. Marcos buscaba hacerse a toda costa con los derechos del combate para acallar las voces que dentro y fuera del país clamaban contra la ley marcial y las torturas con las que subyugaba a la población. Conocía mejor que nadie, por aquello de su origen acomodado y de sus estudios universitarios, a los autores clásicos. Por tanto, no es de extrañar que deseara adaptar a su patria aquello  que escribió Juvenal sobre los emperadores romanos y el pan y el circo. Quería promoción para falsear la oscura realidad con la que lidiaban millones de filipinos cada día. Y a fe que la consiguió, aunque solo fuera por unas cuantas semanas.

El 1 de octubre de 1975, día en el que Muhammad Ali y Joe Frazier subieron al ring por tercera y última vez, el giro constante del planeta se detuvo por un momento. Los focos del Araneta Coliseum estaban prestos para iluminar un “big-bang” pugilístico que se recordaría durante generaciones. No hubo música de entrada ni se escuchó el himno de las barras y estrellas, solo las presentación detallada de los contendientes. Frazier no cambió su duro semblante cuando el público enfervorizó al oír su nombre; Ali, como siempre, coqueteó con los asistentes. El árbitro, más conocido por ser actor que por dictar sentencia en peleas de boxeo, los llamó a capítulo al centro del cuadrilátero. Dijo aquello de “quiero una pelea limpia sin golpes bajos” y les ordenó volver a su esquina. Entonces la campana sonó.

Alí arrancó con gallardía. Su guardia alta de derecha pronto se desvaneció para dejar paso a combinaciones de ataque en las que sus puños se movían como centellas. El centro de la diana era el rostro de un Joe Frazier que tan solo alcanzaba a defenderse de los proyectiles de “The Greatest” con movimientos de amago. Frazier aparecía con su izquierda cuando Alí frenaba las envestidas para recuperar el resuello. No había combate ni rival.  Todo podía acabar en un parpadeo.

Con semejante espectáculo ofensivo, Muhammad se antojaba invencible. Pero Alí, en el año 1975, sumaba 33 primaveras y se especulaba con su retirada. Su condición física era una sombra de la que le ayudó a derrotar a Sonny Liston en el 64 o a Foreman un año atrás. Con cada round el vuelo de la mariposa se hacía más lento. La fatiga se adueñó de su cuerpo y Frazier, que esperaba su oportunidad, consiguió entrar en ritmo con ganchos agresivos sobre el corazón, el hígado y los riñones.

Fotografía del primer combate entre Alí y Frazier (1971).
'The Greatest' cayó por primera vez derrotado profesionalmente.
Si los once primero asaltos fueron gloriosos, los tres restantes serían recogidos como los mejores rounds de la historia del boxeo. En esos nueve minutos de cronómetro, el deporte de los caballeros se transformó en una guerra entre dos hombres y sus egos. Cada golpe incluía un acta de defunción. Daba la impresión de que la mano rigurosa de la muerte planeaba sobre el cuadrilátero. Los mazazos eran encajados por ambos sin desfigurarse, pero paulatinamemte las deficiencias físicas comenzaron a ser evidentes.

Muhammad Alí, con todo el cuerpo lleno de hematomas, apenas podía enlazar varios pasos seguidos. Era un titán inmóvil que golpeaba a la desesperada cuando Frazier se colocaba  en su rango. El sino de la lucha había tornado en favor de Joe Frazier, aunque no se prolongó demasiado porque el combate dejó de ser justo. Joe había perdido parcialmente la visión del ojo izquierdo por un accidente durante un entrenamiento en el año 1964 y con el derecho hinchado y lleno de sangre por el buen hacer de Alí, se volvió prácticamente ciego. No veía los directos. Se defendía por intuición.

Alí, que llegó a pedir a su equipo que le cortara los guantes para firmar la rendición, se había recompuesto lo suficiente para decantar la pelea. En el decimotercero asestó a Frazier un derechazo a la mandíbula que le hizo perder el protector bucal. La sangre y el trozo de plástico acabaron en las primeras filas. Fue entonces cuando Eddie Futch, su veterano entrenador, pensó en parar la pelea. Joe Frazier se negó porque quería cumplir con su venganza y Futch le ofreció otro asalto. La tónica fue la misma: una golpiza terrible que cerca estuvo de enviar a Joe a besar la lona. Eddie dejó que la campana sonara y cuando “Smoking” Joe se acomodaba a duras penas en la banqueta le comunicó su decisión:

-Hijo, he visto morir a ocho boxeadores encima del cuadrilátero. Sé identificar el momento cuando está cerca. Siéntate. Voy a detenerlo. Nadie olvidará lo que hiciste hoy.
Cuando a Muhammad le comunicaron el abandono de Joe, se levantó de la banca y cayó al suelo extenuado. Había llegado casi al límite de lo humano para vencer a Frazier.

Joe Frazier nunca olvidó ese combate. Habría dado su vida por disputar ese definitivo decimoquinto asalto. Creía que era el vencedor moral aunque, con el paso del tiempo, era una medalla poco le importó no colgarse. Fue a boxear a Manila para destrozar a Muhammad. Para hacerle pagar su venganza con un tributo corporal. Desde ese día Alí orinaba sangre, no veía ni hablaba bien y presentaba problemas en el aparato locomotor.

Arrastró el rencor hasta sus últimos días. Una manifestación que solía recordar con frecuencia a sus allegados para que no olvidaran el daño que les había provocado Muhammad Alí. Así, por ejemplo, si estos llamaban al móvil de Frazier y saltaba el contestador se podía escuchar un tétrico mensaje: “Me llamo Smoking Joe Frazier, soy astuto como un zorro. Sí, floto como una mariposa y pico como una abeja. Ja,ja,ja. Soy el hombre que lo hizo, ya sabes de lo que hablo”. Estaba orgulloso de lo que había conseguido con ese combate. Él era el hombre que había encerrado para siempre en la cárcel del Parkinson a Muhammad Alí.

0 comentarios:

Publicar un comentario

 

Nuestro timeline

Resaca en Facebook

Recibe Resaca en tu email

Publicidad